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Manuel García Villanueva, Manolo, la sonrisa de Oncina

Manuel García Villanueva, Manolo, la sonrisa de Oncina

TRIBUNA DE OPINIóN IR

José Luis Alonso Díez | 17/02/2021 A A
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Manuel García Villanueva, Manolo, la sonrisa de Oncina
A Manolo también se lo llevó el Covid en cuatro días, en este febrero atormentado por las UCI repletas de duelos. Manolo, la sonrisa de Oncina, ¡mucho te echaremos de menos!

Cuando salimos los de Quintana Raneros a nuestro paseo diario miramos al sur, hasta Villanueva por Santovenia, por el camino nuevo de paseantes paralelo al reguero Oncina; o al Este, hacia el Castro por el Jano; o al Oeste por las bodegas, por la cañada real, hasta Fontanillas; o bien miramos al Norte, hasta la Aldea por Oncina. Hoy vamos al Norte, como la mayoría de los días.

El Camino de Oncina asfaltado, cómodo y tranquilo se llena de vecinos peregrinos. Pasamos los prados de la Hermandad y avistamos el monte de Oncina a nuestra izquierda y pronto nos adentramos en el pueblo de Oncina de la Valdoncina. A la entrada del pueblo no hace falta un indicador de ‘Bienvenidos a Oncina’ pues allí está Manolo, perenne con su gesto de bonhomía, repleto de humanidad, su sonrisa abierta, su pose acogedora y su palabra radiante.

Manolo es el embajador introductor de Oncina para los paseantes del Sur, para los del Norte y para los peregrinos a Santiago que entran por el amanecer.

Encontrar a Manolo es disponer del ‘placet’ para transitar por el pueblo como uno más; Manolo te dice con su mirada brillante gracias por venir; Manolo, con su carretillo, su perro bienhechor, su desbrozadora en ristre, su barbacoa llena de pimientos a medio asar, su huerta llena de patatas y lechugas y sus parras recién podadas, te hace sentirte en tu casa. Nada agradece más que te pares a saludarlo y hablar de las cosas de hoy y de antaño mientras le robas una manzana del árbol de la valla. «Yo viví en Quintana, os vi nacer a la mayoría de vosotros, qué feliz fui yo esos años, cómo me gusta Quintana; bueno, más bien Raneros, que es donde yo trabajé desde mozo en aquella carpintería carretera». Te lo dice con fruicción, entreverando una carcajada por cualquier motivo, desplegando humor y campechanía. Que se te olvida el paseo y al final tienes que decir, calla Manolo que así no caminamos nada, que nos dan las horas aquí contigo y no pasamos de la huerta. Y él te despide con otra risotada mientras te vas hasta la Aldea… pero a la vuelta tienes que decidir, voy por donde Manolo o subo por el camino de la Iglesia y así no me paro otra media hora, que empieza a sentirse el relente.

Y ahora, ¿qué hacemos? Mañana, si no llueve, pasearemos por Oncina hasta la Aldea, una vez más. Pero a la entrada del pueblo puede que nos desviemos por el camino alto de la Iglesia para no pasar por delante de la casa vacía de Manolo y Florinda, pues honda será la tristeza; no sólo de la no presencia del corpachón de Manolo sino por la ausencia insustituible de su sonrisa y su acogimiento alborozado. Florinda no acertará a entender qué pasó con lo del Covid, su entendimiento y su memoria ajados por los años no le podrán descifrar el misterio de que su Manolo no esté a su lado, oirá su risa y sus pasos como siempre. Suponemos que ya nadie podrá explicárselo.

Nosotros, sus vecinos sureños más próximos, solo podemos decir que también lloramos su ausencia a pesar de que Manolo no lo quisiera; preferiría vernos dicharacheros y felices, como él nos recibía siempre. Cuando pasemos delante de su casa y de su huerta en medio de la tristeza le dedicaremos una sonrisa para que allá en los cielos de los hombres buenos nos espere con la suya eterna ya para siempre.
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