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Luis Diego Polo: Un hombre tranquilo para tiempos convulsos

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Fulgencio Fernández | 13/02/2018 A A
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Luis Diego Polo: Un hombre tranquilo para tiempos convulsos
Obituario La paz no parecía ser posible cuando Luis Diego Polo llegó a la Alcaldía de León, allanando el camino de vuelta a Juan Morano
Pocas veces, seguramente nunca, la ciudad de León ha vivido tiempos más convulsos que aquella segunda década de los años 80 del pasado siglo. Repasar los titulares de los periódicos casi asusta: insultos, descalificaciones, huelgas de hambre, filtración de noticias de que uno había tenido encontronazos juveniles con la justicia, amenazas veladas y no tanto… y fotos de un alcalde abandonando el Pleno escoltado por la Policía Municipal, lo que no le impidió recibir una patada. Tremendo.

Juan Morano había ganado las elecciones como independiente (12 concejales), tres partidos (PSOE con 9 concejales, C DS con 2 y AP con 4) se unen para que no gobierne el controvertido Morano, vencedor claro por otra parte. Nace el Pacto Cívico que hace a Villarig (AP) alcalde, con Ángel Villalba e Ignacio Morán de escuderos.

La paz no era posible. Las reuniones se sucedían, los contubernios reinaban, las descalificaciones volaban, los bulos mandaban. La paz no era posible.

Y empieza a haber movimientos. María Dolores Otero y Malenus Bustillo (AP) no soportan la presión, no creen en el Pacto Cívico pero el regreso de Morano sería una bomba. La paz ya sería una utopía… Y buscan a un hombre bueno. A un hombre tranquilo para tiempos convulsos. No era fácil.

Y allá por el número 7 u 8 (escribo de memoria) de la Agrupación de Electores Independientes de León de Juan Morano aparecía Luis Diego Polo, arquitecto de profesión, discreto que no quiere decir gris, con su vida solucionada en otra ocupación, sin enemigos, de esos que en León llaman “buena gente”.

Era el hombre. Le vimos sufrir en aquel Pleno que le hicieron alcalde y descabalgaron a Villarig. Insultos, patadas, salidas por la puerta falsa, tumulto en la plaza…

Y Luis Diego Polo hizo lo que sabía hacer. Ni una palabra más alta que otra, ni una descalificación hacia nadie, ni un titular llamativo… El hombre tranquilo buscado en el fondo de la lista sabía a qué había llegado, para qué le habían pedido el sacrificio, que lo era, pero demasiada gente quería que se hiciera realidad aquello para lo que había llegado, ser el puente sin bombas que abría la puerta del regreso a Juan Morano. Había prisa. Quienes estos días hablarán del bueno de Luis Diego Polo no lo dirán pero todos te lo cuentan después de las palabras oficiales: “Lo dejaron un poco tirado”.

Y se fue cómo llegó. Ni un titular en el adiós. No era hombre de aquellos tiempos extemporáneos. Cerró la puerta de la alcaldía y abrió la de su estudio de arquitectura para volver a ser el hombre tranquilo y discreto que no quiere decir gris. Llevaba tiempo alejado, debía estar enfermo. Discreto.

Y se fue sin cobrar la paz que quiso traer a una ciudad en guerra. Era así. En paz quiso vivir, descanse en paz.
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