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Los serenos de Villafranca

Los serenos de Villafranca

EL BIERZO IR

Noche en Villafranca, donde los serenos tenían sentido (realizada por Cela). Ampliar imagen Noche en Villafranca, donde los serenos tenían sentido (realizada por Cela).
Ramón Cela | 09/12/2018 A A
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Los serenos de Villafranca
Rincones Olvidados Desde principios del siglo pasado, se recuerda en Villafranca del Bierzo la tradición de cantar las horas por las noches a cargo de los serenos, quienes con sus gorras de plato y pantalón de pana beige, alardeaban de la mejor voz recorriendo las calles de la villa, lugar que según antiguos escritos, era una población de vanguardia en todo cuanto se pudiera asemejar a las grandes ciudades
Quizás por ser Villafranca considerada una ciudad vanguardista, hubo la tremenda y gran discusión entre ideologías rivales, de donde y en qué lugar se podrían instalar los urinarios públicos que Villafranca, como las grandes ciudades, debería tener y en lugares céntricos, como la Plaza Mayor o la entrada casi del Jardín Romántico de La Alameda villafranquina.

Ya se disponía de agua corriente y electricidad por toda la villa. Ya se había construido el primer viaducto de hormigón armado de toda España y ya había perecido en accidente aéreo el hijo de Pepe de Sela, al chocar su bicicleta voladora con el único auto que pasaba por el nuevo viaducto.

Mientras, los serenos cantaban las horas a partir de las once de la noche y hasta el amanecer. Los hortelanos, no podían tener queja alguna porque podían dormir a pierna suelta y los pobres asalariados de los terratenientes, tampoco disculpa para llegar tarde a coger la azada, que mantenía a toda su prole.
El sereno era un hombre que tenía que caer bien a la fuerza, ya que ayudaba a unos y a otros y encima, se le invitaba en ocasiones a un chato de vino en las bodegas, cuando el jornalero tenía que madrugar antes del amanecer, para llegar amaneciendo a despertar a quien, a veces con desprecio, le daba órdenes para cavar y cavar las viñas que él ordenaba.
-Las doce y nublado- gritaba un sereno llamado vulgarmente. Pandevacío.
-Las dos y nublado a cachos- se oía a lo lejos otro sereno, llamado Manolo Rana.
- Las cinco y lloviendo-ya la voz era mucho más alta y con gran cadencia para luego oírse más bajo: Me cago en la puta que parió a esas putas nubes…Non vos levantéis (seguía) agarraibos fuerte a la muller, que hoy o día estará jodido. Y así, noche tras noche, mientras que el reloj de San Francisco seguía marcando puntualmente las horas y el de San Nicolás las marcaba, cuando a los curas les petaba dar o no cuerda al reloj, que desde todo el pueblo se veía en la fachada de la Iglesia.

El jornalero, todavía cansado del día anterior, se levantaba a duras penas, pero no tenía otra opción y cogía el pequeño ‘capazo’ que con algunas escasas viandas había preparado su esposa, a la vez que lo cubría todo con una especie de servilleta que hacía años, había pedido la jubilación. Pero en el fondo del ‘capazo’ también iba aquel trozo de sábana que en tiempos fue regalo de boda de su madre, porque el trabajador del campo, aparte de regar las plantas con el sudor de su frente, en ocasiones, sacaba de la riñonera de tela gruesa aquel trapo sucio y deshilachado, para secarse la cara, otras los sobacos, porque el sudor, le podía producir rozaduras con las costuras de las camisas remendadas.
- Quino…Levántate ya, que dentro de un rato vai a amanecer e teu amo, que é a madre que o pariu. ( Joaquín levántate ya, que dentro de un momento va a amanecer y tu amo, que es la madre que lo parió ) Decía el sereno en gallego, mientras aporreaba la puerta y despertaba al vecindario.

- Y con o día que está hoy, o amo, te vaia xurcir, ven xurcido.( Y con el día que está hoy, el amo, te va a explotar bien explotado) , pero era lo que había y el jornalero, sabía que a los chicos no se les podían poner ni cremalleras ni botones en las bocas.

Pero el sereno, se decía que era siempre el que mejor aprovechaba el agua de los regueros, porque, incluso de noche, regaba sus pequeñas huertas o las de los vecinos. Total, para lo que ganaba y lo poco que trabajaba dando paseos por el pueblo, los ‘señoritos’ decían que estaban muy bien pagados. Pero la realidad siempre era otra y muy distinta.

El sereno, era un pobre hombre que tuvo que humillarse ante el poderoso y rogarle una vara para poder mantener a su familia. A cambio, muchos pequeños trabajos, debería hacerlos gratis para su ‘bienhechor’ y naturalmente, quitarse la gorra al paso altanero de aquel, que con la cabeza erguida y sombrero de fieltro, caminaba solemnemente los domingos a la misa de doce de la iglesia.

El sereno se sentía seguro bajo el manto protector del ‘mandamás’ y toda la familia, estaba sujeta a los recados y pequeñas chapuzas de limpieza, que eran necesarias en la casa de aquel que cuando bebía demasiado en el Casino, no es que estuviera borracho, sino que algo le había sentado mal con la comida. Razón por la cual, las rondas de los serenos, siempre se acercaban bastante cerca de los bares.

Así transcurría la vida del sereno. Unas pocas horas durmiendo, las faenas de la huerta y una ronda de vinos, que en ocasiones era lo más parecido a la ‘triaca’, por la mala elaboración de los vinos que cada cosechero hacía a su manera, pero que era natural como la vida misma, solo que el droguero, con ánimo de vender más, preguntaba al cosechero cuántos cantaros de vino tenía y, para curarse en salud, siempre caían algunos gramos de más, para mayor seguridad.

-Las doce y nevando… y o puto frío calando. Como siga así… vai daros por saco, que eu non aguanto máis de un cuarto ( Y el puto frío calando. Como siga así os van a da por el saco, que yo no aguanto ni un cuarto).

Lo cierto es que en Villafranca, hasta hace muy poco, las llaves estaban por fuera de las puertas y nunca faltaba nada, porque había algo de lo que todo el mundo hacía gala: La honradez y precisamente, quienes más la practicaban, eran aquellos que más necesitados estaban.
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