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Los restos de Cristo

Los restos de Cristo

EL BIERZO IR

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Casimiro Martinferre | 29/03/2015 A A
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Los restos de Cristo
Serial Territorio "Permite a este desgraciado tanto atrevimiento..."
Quedé suspenso ante el modelo. Al instante le hallé un paralelismo fácil. Más evidente aún que la asociación de imágenes era la lectura: el desmoronamiento del Rey de reyes. Ganas de entrar en berenjenales teológicos. Cuántos crímenes cometidos en nombre de Dios. Los cimientos y andamios de nuestra civilización, de todas las civilizaciones, se fundamentan en la guerra. En los estandartes de beligerancia, siempre ha ondeado la faz de los dioses. Hoy seguimos en las mismas. La evolución moral de los humanos no ha evolucionado un ápice en milenios, ni lo hará.

Imposible compensar la sangre vertida, por muchas basílicas que se erijan o forjen millones de cruces de plata maciza y rubíes. En toda esa farsa revestida de rojo cardenalicio, en todo ese meapilismo, por fuerza tendría que subyacer un átomo de pundonor, de genialidad. Tras exprimir el corto intelecto, con los ojos clavados en el madero comenzó a sonar una pieza sobrehumana. Concierto para dos violines, de Bach, movimiento Largo ma non tanto, una especie de homenaje homicida interpretado sublimemente por los judíos Yehudi Menuhin y David Oistrakh.

Monserga de hipocresías. No rezarás implorando el Edén, porque vives protegido tras la muralla, desde ella ves cada día el sufrimiento de los necesitados, aún así apartas la mirada, callas. Nunca deberías haber rogado un sitio al lado de ese San Isidoro al que ensalzas egregio, eximio, severo, pues sabías muy bien que el lugar estaba reservado al pordiosero. Vas de marxista aunque has sido bautizado, recibiste la primera comunión, casaste por la iglesia, reservas parcela en el camposanto y besas los pies de los patronos catedralicios en pos de trinques sacros. Valiente asalta conventos.

Los restos de Cristo hoy, son como el esqueleto de un todopoderoso árbol, emblanquecido de soles. Agrietado, cayéndose a trozos de humillación, de impotencia ante los agravios del hombre envuelto en víboras hacia el hombre y hacia la vida. El hombre, arcilla y hálito divino, nada menos. No aprecio en la imagen al Príncipe, sino al Señor de los leprosos, a un Jesucristo mortificado -todavía sin cicatrizar el lanzazo en el pecho-, obstinado en permanecer por los siglos de los siglos expirando. Oigo apenas un lamento, desesperado, de consignas purísimas, prístinas, contrarias a la fétida esencia de aquellos a quienes van destinadas. También un grito para redimir al sindiós, al adorador de ídolos de carne y hueso, al soberbio reacio a suplicar benevolencia.

Permite a este desgraciado tanto atrevimiento, no es su culpa carecer de anteojeras. Soy indigno de tu compañía mientras haya niños muriendo de hambre, después tampoco. No amenaces con acogerme en una aburrida eternidad de perfección y ternura. Si acaso quisieres apiadarte, apéame en el infierno de la lujuria junto a Mesalina. Ni siquiera valgo la caridad de ser fulminado con ira, ya ves. En el remoto caso de que las trompetas celestiales me anunciaren la buena nueva, renuncio al paraíso. Pero ten misericordia, tritúrame el alma, hazme carnaza para los perros, o mejor ceniza en el olvido de ninguna parte.

Valle del Sil, marzo de 2007
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