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Los personajes del tío Ful: Amador González, repartidor del vale del carbón

Los personajes del tío Ful: Amador González, repartidor del vale del carbón

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Fulgencio Fernández y Laura Pastoriza | 09/11/2019 A A
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Los personajes del tío Ful: Amador González, repartidor del vale del carbón
Personajes Un personaje muy querido en el Valle de Sabero. Trabajador, buen conversador, de gran memoria, agricultor y repartidor del vale de carbón, "por lo que tragué más polvo..."
Con Amador la conversación siempre es fácil, tiene buena memoria, conoce a mucha gente, tiene una historia propia que contar y es un tipo entrañable, cercano para todos. «Nací aquí en Olleros hace 78 años, y ya no marché. Podía, pero por no dejar solos a los padres, me querían en empresas en Bilbao...».

Pero los padres tiran mucho de un tipo como él. Solo tenía una hermana «que se casó muy joven y se fue». Amador se quedó con el ganado, las tierras que tenían en casa y, con el tiempo, «me hice repartidor de los vales de carbón de la empresa». Cuando por este valle dicen «la empresa» se refieren a Hulleras de Sabero y Anexas, es ésta «le daba a sus trabajadores carbón, como una recompensa, doce tickes, uno por cada mes. A los que no tenían categoría de minero les daban 250 kilos en los 7 meses de verano y 300 en los 5 de invierno; a los vigilantes y los de oficinas les daban 300 kilos todos los años, y a los ingenieros, capataces y vigilantes de primera les daban 400 kilos al mes».

- Siempre hubo clases.
- Bueno, hombre.
- ¿Y para cuántos repartías?
- Yo tenía 107 cartillas de mineros que sellaba yo los tickets, como me conocían y era formal.

Para este reparto llegaban camiones de la empresa cargados hasta una plaza del pueblo y allí descargaban las toneladas de los vales, que la medían en cajones para que no hiciera falta pesarla. «Entonces llegaba yo con el carro y las vacas y cargaba aquellos cajones de carbón, a pala todo, y lo iba repartiendo por las casas según sus cupos».

- ¿Fuiste minero sin entrar a la mina?
- Se podría decir. Yo no era de la empresa, iba por mi cuenta, pero aunque no fui minero tragué más polvo que muchos que sí entraban, menuda polvoreda se montaba en la plaza.

La vida de Amador tuvo un trance complicado de salud. «De tanto calor como pasaba se me hicieron unas heridas tremendas, que no sabíamos de qué eran. Tuve que ir a Madrid, al hospital Gregorio Marañón, y me quitaron un oído entero, pero me salvé. Me quedaron secuelas, pero estoy contento, al menos lo cuento».

Y lo cuenta muy bien Amador, un buen paisano.

Con Amador la conversación siempre es fácil, tiene buena memoria, conoce a mucha gente, tiene una historia propia que contar y es un tipo entrañable, cercano para todos. «Nací aquí en Olleros hace 78 años, y ya no marché. Podía, pero por no dejar solos a los padres, me querían en empresas en Bilbao...».

Pero los padres tiran mucho de un tipo como él. Solo tenía una hermana «que se casó muy joven y se fue». Amador se quedó con el ganado, las tierras que tenían en casa y, con el tiempo, «me hice repartidor de los vales de carbón de la empresa». Cuando por este valle dicen «la empresa» se refieren a Hulleras de Sabero y Anexas, es ésta «le daba a sus trabajadores carbón, como una recompensa, doce tickes, uno por cada mes. A los que no tenían categoría de minero les daban 250 kilos en los 7 meses de verano y 300 en los 5 de invierno; a los vigilantes y los de oficinas les daban 300 kilos todos los años, y a los ingenieros, capataces y vigilantes de primera les daban 400 kilos al mes».

- Siempre hubo clases.
- Bueno, hombre.
- ¿Y para cuántos repartías?
- Yo tenía 107 cartillas de mineros que sellaba yo los tickets, como me conocían y era formal.

Para este reparto llegaban camiones de la empresa cargados hasta una plaza del pueblo y allí descargaban las toneladas de los vales, que la medían en cajones para que no hiciera falta pesarla. «Entonces llegaba yo con el carro y las vacas y cargaba aquellos cajones de carbón, a pala todo, y lo iba repartiendo por las casas según sus cupos».

- ¿Fuiste minero sin entrar a la mina?
- Se podría decir. Yo no era de la empresa, iba por mi cuenta, pero aunque no fui minero tragué más polvo que muchos que sí entraban, menuda polvoreda se montaba en la plaza.

La vida de Amador tuvo un trance complicado de salud. «De tanto calor como pasaba se me hicieron unas heridas tremendas, que no sabíamos de qué eran. Tuve que ir a Madrid, al hospital Gregorio Marañón, y me quitaron un oído entero, pero me salvé. Me quedaron secuelas, pero estoy contento, al menos lo cuento».

Y lo cuenta muy bien Amador, un buen paisano.
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