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Los okupas de ‘La Bohème’ llegan a Salzburgo

Los okupas de ‘La Bohème’ llegan a Salzburgo

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La moderna puesta en escena es una de las curiosidades de esta versión de ‘La Bohème’ de Puccini. Ampliar imagen La moderna puesta en escena es una de las curiosidades de esta versión de ‘La Bohème’ de Puccini.
Javier Heras | 10/12/2020 A A
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Los okupas de ‘La Bohème’ llegan a Salzburgo
Ópera Anna Netrebko y Piotr Beczala encabezan el excepcional elenco de esta moderna producción de Damiano Michielatto para el festival austriaco que este jueves podrá verse a las 19:00 horas en Cines Van Gogh
La celebración del centenario del Festival de Salzburgo de ópera –fundado en 1920 en la ciudad natal de Mozart– continúa en Cines Van Gogh. Este jueves, a las 19:00 horas, será el turno de ‘La Bohème’, de Puccini, en una grabación de 2012 que todavía no se ha superado. Si incluso los pequeños papeles recaen en voces de nivel –Carlo Colombara, Nino Machaidze, Alessio Arduini–, qué decir de la pareja protagonista: el tenor polaco Piotr Beczala (1966), elegante y firme en los agudos, y la rusa Anna Netrebko (1971). Reina de las sopranos actuales desde que la descubriese Valery Gergiev en el Mariinsky hace 25 años, asombra por su timbre, belleza de línea, presencia, volumen, gama dinámica y, ante todo, por su capacidad para transmitir emoción.

A la naturalidad de sus interpretaciones ayuda una dirección escénica detallada, contenida y sensible de Damiano Michieletto (1975). El veneciano, ganador en tres ocasiones del premio Franco Abbiati y también en 2015 del prestigioso Olivier Award por su Cavalleria Rusticana/Pagliacci, opta por el realismo en su montaje. Se desarrolla en el presente –de la buhardilla de unos okupas a una carretera desolada– y contiene imágenes muy poderosas, entre ellas un cristal empañado donde se escribe un nombre. En el foso, la Filarmónica de Viena con el solvente Daniele Gatti.

Salzburgo merecía reconciliarse con Puccini, a quien apenas había programado dos veces en todo un siglo ('Tosca' en 1989, 'Turandot' en 2002). Los responsables del festival desdeñaron al compositor italiano por sentimental. Hasta que Alexander Pereira ocupó el puesto de intendente en 2012 y se dio cuenta de que había que darle al público grandes voces y obras populares. Y no hay ninguna más querida –y representada en el mundo– que ‘La Bohème’.

En su cuarta ópera, el genio de Lucca (1858-1924) desplegó algunas de sus páginas más bellas, del aria ‘Che gelida manina’ al vals de Musetta, el dúo ‘O soave fanciulla’ o la funesta ‘Sono andati’. Todas demuestran su don para la melodía: suaves, románticas, llegan con naturalidad y crecen hasta lo más expresivo. Y siempre están conectadas con las palabras: en el aria de Mimì, el arco que traza su voz acompaña el vuelo de sus pensamientos (el sol, la naturaleza) y después baja a tierra, a su vida humilde.

Pese a que intelectuales como Arnold Schönberg despreciasen sus recursos, «demasiado baratos», Puccini cultivó un estilo propio sin imitar a Verdi o a Wagner ni dejarse llevar por los excesos del verismo. En el canto, incorporó una especie de declamado para los diálogos, rápidos y fluidos, y caracterizó a los personajes: la picardía de Musetta, la sencillez de Mimì, el lirismo de Rodolfo. Por su parte, la orquesta pinta el París del siglo XIX con concisión y detalles brillantes, como las llamas del fuego que crepitan en el apartamento, el violín que tiembla de frío o las famosas quintas paralelas del acto III, en las que la flauta y el arpa describen la nieve. Lo elogió todo un impresionista como Debussy.

Parece mentira que el estreno de ‘La Bohème’ en Turín, en 1896, resultase un fracaso: desconcertó la modernidad de la música, pero sobre todo la ausencia de argumento y de conflicto. El romance entre Rodolfo, un poeta idealista, y la frágil costurera Mimì carece de grandes acontecimientos; se narra mediante pinceladas, retazos de una época efervescente. Así los recogían los artículos del periodista francés Henri Murger (‘Scènes de la Vie de Bohème’) en que se basaron los poetas Ilica y Giacosa, que elaboraron un libreto lleno de verdad y altura poética. Es inevitable identificarse con esos jóvenes bohemios, humildes soñadores con los bolsillos vacíos y una efímera felicidad. Puccini puso aquí su corazón: varios de los leitmotive describen sus experiencias como estudiante en Milán, y en el aria ‘Vecchia Zimarra’ el barítono se despide de su abrigo… como hizo el propio compositor antes de empeñarlo para pagar las deudas cuando vivía con Pietro Mascagni en una buhardilla.
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