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Los niños

Los niños

OPINIóN IR

29/03/2020 A A
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Los niños
Cuando salimos a brindar nuestra gratitud a tantas personas (sanitarios, transportistas, cajeras…) en el aplauso colectivo de las ocho de la tarde, una de las imágenes que más nos conmueven es la de los niños que se asoman con sus padres a las terrazas y las ventanas. Por la expresión radiante de sus rostros, intuyes que es uno de los momentos del día que esperan con más emoción. Ahí están, dándolo todo, sumándose con ahínco a la salva de aplausos. Es difícil, sin embargo, saber lo que estará pasando por sus cabezas. En este escenario antinatural, especialmente para ellos, el encierro, a medida que se prolonga, se irá tiznando de dudas y temores. ¿Cómo explicarles, sin caer en la desazón, lo que está pasando? ¿Qué huella dejará este horror sinuoso en sus pequeños corazones? Aunque a los pobres los hemos acostumbrado a cierta reclusión digital, reduciendo sus interacciones con otros semejantes, es posible que no salgan indemnes de esta rutina. Lo que sucede estos días hubiese sido una calamidad insoportable en otra época: cuando las calles eran, en sentido literal, un trepidante y gozoso patio de recreo. Cuesta imaginar cómo hubiésemos reaccionado los niños que por aquel entonces, después de jornadas agotadoras, regresábamos a casa felices y extenuados. La agitación de la tarde en el pecho, la mirada brillante de tus amigos, la voz de tu madre reverberando entre el zigzagueo de las golondrinas. Era inimaginable quedarnos confinados, salvo enfermedad, e incluso en esa situación, bajo las sábanas y la fiebre, te llegaba de la calle el clamor de la infancia.

El 9 de noviembre de 1965 se produjo un apagón que afectó a la costa este de los Estados Unidos, dejando a treinta millones de personas a oscuras: nueve meses después, hubo un notorio incremento de la natalidad en ciudades como Nueva York. Vamos a pensar que esta maldita cuarentena tenga como efecto dulce e inesperado un fenómeno similar. No lo interpreten como un canto al desenfreno y la lujuria (que también), sino a la elocuencia de los cuerpos… y al deseo íntimo de que los niños vuelvan a correr por las calles en manadas, los ojos chispeantes de luz, sus manos en las de abuelos que no agonizarán en residencias temibles, el sol de un nuevo verano cayendo sobre sus espaldas como una tregua sin fin.
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