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Los mozos del cartel

Los mozos del cartel

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Fulgencio Fernández | 07/03/2021 A A
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Los mozos del cartel
LNC Domingo Nano y Germán eran dos mozos de Villaseca de la Sobarriba que aprovechaban cualquier rato libre para agarrarse al cinto y jugar a luchar. Una foto de esos agarres se convirtió en el cartel de concurso de relatos del Ayuntamiento de Valdefresno y sus protagonistas recuerdan ahora aquellos años y aquella vida
Viendo a Nano y a Germán sentados a la puerta de casa en Villaseca de la Sobarriba, hablando de los aluches, entiendes perfectamente que la lucha leonesa no es un deporte o, mejor, que es mucho más que un deporte. Es, sin lugar a dudas, la vida. Y mucho más en la Sobarriba, una de las cunas de la lucha y una de las cunas de gente trabajadora y defensora de sus tradiciones. Por eso ellos, con frases entreveradas de aluches, hablan de la vida en aquella comarca, de la subsistencia en estas tierras, de aquellos personajes irrepetibles que, cierto, en el caso de los hombres se habían agarrado al cinto. Y hasta de sueños, como que a la orilla de su río cangrejero nacieran los sueños de ultramar de un tal Cristóbal Colón, que no es andanza que quede aquí a desmano pues Nano fue uno de los danzantes de esa rocambolesca historia.

Tienen en la mano el cartel del Certamen de Relatos de Lucha Leonesa del Ayuntamiento de Valdefresno en el que aparece una foto de dos luchadores agarrados al cinto. Y son ellos, Marceliano Puente y Germán Tascón, Nano y Germán, de Villaseca ambos, de 84 y 85 años, los dos con problemas de vista, pero no de memoria.

- ¿Quién son los de la foto?
- Nosotros.
- ¿Seguro?
- Segurísimo. Me acuerdo como si fuera ahora de esta foto y de aquel día.
- ¿De qué corro era?
- De ninguno. Aquí no hacía falta que fuera un corro para agarrarse. Era lo que había y nos agarrábamos por nada.

Y Nano recuerda perfectamente el lugar y el momento de la foto. «Es la pradera que está al lado de la Fuente del Cesto, nos gustaba luchar allí porque siempre estaba verde pues tenía agua cerca, ahí en lo que nosotros llamamos El Puerto y en los mapas aparece como El Carcabón. No era ningún corro porque yo no salía a los corros digamos oficiales porque aunque tenía fuerza, no tenía maña. Mira Germán, que es más pequeño, pues me enroscaba, pero es que él sí fue bueno, muy bueno diría yo».


Y Germán se acuerda de algo más de aquel momento, con otro luchador de La Sobarriba en danza, el mítico Tino, El Cojo de Paradilla, pero en este caso la historia no va de aluches. «Veníamos de coger cangrejos, este río era muy cangrejero, los cogíamos por sacos, pero había que ir antes de que estuviera El Cojo, le encantaban y cogía unas cangrejadas que temblaba el misterio. Tino lo hacía todo a lo grande».

El de Paradilla no era de su misma época pues era bastante mayor que Nano y Germán, que ya no lo habían visto por los corros pero sí por los ríos. «Nosotros ya coincidimos con los más jóvenes, Luis y Patricio, de los molineros de Carbajosa; pero aquí luchábamos todos y los había muy buenos, como Germán», recuerda Nano, quien le pide que cuente alguna anécdota.

- ¿De qué?
- De cuando trabajábamos en la carretera, por ejemplo, de los cántaros de vino que ganabas en apuestas.
- Pero si estabais trabajando, ¿cuándo luchabas?
- A la comida. Si había una hora para comer la hacíamos en veinte minutos… y a agarrarse. Nos agarrábamos en cualquier momento, cuántas veces lo hacíamos en la era o después de venir de segar, cansados como perros, pero enseñaba uno el cinto…

No era un corro. Volvíamos de coger cangrejos y nos agarramos allí, en el prado de la Fuente del Cesto. Jugar a luchar era lo que se hacía cada vez que tenías un ratoY encadenan recuerdos en los que aparecen mil historias. Las jugadas de algunos padrinos a la hora de poner nombres, también algún cura que imponía el santo del día y aparecían así algunos nombres nada comunes en la comarca (Sindimio, Siricio, Gorgonio, Barsimio…) que con su saber ser paisanos hicieron del nombre solo una anécdota en la rica vida comunal de esta tierra. «Y, por cierto, Sindimio y Barsimio fueron grandes luchadores, muy buenos, y no se ha escrito casi nada de ellos. O nada».

- Pues ya tengo tarea; me disculpo; como, por cierto, casi se disculpó el obispo cuando fue a confirmar a los rapaces y le dijeron que los nombres habían sido ocurrencia del cura.
Historia de esta tierra de labrantines, las gentes de La Soba y sus pueblos, en los que todo el mundo completaba de alguna manera las débiles economías de los tiempos duros: «El padre de Germán era el barbero y como se cansaba de cortar el pelo a los paisanos cuando llegaba a los rapaces decía que ya no tenía ganas y nos lo cortaba Germán».
- ¿Eras bueno al corte?
- A base de cortar… Entonces era más fácil, metías la máquina y ella hacía faena. Por cierto, mi padre no se lo cortaba a los chavales y tampoco se lo quería cortar a Félix, el padre de éste (Antonio Barreñada, presente en la charla), porque tenía un pelo durísimo, más que las crines de los caballos.

Y el bueno de Barre provoca las risas cuando levanta su sombrero y no tiene ni un pelo: «Habré salido a madre en lo de la cabeza».

En paralelo con la lucha camina la vida. Germán quedó en Villaseca y, además de algunas horas de barbero, fue uno de los labradores ‘de avanzada’ y a su casa llegaron los primeros tractores que araron y sembraron por la Sobarriba. Nano buscó otros caminos en la Guardia Civil y después de unos años destinado en Asturias ya regresó a León y permaneció en la capital, cerca de su tierra, para poder estar allí el mayor tiempo posible.

En un momento determinado hablan Nano y Germán de un problema común, la vista. Nano es un gran lector y ha tenido que acudir al audio libro. En esas lecturas de un tema que le gusta, la historia, debió nacer esa documentación de cómo Cristóbal Colón bien pudiera haber nacido en La Sobarriba, desde El Puerto hasta América, tesis que llegaron a defender en otra tierra que se disputa las raíces del descubridor, Italia. Y hasta le han puesto su nombre a una plaza virtual.

Les pedimos que se hagan una foto tal y cómo están en la imagen del cartel. No lo dudan. «A la era», dicen. Y van y se agarran ¡Qué buena gente!
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