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Los escritores del verano (IV)

Los escritores del verano (IV)

OPINIóN IR

23/08/2021 A A
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Los escritores del verano (IV)
Creo que resulta muy difícil no dedicar alguna lectura del verano a la novela negra. Es un género al alza en todas partes. También en España, que no cuenta con una tradición tan sólida como la anglosajona, aunque algunos nombres, como Vázquez Montalbán y su serie dedicada a Carvalho, acuden de inmediato a nuestra memoria. En realidad, la novela policiaca, o criminal, o de detectives, o, simplemente, de misterio, como algunos autores prefieren llamarla, siempre ha estado ahí, pues el suspense y la presencia de mal son elementos inherentes a la construcción de gran número de historias.

La tradición del ‘noir’ en España es escasa por la ausencia de interés de las élites culturales decimonónicas en lo que se consideraba y tal vez aún se considera literatura popular (contemplada tantas veces como literatura en tono menor), según señalan Sánchez Zapatero, Martín Escribá o Vázquez de Parga, entre otros. La dictadura franquista tampoco favoreció, evidentemente, el desarrollo de unas tramas de ficción en las que afloraba la criminalidad y la complejidad social, aunque, paradójicamente, hubo publicaciones, como el semanario ‘El Caso’, que, desde los años cincuenta, dedicaban sus páginas casi exclusivamente a la crónica de sucesos.

Pero, en general, podemos considerar que sólo a mediados de los años 70 se puede hablar realmente de un desarrollo sistemático de la novela negra, con un componente realista muy potente, que ahondaba en los aspectos más truculentos de la vida cotidiana de la época y que, por ejemplo en el caso de Carvalho, contenía crítica social. Hoy, en cambio, la explosión del ‘noir’ es indiscutible, también aquí, aunque las ficciones policiacas han derivado, en muchos casos, hacia la etiqueta, también anglosajona, de ‘thriller’, donde la violencia explícita y a veces los elementos fantásticos alcanzan, entre otros, un papel notable. El audiovisual, particularmente las series de televisión, está proporcionando nuevas perspectivas y nuevas lecturas de todas las formas del género negro.

Más allá de la indiscutible genialidad de Stephen King o del realismo sucio y la complejidad social y política estadounidense que tan bien dibuja el gran maestro del género James Ellroy, podría citar varios títulos nacionales que han caído en mis manos en los últimos meses y que todos responden a esta estética: desde la vocación global de Juan Gómez Jurado, que cuenta con numerosos lectores, a la visión más local (en este caso, el País Vasco) de autores como Ibon Martín (‘La hora de las gaviotas, en Plaza & Janés), que se desarrolla en el País Vasco, Leticia Sierra (‘Animal’, Ediciones B), que sitúa su cruda historia negra en el rural asturiano, Manuel Ríos San Martín (‘Donde haya tinieblas’, Planeta), o Men Marías (‘La última paloma’, Planeta), un ‘thriller’ en torno a la base naval de Rota. La lista podría ser interminable, porque, en efecto, nos encontramos en un momento de gran producción literaria, aunque seguramente desigual, en torno a este género.

Recientemente, sin embargo, me he volcado en el ‘noir’ de aire más clásico. O, si lo prefieren, ese que nos permite identificar la influencia de los más grandes, la pasión por el juego de los enigmas, el uso de la lógica y la razón. Y aunque, desde el reciente despertar de la novela negra nórdica, se ha considerado que lo criminal casa mejor con el frío (no opina lo mismo Toni Hill, por ejemplo, doy fe), les aseguro que pocas lecturas me parecen tan adecuadas para el verano. Los que aman a los clásicos originales, desde luego a Edgar Allan Poe y a su Arsenio Dupin, encuentran en la resolución de los crímenes de esas ficciones algo parecido a la resolución de los pasatiempos de un periódico o de los juegos de lógica. Pero con mucha más enjundia.

Dupin es el primer detective que ni siquiera es detective, pero que, como se sabe, terminaría por servir de arquetipo para muchos de los más grandes, Sherlock Holmes y Hercules Poirot incluidos. Aunque podemos sentirnos tentados a recordar a estos grandes pesquisidores (como Jambrina suele llamar a su Fernando de Rojas) por las numerosísimas versiones cinematográficas, lo cierto es que el verdadero placer reside en leer sus historias. Y si quieren ver las películas y series dedicadas a ellos, adelante.

Inevitablemente, siempre volvemos a Poe. Y, desde luego, a Conan Doyle y Agatha Christie. Su extraordinaria manera de concebir la investigación criminal creo que no ha sido superada. Y sus historias han servido de referencia o de inspiración a otras muchas. De eso hablaba en reciente fechas con la escritora viguesa María Oruña, que ha alcanzado un notable éxito en apenas unos años con varias novelas que siguen los patrones de los detectives clásicos (su detective, la teniente Valentina Redondo, en homenaje a otra autora muy celebrada del género: Dolores Redondo). Por supuesto, en este punto, y en esta línea, hay que citar al muy prolífico y también aclamado Lorenzo Silva, a Eva García Sáenz de Urturi y sus universos vitorianos, a Carlos Zanón, a Giménez Bartlett, a Víctor del Árbol, a Berna G. Harbour, a clásicos como Paco Taibo II, con la Semana Negra de Gijón al fondo, o Andreu Martín. Y no se olviden del ascenso imparable de Pérez Gellida, Javier Castillo o el argentino Kike Ferrari, entre otros muchos.

Lo último de María Oruña, ‘Lo que la marea esconde’ (Ediciones Destino) me ha ocupado también estos días. Es la autora de los Libros del Puerto Escondido, que se desarrollan en tierras cántabras, aunque hace exactamente un año tuvimos ocasión de leer ‘El bosque de los cuatro vientos’, un viaje en el tiempo, a caballo de la leyenda, en el entorno de la Ribeira Sacra. Oruña comparte el éxito del ‘noir’ gallego con nombres tan recomendables (hay muchos más que merecerían estar aquí) como Arantza Portabales, Manel Loureiro, Ledicia Costas, Pedro Feijoó, Diego Ameixeiras o Domingo Villar. Es lo que se ha venido a llamar, al menos en algunos casos, el ‘thriller de batea’.

La falta de espacio nos impide hablar hoy del origen de la novela negra a partir de las llamadas ‘historias de la habitación cerrada’. María Oruña bebe de estas historias que fueron muy populares a principios del siglo XX y que constituyen un elemento esencial en el ‘noir’ clásico. Oruña reconoce la influencia del propio Poe, ‘Los crímenes de la Rue Morgue’, pero especialmente de Gastón Leroux y ‘El misterio del cuarto amarillo’, publicada en 1907. Y, ¿qué decir de ‘Diez negritos’, emblema del género negro, donde la habitación cerrada no es otra cosa que una isla? Títulos, todos ellos, que les aconsejo, ahora que aún quedan días de verano.
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