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Los dragones de Gaudí (su impronta en León) 2ª parte

Los dragones de Gaudí (su impronta en León) 2ª parte

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Fuente de Hércules (Jardín de las Hespérides). Ampliar imagen Fuente de Hércules (Jardín de las Hespérides).
| 03/12/2022 A A
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Los dragones de Gaudí (su impronta en León) 2ª parte
Arte y arquitectura Por José María Fernández Chimeno
Entre los escritos de Mosén Jacinto Verdaguer destaca el poema épico ‘La Atlántida’: «Hércules, abriéndose paso por olorosos bosques, se encamina hacia el huerto de las Hespérides. A su paso huyen los búfalos y los feroces leones y al tercer día llega ante aquel oasis de verdor en que se levanta el naranjo de los frutos de oro […] Hércules se acerca al árbol […] de repente, el dragón que guardaba el naranjo de los frutos de oro se yergue veloz con los ojos en llamas y blandiendo su enorme cola como si fuera una lanza…». (La Atlantida / Jacinto Verdaguer).

Jacinto Verdaguer Santaló (1845/1902) fue siempre un entusiasta de la mitología griega. «Desde 1866 estaba trabajando en un grandioso poema épico sobre la Atlántida y ya en 1867 presentó, sin éxito, a los Juegos Florales su Espanya naixent, que era un embrión del magno poema […] En 1876 terminó su grandioso poema ‘La Atlántida’ […] y en mayo de 1877, ganó el premio de la Diputación de Barcelona en los Juegos Florales […] Gaudí tenía en su estudio de la Sagrada Familia un ejemplar de la primera edición de ‘La Atlàntida’, y según Matamala (su maestro escultor) lo leía con frecuencia». (‘El gran Gaudí’ / Juan Bassegoda Nonell).

Conociendo las aficiones clásicas de don Eusebio Güell y el interés de Antonio Gaudí por el arte griego y el simbolismo, se hace fácil determinar que mossén Cinto Verdaguer despertó la admiración de ambos por el poema L´Atlàntida; y nada tiene de extraño que quisieran convertir el Jardín de la antigua Can Cuyàs de la Riera en el mítico ‘Jardín de las Hespérides’ y, además de Ladón, el dragón –guardián del jardín– representado en la verja de entrada de la Finca Güell de Pedralves, en 1983 se halló lo que pareció ser los restos de una fuente de «estilo gaudiniano».

Del centro de la fuente «sale un dragón de hierro forjado que constituye el caño para verter el agua en una pileta que en su parte frontal luce el escudo de Cataluña». (‘El gran Gaudí’ / Juan Bassegoda Nonell). La fuente tiene un pedestal paralelepipédico que soporta el busto de un Hércules tocado con el casco que se hizo con la piel de león (según el mito, fundador de Barcelona). El busto, que lleva la fecha de 1884, es obra de Rossend Nobas, uno de los escultores catalanes más importantes de finales del siglo XIX. Entre 1884 y 1887, Antonio Gaudí rediseñó el jardín y levantó los dos pabellones de la entrada que conocemos hoy en día. Esta fuente pertenece a la etapa orientalista de Gaudí, principalmente el mudéjar y nazarí.

Si algo guarda semejanza entre Antonio Gaudí y Jacinto Verdeguer es su personalidad poliédrica (que posee o manifiesta varias facetas) o bipolar, que tan fácilmente se asocia con el genio. En el caso de Verdaguer, más de un siglo después de su muerte, el 10 de junio de 1902, es inevitable hacerse una pregunta: ¿Jacinto Verdaguer fue un santo o un insensato iluminado? Lo cierto es que el «furor exorcista» de mossèn Cinto «comenzó a finales de la década de los ochenta, después de que realizara junto al marqués de Comillas y al científico Jaume Almera un viaje a Tierra Santa, que fue un revulsivo en su conciencia (y que le produjo una profunda crisis existencial) […] al extremo de que la Iglesia –la misma que lo suspendió A Divinis con la rúbrica del obispo José Morgades–, se atrevió a relacionar sus alucinaciones diabólicas y la manía persecutoria que padecía con el desafío al sexto mandamiento». (‘¿Marca personal poliédrica o bipolaridad?’ / Guillermo Recolons-2016)

Y en el caso de Gaudí, a punto de cumplirse un siglo de su muerte, el 10 de junio de 1926, es necesario volver a hacerse la misma pregunta que hizo declarar a Elies Rogent, el director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona el año de 1878, cuando le entregó el título de arquitecto: ¿«No sé si hemos dado el título a un loco o a un genio, el tiempo lo dirá?

Curiosamente, ambos «locos o genios» sufrieron en vida el oprobio de sus semejantes. Verdaguer dedicó los años siguiente del viaje a Tierra Santa a la oración y sobre todo a las limosnas, frecuentando a grupos de videntes y asistiendo a prácticas exorcísticas, para, en el año 1893, verse forzado a abandonar su cargo de capellán-limosnero en el palacio de los marqueses de Comillas. Mientras que Gaudí, también en ese mismo año de 1893, pasó por una aguda crisis existencial cuando residía en el Seminario de Astorga, bajo el amparo y la tutela espiritual del obispo Juan Bautista Grau i Vallespinos, abandonando para siempre las obras del Palacio Episcopal a la muerte del prelado (falleció el 18 de sept. de ese mismo año).

Al año siguiente Gaudí se recuperó de sus depresiones de la mano de otro clérigo, mosén Torras i Bages, y encontró sentido a la vida dedicándose en cuerpo y alma a la obra del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia; al extremo de acabar sus días como un pedigüeño y confundido con un vagabundo por su aspecto (vestía con ropas gastadas de color de ala de mosca y zapatillas polvorientas) en el día en que fue atropellado por un tranvía. Pero antes, en 1894, ya liberado de todos «sus demonios», se dedicó a recrear el mito del dragón –sin mayores tormentos– en la «reja de la puerta» y en la «fuente de Hércules» de la Finca Güell.

También, extrañamente, los dos personajes murieron el mismo día, con la diferencia de 24 años, para ser reconocidos tras su muerte, pues tanto Verdaguer como Gaudí recibieron un multitudinario homenaje por parte de sus conciudadanos. El gran poeta fallecido, tras haber sido expuesto en el Ayuntamiento de Barcelona, fue sepultado en la montaña de Montjuich, en una roca delante del mar, después de un largo trayecto por las calles de la ciudad; y en una de las manifestaciones de duelo más multitudinarias de la historia de Cataluña. Tan solo a la altura de la del arquitecto muerto, cuyo ataúd cubierto por un paño de terciopelo morado de la Asociación de Arquitectos de Cataluña fue colocado en una carroza fúnebre tirada por dos caballos, y desfiló por las calles de Barcelona en olor de multitudes hasta su última morada: la Capilla de Nuestra Señora del Carmen, cripta de la Sagrada Familia.

¿Será la «maldición de Ladón», aquella que les llevó a tener un destino tan cruel?

Son muchas preguntas las que hasta ahora nos hemos hecho sobre los dos amigos y genios de tan poliédrica personalidad, aquellos que un día se conocieron por la mediación del mecenas don Eusebi Güell, trabajando en un mismo proyecto: el mítico ‘Jardín de las Hespérides’ custodiado por Ladón, el dragón que motivó a Gaudí seguir reproduciendo en sucesivas obras la figura del mitológico animal; incluida la escultura de San Jorge y el dragón en la Casa Botines de León. Y son muchos los escultores leoneses que han recurrido al dragón o a otros seres mitológicos para sus recreaciones artísticas [ver artículo en LNC: ‘Los dragones de Gaudí (su impronta en León) 1ª Parte’. (02-03-22)], desde Juan Carlos Uriarte a Amancio González.

Una tradición que se mantiene vigente entre otros escultores de contrastada notoriedad. Una muestra la tenemos en Lolo Zapico (nació en Rioscuro de Laciana, en 1953) quien, en 1973, conoció a Eduardo Arroyo (autor de ‘El Unicornio’ sito frente al Arco de la cárcel de León) y reinició su andadura por la pintura. Pero es de su escultura de la que queremos hablar al lector, pues las diferentes Cabeza de Vaca o de Toro son ya una constante en la obra Zapico.

Solo el escultor sabe si su «cabeza de toro» se inspira en el hombre-toro, Minotauro (en griego «toro de Minos») dentro del laberinto de Creta o con un astado taurino…, quizá también con las máscaras rituales de Chipre, realizadas con cráneos de bóvidos. ¿Cuál fue su inspiración?

Mi inspiración está basada en el arte rupestre, todos bisontes y vacas creados por la erosión del agua, animales que han vivido hace 40.000 mil años y aquí siguen, es importante que sirvieran antes de alimento para los neandertales y ahora para nosotros de inspiración; por eso seguimos rodeados de ellos y necesitamos que estén presentes en nuestras esculturas y pinturas.

El escultor Eduardo Arroyo vivió sus últimos años en las montañas de Laciana, donde tuvo su casa y taller; lugar donde empezó a interesarse por la piedra y el hierro, «materiales muy duros e interesantes» –en palabras del propio Arroyo–, con los que ha creado sus piezas, llenas de «una pequeña mitología personal». ¿Qué puedes decirnos del unicornio, criatura mitológica del folclore europeo, que permanece colgado de una grúa en la plaza de Puerta Castillo?

Eduardo encontró un imponente «tronco raíz» de un gran árbol cortado hace años, que le recordaba al unicornio (quizá inspirado en la serie de tapices ‘La dama y el unicornio’). Arroyo y su ayudante proyectan sus ideas en él, dándole la forma actual, pero haciendo antes algunos injertos de madera. Posteriormente realiza el molde de madera y funde plomo de tuberías viejas en su taller de Robles de Laciana, obteniendo ese enorme «cuerno». Luego de hacer un molde sobre dicha escultura, se fue a la fundición de Madrid para realizar los «unicornios de Laciana». La obra continúa para lograr más unicornios de Laciana fabricados con hierro y piedra del lugar, piedras y pórfidos de gran dureza.
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