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Los clones de Chaikovski invaden Londres

Los clones de Chaikovski invaden Londres

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Un momento de la representación de ‘La dama de picas’ de Chaikovski. | L.N.C. Ampliar imagen Un momento de la representación de ‘La dama de picas’ de Chaikovski. | L.N.C.
Javier Heras | 22/01/2019 A A
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Los clones de Chaikovski invaden Londres
Opera En su montaje de ‘La dama de picas’, el escenógrafo Stefan Herheim introduce al compositor en la acción. Los cines Van Gogh la emiten este martes a las 19:45 horas en directo desde la Royal Opera House de Londres
El atormentado creador de ‘La bella durmiente’ solía odiar todos sus trabajos. En cambio, al concluir ‘La dama de picas’ estaba muy satisfecho. "Me parece que será mi obra maestra»" decía en una carta. La penúltima de sus nueve óperas se convirtió en un éxito inmediato desde su estreno en el Teatro Mariinsky en 1890, al que seguiría una expansión paulatina por el resto del mundo. En Nueva York la dirigiría Mahler en 1910.

Uno de sus grandes valores reside en el espléndido libreto, de notable altura literaria. Un retrato psicológico de personajes humanos, realistas, que sufren, se ilusionan, cometen errores. Igual que ‘Eugene Onegin’, se basa en su compatriota Alexandr Pushkin, en este caso en una historia corta de 1834 acerca de un militar que cae en la ludopatía. El Teatro Imperial de San Petersburgo encargó a Modest, hermano del músico, una trama sobre la ambición y la muerte, con un peso decisivo del destino y pasajes sobrenaturales: para enriquecerse y así aspirar a la mano de su enamorada, el oficial se obsesiona con un juego de cartas… y con una misteriosa mujer, la vieja condesa, que conoce el secreto de los tres naipes que siempre ganan. Al final, en la partida definitiva, la suerte le da la espalda y lo aboca al suicidio.

La otra virtud de ‘La dama de picas’ es, cómo no, su música. A priori, el repertorio ruso intimida al espectador: a la barrera del idioma se une la escasez de grabaciones de referencia y un estilo con el que no estamos familiarizados. Pero en esta joya, escrita en apenas 44 días en Florencia, brilla con todo su esplendor el talento de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), empezando por sus melodías sensuales, amplias, elegantes, contagiosas. Un romanticismo arrebatador que recuerda a Puccini.

Toda esa ambigüedad se refleja en el montaje de Herheim, que introduce al propio músico en escena Por otro lado, sobresale su virtuosa instrumentación. En plena madurez, después de la ‘Quinta sinfonía’ (1888), aspiraba a la unidad mediante los leitmotive, a los que se asocian personajes o ideas. Desde el preludio, introduce el motivo del amor y el de las tres cartas ('tri karty'), que reaparecerá una y otra vez. No hay sección de la orquesta que no disfrute de protagonismo; especialmente los vientos: cuando la condesa va a morir, el clarinete imita las convulsiones de su corazón. En el suicidio de Lisa, los metales son funestos. Para aligerar ese tono oscuro, el compositor incorporó escenas de aire más popular, incluso cómico: un paseo por el parque, un coro en honor al soleado día y, sobre todo, un baile de salón que evoca el esplendor rococó con guiños a la música de Mozart.

‘La dama de picas’ llega a la Royal Opera House de Londres en una producción que ya convenció en Amsterdam en 2016. Se podrá ver en directo en Cines Van Gogh este martes a las 19:45 horas. En el foso, el apasionado Antonio Pappano. En el reparto, especialistas como el búlgaro Stoyanov, John Lundgren (reciente Wotan en el Anillo), la reputada Eva Maria Westbroek y la veterana Felicity Palmer, en su despedida de las tablas. El tenor letón Antonenko asume el extenuante papel principal. Plácido Domingo lo compara con Otello, "débil, perdido y fascinante".

El polémico escenógrafo noruego Stefan Herheim hizo historia en Bayreuth con su impresionante ‘Parsifal’ en 2008 (premio a escenógrafo del año de la revista Opernwelt). Aquí desarrolla un concepto enrevesado, pero riguroso e inteligente: conecta el argumento –y a sus atrapados protagonistas– con la vida de Chaikovski, que se aisló de la sociedad por su homosexualidad. Pese a su fama mundial, estaba deprimido, tenía tendencias suicidas y perdió el generoso mecenazgo de Nadezhda Von Meck, su apoyo durante más de una década. Apenas tres años después, el ruso murió de cólera tras beber agua contaminada… tal vez a propósito. Toda esa ambigüedad se refleja en el montaje de Herheim, que introduce al propio músico en escena (en un papel que no canta ni existe en el libreto), interpretado por el cantante que encarna a Yeletsky. Aparece en su gabinete, rodeado por docenas de dobles vestidos como él.
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