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Los andamios o la vocación de Vela Zanetti

Los andamios o la vocación de Vela Zanetti

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Fotografía de MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Fotografía de MAURICIO PEÑA
Javier Carrasco | 05/02/2020 A A
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Los andamios o la vocación de Vela Zanetti
Trazos Por Javier Carrasco
En una fotografía en blanco y negro que incluye un libro de Victoriano Crémer dedicado a hacer una semblanza del pintor Vela Zanetti, vemos a este subido a un gigantesco andamio, retocando un detalle de la túnica de Cristo en el mural que realizó para la iglesia de Jesús Divino Obrero en el barrio del Ejido, allá por mediados de los años sesenta. La figura del pintor, empequeñecida ante la majestad del cuerpo de Jesús, que le triplica, –no en vano el mural tiene una extensión próxima a los doscientos metros cuadrados–, está de espaldas, suspendido en la estructura del andamio, sobre el que se apoyan tablones y escaleras de madera, solo ante su obra, dando los últimos retoques, como a la espera de que una señal confirme que su esfuerzo no ha sido en vano.

Acostumbrados a ver a los pintores cómodamente instalados en sus estudios, sorprende la parafernalia de la imagen que nos muestra la fotografía del libro de Victoriano Crémer, elegida sin duda para reafirmar la naturaleza especial de los muralistas, que les acerca a la condición de simples obreros. Desde sus comienzos como pintor, Vela Zanetti se sintió atraído por la pintura de murales. Con apenas veinte años pinta, a cambio solo de su manutención, las paredes de la taberna El Bodegón de León, donde vuelve después de haber pasado un tiempo en Madrid –de ese trabajo no queda sino la memoria que perdura en algunas fotografías, porque fueron cubiertas con una capa de cal en los años cuarenta–; realiza también por aquel tiempo los murales de las Cantinas Escolares en la colonia escolar del Monte de San Isidro. Actividad que no abandonará a lo largo de toda su vida y que no interrumpe durante su exilio en Santo Domingo, una vez terminada la guerra civil, en una labor incansable que es solo una prolongación de lo ya anunciado en la taberna de El Bodegón o las Cantinas Escolares.

Y así, hasta llegar en 1952 a pintar uno de sus murales más notables, dedicado a los derechos humanos, que decora la entrada a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, entre otros trabajos encargados a pintores tan destacados como Fernand Leger, Per Krohg o Cándido Portinari y que dará a conocer su nombre por todo el mundo. De todos ellos, él es el único que llevará a cabo el encargo en el mismo edificio, como si el contacto con el espacio que va a albergar su obra le inspirara mejor. Una obra en la que los críticos destacan su intensidad, su austeridad y la confirmación de su vocación de muralista. Vocación recompensada con la presencia de sus murales en España, Bruselas, Santo Domingo, Puerto Rico, México, Estados Unidos... Cuando regresa del exilio en los años sesenta continúa incansable en la actividad de muralista, subido eternamente a un andamio como un atento vigía: Iglesia de Jesús Divino Obrero, Hotel Conde Luna, Edificio Fierro, Antiguo Consistorio, Colegio Marista, Sociedad Vasco-Hullera Leonesa en la Robla...
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