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Los almendros en flor

Los almendros en flor

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Paisaje del Bierzo, de Anxo Cabada. Ampliar imagen Paisaje del Bierzo, de Anxo Cabada.
| 29/04/2019 A A
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Los almendros en flor
Lo pequeño es hermoso Por Valentín Carrera
Don Paco Fernández Oviedo fue un maestro republicano, represaliado en la posguerra, amigo de Dámaso Alonso y Valentín García Yebra, a quienes acompañó en alguno de sus viajes dialectológicos, el de 1957 por la Cabrera Baja, caminando desde Pombriego hasta Benuza, antecedente del viaje de Ramón Carnicer en el verano de 1963, cuya verdad cuenta en castellano transparente Donde las Hurdes se llaman Cabrera.

Don Paco fue el maestro de Preparatoria de miles de bachilleres ponferradinos, entonces solo chicos, en los años 50 y 60: en su escuela libre, tolerada por la Inspección del Régimen, se estudiaba al exiliado Alejandro Casona, Flor de leyendas, se leía a diario El Quijote y se jugaba al ajedrez: hacíamos «juicios» con abogado defensor, fiscal y tribunal, aprendiendo a debatir, opinar y respetar el uso de la palabra.

Daba temibles tortazos, es cierto, como para dejarte sordo; pero en aquella época eran práctica corriente los castigos con regla, varas de mimbre o gomas de neumático.

Siento una deuda de gratitud con don Paco, a quien debo los cimientos más sólidos de mi formación intelectual: recuerdo a una profesora que en sexto de bachillerato me dijo: «Tú sigues viviendo de las rentas de la Preparatoria». Tenía razón, y aún hoy la tendría si considero la profunda huella de aquellos años y aquellos libros de texto que conservo como oro en paño. ¿Quién habría llegado a ser don Paco de no haber sido un maestro republicano depurado y atemorizado por el Régimen?
Algún día –si los herederos lo permiten–, me gustaría escribir la biografía que merece, para compartir su método pedagógico tan avanzado, heredero de la Institución Libre de Enseñanza. Libre como su espíritu y su escuela, en la que cada primavera florecían los almendros.

Cada primavera, don Paco –que vivía con doña Felisa en la calle Almendros–, traía a clase las primeras ramas de almendro en flor, que recogía en sus paseos por Lombillo y Valdueza, y convertía el aula en un laboratorio experimental de botánica. Desmenuzando hojas y flores reales, aprendimos los nombres mágicos que otros memorizaban sin olor y sin tacto: pétalos, sépalos, estambres y pistilo… hasta el diccionario se hace poesía y rocío cuando de flores trata. El tacto sedoso de los pétalos, el polen en las yemas de los dedos y el aroma del campo berciano en el aula son mis primeros recuerdos de los almendros en flor, pero no los únicos que florecen en las estancias de mi niñez cada primavera.

Yo tenía entonces nueve años y pasaba temporadas felices en Rimor, en casa de la abuela María: hasta la Wikipedia sabe que los cerezos y los almendros de Rimor nada tienen que envidiar a los del Jerte y Japón, aunque no salgan en el telediario. Pero si el festín de las cerezas es en mayo, la cosecha de almendras es en otoño. Seis meses tardan avellanos, nogales y almendros en construir la coraza de sus frutos, prodigio de la Naturaleza para entretener a las ardillas y a las abuelas, crac, crac, el pequeño martillo o un golpe de pedernal contra la tabla: agroma el fruto seco y van los conchos y las cáscaras rotas al fuego, nada se pierde, todo se recicla, a la pálida luz de una bombilla de treinta watios; o quizás un candil y una lareira, y el filandón cuya voz se pierde en la noche de los tiempos.

No somos del todo conscientes –desde luego, no lo son las nuevas generaciones, y sería muy conveniente– del esfuerzo necesario, realizado cada otoño, siglo tras siglo, para llevar a casa o a la era un saco de almendras, dos sacos de nueces, tres sacos de castañas. Alimento sano para toda la familia durante el largo invierno, sin conservantes ni colorantes, cuando no existía el supermercado-plástico al que acudir a diario.

Pañar –o apañar, como decimos en El Bierzo– almendras, nueces y sobre todo erizos de castañas, era una tarea dura y penosa, como cavar o vendimiar, como todos los trabajos del campo, que sin embargo recuerdo tan gozosos y tan sanos. Íbamos con la tía Ángeles, Madrina, a vendimiar la Viña Grande y a las nueve de la mañana nos animaba diciendo: «Hala, que ya estamos acabando…», y aquellos vallados no acababan nunca. Éramos cinco niños y tres adultos, contando a la tía Teresa, la más rápida y la más sufrida, que vendimiaba a la pata coja.

Cuando tocaban los almendros, en la ladera del camino a Ozuela, mi madre juntaba una cuadrilla de jornaleros infantiles digna de Los santos inocentes, incluyendo al huevero y a Pepe Blanco, que aportaba la burra para el transporte de los sacos al final de la tarde, en las cansadas angarillas. Todo a pulso y sudor, y procurando no mezclar en el cestillo las almendras dulces, para hacer los almendrados de San Jorge, con las almendras amargas de aquel árbol rebelde, distinto, «el de la cáscara amarga», como don Paco, que florecía también cada primavera como un tesoro de la biodiversidad, sin renunciar a sus raíces y a sus propiedades medicinales.

Este lunes desapacible, en el que andarán todos echándose en cara los resultados electorales del 28A, solo quiero tender mi esperanza en la ladera soleada de Rimor, a la vera del camino que va a Ozuela, a contemplar el cielo al lado de aquel pastorcillo de nueve años, bajo los almendros en flor. ¡Arriba las ramas!
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