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Los alicates

Los alicates

OPINIóN IR

21/12/2020 A A
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Los alicates
Cruzaba un avión el cielo y le decían, retándolo, los paisanos a Juan Pijón: ¿A que no haces tú uno como ese? Y el que cajoneaba la provincia estañando las sartenes, los cazos y las cazuelas, y desentorpecía los paraguas averiados, respondía: ¿Que no? Porque no traigo los alicates… Los alicates, es decir, el asunto, el cogollo, la cuestión, como a los toreros el toro bravo. Como a los ingleses el Brexit. Como a nosotros la autonomía.

Estos días la prensa se hace eco de un suceso que merecería pasar a los anales de la literatura y de la historia. Se trata de la más alta poesía, si entendemos por este arte el llegar al ápice del alma como proponía Antonio G. de Lama. Del más apabullante relato, de la más brutal reflexión, en la que se encierra todo un drama universal de nuestro tiempo. Un muchacho de 14 años, nigeriano, llega Las Palmas desde Lagos en la plataforma del timón de un enorme barco, el Ocean Princes I, después de 15 días de navegación, sin comer ni beber nada más que agua del mar, y acompañado por otros tres adultos en un espacio en el que solo uno de ellos podía tumbarse, por turnos. Llora y grita porque los otros quieren arrojarle al agua.

Exhausto, y ya en el hospital, y preguntado el muchacho si estaba triste ha declarado lo que pensaba: «La tristeza no era parte del plan». Y ahora juzguen ustedes y piensen si alguno de los jóvenes que conocen sería capaz de saltar la playa para responder de esa manera. Su determinación de huir de la miseria y buscar un futuro en la Europa del bienestar ocurrió cuando, junto con su amigo Mike, se encontraba en una calle del suburbio marítimo de Lagos, atropando basura, y pasan a su lado tres hombres que van, en voz alta, urdiendo el plan de fuga en un gran barco anclado en el puerto. A ellos sigue sin decirles nada. A su amigo le asegura: «Si muero, moriré yendo a Europa». A esa misma hora, Boris Johnson en nombre del reino Unido y Úrsula Vonderleyen, presidenta de la Comisión Europea, negociaban la salida de los británicos de esa Europa en la que, al parecer, se encuentran tan a disgusto que no ven la hora de marcharse.

En la pala del timón (dos metros cuadrados) se iban turnando durante los cuatro héroes fugitivos de la miseria, para tumbarse, hambrientos y desesperados, amenazando al intruso con tirarle al agua. ¿Serían ustedes capaces de cambiar este mundo? Ni trayendo los alicates. Si muero, moriré huyendo a donde nadie quiere ir.
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