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Lorenzo Silva, ‘Castellano’

Lorenzo Silva, ‘Castellano’

TRIBUNA DE OPINIóN IR

Pablo Huerga Melcón | 19/10/2021 A A
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Lorenzo Silva, ‘Castellano’
El escritor, Lorenzo Silva, autor de novelas de éxito merecido, creador de personajes literarios paradigmáticos como Bevilaqua y Chamorro, dignificador de la moderna Guardia Civil, ha publicado este año 2021, en la editorial Destino de Barcelona, el interesante libro, ‘Castellano’, una novela que muchos han considerado, con razón, un ensayo histórico e incluso autobiográfico. «La nueva novela de Lorenzo Silva. 1521. La revuelta de los comuneros contra Carlos V. Un sueño de orgullo y libertad que marcó la identidad española».

Este libro, fraguado en el contexto de la pandemia, trata la cuestión de la legitimidad del poder, muy desarrollada en la España del siglo XVI y, por supuesto, la propia historia de la guerra de los comuneros, con sus lugares, figuras y hechos. Pero lo que me suscita particular interés es la cuestión de la identidad que pone nuestro admirado autor en primer plano.

En su parte autobiográfica, hablando de su vida en un cuartel de la guardia civil, del 23 F, de la ETA, de todo lo que marcó a nuestra quinta (yo nací un día después que él), Lorenzo Silva confiesa que se siente aquejado por un «déficit de identidad», argumento que le permite conferir al relato el carácter de una búsqueda: «de cómo alguien que nunca tuvo noción de ser nada, en términos de adscripción colectiva, acaba sintiendo y sintiéndose algo».

Ni en Cataluña, Madrid o Andalucía, regiones por donde transita su biografía, encuentra el autor el molde donde encajar ese ser interior que no logra identificar: «No logré nunca sentir que era uno de ellos». Con respecto a los andaluces llega a decir: «ni su habla, ni su carácter espontáneo»; «nunca fui capaz de engañarme y de decirme: soy andaluz». «Lo que yo fuera –dice– era otra cosa, desdibujada y tal vez sin nombre».

El sentimiento de identidad se plantea como una suerte de adecuación entre una naturaleza previa propia de cada uno y una realidad tal vez geográfica, o cultural objetiva, que acaso pudiera ser intuida en los rasgos de carácter que ostentan los ‘originarios’ de esas tierras. Por eso propone como primer atisbo de lo que él es la anécdota de aquel viejo castellano en el que pudo adivinar los típicos rasgos de carácter de la ‘esencia’ castellana: laconismo, seca actitud, austeridad. Finalmente, una revelación provocada por el circunstancial encuentro con la adaptación musical que el Nuevo Mester de Juglaría hizo del precioso poema épico, ‘Los comuneros’, del insigne poeta leonés Luis López Álvarez, le permitió concluir con contundencia: «castellano nací, y castellano he de morirme».

Podría resultar paradójico que, siendo Lorenzo Silva español, no se haya sentido «adscrito colectivamente» a nada hasta la llegada de esta ‘epifanía’. ¿Acaso España no puede suscitar esa identidad colectiva? Y, por otra parte, ¿qué puede añadir el hecho de reconocerse como castellano, a su condición de español?

Se diría que Lorenzo Silva distingue entre esa adscripción colectiva, la nación biológica o étnica, como argumento para una identidad isológica y distributiva, y la nación política, aquella en la que nos identificamos como españoles, precisamente porque nos movemos en una escala sinalógica y atributiva en la que la separación entre nacidos y foráneos queda totalmente desdibujada, sobrepuesta a aquellas identidades biológicas.

Empezando por el descomunal desliz en el que viene a arraigar el primer golpe comunero, el enfrentamiento por el hecho de que el nuevo rey, nieto de los reyes católicos, se haya educado en el extranjero y se les considere, a él y a su corte, extranjeros. Precisamente esa reacción xenófoba indica que lo que se estaba fraguando en España era una entidad política donde no sólo «no se pondría el sol», sino donde nadie pudiera ser considerado como extranjero. En la España actual vivimos la misma reacción xenófoba cuando gobiernos autonómicos multan a los comerciantes que rotulan en español, exigen a los funcionarios antes la lengua cooficial que la eficacia profesional, o condenan en la exclusión social a los castellanoparlantes.

Como pone de manifiesto Lorenzo Silva en su libro, ese modo de ser que renuncia a identidades étnicas, lejos de ser la negación de la madre patria, es la forma precisa del patriotismo político entendido en un sentido racionalista. Me pregunto si habrá mayor expresión de racionalismo político que aquella ironía de Cánovas, cuando se redactaba la constitución de 1876: «Pongan que son españoles los que no pueden ser otra cosa». Ese modo de estar en el mundo que consiste en renunciar a la raza, a la genética, al sexo, a la religión, y más aún al género, como modo de ser, como identidad, frente a la pretensión reaccionaria de legitimar la nación política sobre la nación étnica o biológica, que aflora conspicua en los nacionalismos secesionistas. Como dice Bevilaqua desde Afganistán: «En realidad, me temo que soy español, y para más oprobio, en estos tiempos, madrileño y de ascendencia castellana. Es decir, eso que le queda como identidad a quien no puede ser otra cosa».

Por eso es tan necesario un sistema educativo público nacional, fortalecido y amparado por el racionalismo crítico de las ciencias –las humanas y las naturales, se entiende–, pues es ahí donde se conforman las identidades, como ciudadanos, de quienes quiera que se integren en nuestra sociedad, desarraigándolos, emancipándolos de sus contextos particulares, sacando lo mejor de cada uno para beneficio de toda la sociedad, como diría Jovellanos.

Que los frutos del sistema educativo vivifiquen, oxigenen y renueven constante y prudentemente, todo el cuerpo de la nación política, frente a los obstáculos que interponen las comunidades autónomas, que aprovechan la fuerza que les proporciona el Estado para condenar a algunas de nuestras autonomías a la perniciosa división entre los ‘nacidos’ y los foráneos, y a la consecuente deslegitimación interesada de los bienes y servicios públicos.

Lorenzo Silva pone de manifiesto que la derrota de los comuneros no fue el fin de Castilla sino su transformación en algo más grande, universal e irrevocable. Aquello que hizo que todos esos aspectos diferenciales de lo castellano se incorporaran más allá de sus límites étnicos, a la historia universal, en el idioma de Cervantes. De manera que más que un lamento, la guerra de los comuneros supone una transformación histórica de la que no cabe lamentarse, sino sacar conclusiones aplicables a todo ese pueblo cuyos vientos honró Miguel Hernández.
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