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Loles, la silla vacía y 'el patrón'

Loles, la silla vacía y 'el patrón'

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Aurelio Pérez, Loles, falleció este martes . Ampliar imagen Aurelio Pérez, Loles, falleció este martes .
Fulgencio Fernández | 08/12/2019 A A
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Loles, la silla vacía y 'el patrón'
Obituario Fallece a los 79 años Aurelio Pérez, un conocido vecino pues tuvo muchos años un bar familiar y un taxi y fue chófer del camión de la leche
Cuando Marga la de Las Nieves dio la noticia en su facebook de la muerte de Loles escribió «Otra silla vacía». Acierto pleno en la expresión. Se podrán sentar otros en ella, pero no será Loles, era la suya a la hora de la partida y se le respetaba. Porque se respetaba a Loles, Aurelio Pérez, que falleció el martes a los 79 años.

Tuvo su silla en el bar de Isidoro, en la mesa del medio, mirando para la ventana. Pero cerró el bar. Tuvo su silla en La Venta de Getino, al lado del radiador. Tuvo su silla en la galería de Las Nieves, la del fondo del todo... pero falleció, el martes, y quedan vacías. Porque nadie es como él. Nadie juega como lo hacía él. Nadie riñe como reñía él, sin ofender, con ironía: «Yo oros, tú copas», le repetía a Tinín.

Tanto es así que cuando en verano regresó de su ingreso en el hospital y no reñía a los compañeros, Jaimito ya aventuró: «Se jodió Loles». Cuando dejó de acercarse cada día hasta el Ezequiel, a ver a los amigos, a Julio el panadero... muchos aventuraron, «se jodió Loles)». Y el tiempo no tardó en darles la razón, fue el martes, después de no poder ya más en una dura batalla. Y quedaron vacías las sillas que Roberto y otros llamaban del «patrón», porque Loles siempre fue patrón en el sentido familiar. Su mayor obsesión siempre fue su larga familia, mantenerla unida, reunirla en las fiestas de Santiago, la matanza... era feliz viendo a 50 parientes comiendo juntos, en su casa.

Pero éstas sólo son las anécdotas finales, de jubilado. Hasta ellas está la biografía de un trabajador infatigable, a imagen de su padre —El Cepedano— de quien heredó el nombre, el apodo, el gusto por jugar a las cartas y la capacidad de trabajo. Les venía el apodo de que su padre, Aurelio, fue el pionero de una curiosa emigración interior en los años 40 y 50, de La Cepeda a la cabecera del Torío. Loles llegó siendo un niño, pero ya había nacido en San Feliz de las Lavanderas, tierra con la que jamás rompió los vínculos, acudiendo a ver a la familia y, por supuesto, sentándolos a su mesas en las celebraciones.

Aquella gente venían de caseros, a trabajar una hacienda ajena. Se ganaron el respeto siendo unos trabajadores enormes. Y Loles lo fue. Con el ganado y mucho más, trabajando en obras, en la carretera, segando, como taxista, como chófer del camión de la leche de su amigo Pepín, y con el bar de Reyero, que llevó la familia. Bien es cierto que el bar lo trabajaron Mayte, su hija, y Tere, su viuda (¿cómo olvidar aquellas partidas de dados en el mostrador con Fonso, la mejor muñeca de Europa?).

No se entraba en la iglesia. Muchos le querían decir adiós a este enorme y buen paisano que deja una silla vacía en muchos sitios pues no se puede ocupar su lugar. Ya no pudo más en una batalla que se convirtió en muy cruel para él y se fue. Seguramente estará con Amador el del Ezequiel, cuya marcha tanto le dolió.
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