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Lobos grises

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Lobo ibérico. | ICAL Ampliar imagen Lobo ibérico. | ICAL
Víctor Ruisánchez Ossorio | 15/07/2019 A A
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Lobos grises
Literatura Con una prosa limpia y buen tono narrativo, el autor compone esta historia sobrecogedora, que nos mantiene en vilo desde el inicio hasta el final
El pueblo de Praolongo era pobre y ganadero. Entre las diez casas que lo formaban, de piedra y pizarra, la más humilde era la de Rafaelón el de la Collada. Tras vender una vaca y un ternero días antes en el mercado de ganado mensual que se celebraba en Villar del Agua, capital del concejo del mismo nombre, Rafaelón el de la Collada quiso que Gelín recibiera su primer regalo en doce años, su primer y único regalo hasta la fecha.

La alegría de la venta hizo que Rafaelón quisiera recompensar a su hijo, porque, tras la muerte de Antón, por una gripe que acabó con sus inocentes dos años de edad, Gelín era su única esperanza de que aquella casa de piedra y pizarra oxidada siguiera en pie.

– ¡Gelín! Mañana, después de que suba las vacas a los ‘pasteiros’ de Ferrolloso, voy a darte una sorpresa, un regalo que yo creo que jamás olvidarás.

Gelín, que almorzaba un trozo de pan viejo untado con manteca y azúcar mientras mojaba la garganta con leche recién ordeñada, casi se atragantó al sentir la voz tan sonriente de su padre, a la que no estaba habituado.

– Pero padre, ¿a qué viene esto, oh? Si no es mi cumpleaños y además siempre les oigo decir que en esta casa andamos ‘asniaos’ y no tenemos ni para zapatos de buena talla.

La sonrisa, que se le dibujó a Gelín con los ojos abiertos de par en par mientras respondía a su padre, hizo que Rafaelón aún se sintiera más emocionado por dar recompensa a su hijo.

– Ya lo tengo hablado con tu madre. Siempre has ayudado mucho en esta casa y siempre has estado ahí cuando se te ha necesitado. Y cuando he faltado por viaje, has sido el hombre de la casa con todas las letras. Y sé, por lo que me ha dicho el maestro Don Felipe, que en la escuela te esfuerzas como el que más.

– No sé qué decir padre, nunca recibí un regalo y ahora mismo me tiemblan las piernas.

– No te preocupes, Gelín, no digas nada, sólo que sepas que tu madre y yo estamos muy orgullosos de ti, y aunque no tenemos ni para sal, la venta el otro día de la Rubia y la ‘magüeta’ da bastante para el regalo que queremos hacerte. Y para guardar un poco, que ya sabes que está viniendo todo muy turbio desde que acabó la guerra y no se sabe lo que pasará aquí. Pero hasta mañana, que baje del alto de Ferrolloso a la hora de almorzar, no podré dártelo, así que ten paciencia y estate tranquilo.

Imposible para Gelín estar tranquilo y paciente después de la noticia recibida por parte su padre. ¡Un regalo! Que ya sólo la palabra no la había oído en doce años. Terminó el pan sin saborearlo. Y con la ayuda de la mala leche que gastaba su madre, porque el apetito se le había borrado por completo, no podía pensar en otra cosa que no fuera la llegada de su padre desde Ferrolloso al día siguiente.

– ¿Y qué querrá regalarme mi padre? ¡Madre! ¿De qué trata el regalo?

– No te preocupes ya más por lo del regalo, y ‘vai a pañar’ un cesto de ‘garabielos pra aconchegar a cacheira’, que esta noche, por las nubes que se presentan, va a llover hasta dentro de nuestras uñas.

La noche apareció como la había anunciado la madre. El agua cubría cada piedra de la casa y el viento golpeaba las losas de pizarra que aguantaban el tipo elásticamente ante la tempestad feroz que aullaba ante la invisible luna. Pero eso no era lo que impedía a Gelín dormir. Era una de las muchas noches otoñales que se daban en Praolongo, y para Gelín, acostumbrado a la lluvia golpeando la ventana de su cuarto, era otra noche más. Lo que perturbó su sueño fue que el padre le había prometido un obsequio. Y eso lo mantenía en vilo. El crujir del heno, a resultas de los movimientos del cuerpo de Gelín, con tantas vueltas que diera en la cama, superaron en ruido al incesante aleteo de las losas del tejado. Sin embargo, poco antes de la medianoche el pequeño ya se había dormido. Y la sonrisa que le acompañaba dejaba a las claras que soñaba con su futuro regalo.

Amaneció entre nieblas regaladas por la intensa lluvia nocturna y el silencio se había apoderado de la vieja casa. Rafaelón ya había marchado con el ganado hacía rato, entre las lindes de la noche y el día.

Gelín, recién despertado y con los ojos casi cerrados aún, se dispuso a salir de la casa corriendo, hasta que su madre lo frenó en la puerta.

– ¿Dónde vas tan loco, Gelín?

– Perdone, madre, no puedo con la sorpresa que me tiene padre. Pasé media noche desvelado y no aguanto más.

– Hasta que no bebas la leche, que te dejé en la escudilla y que recién acabo de ordeñar, no sales por la puerta, ‘munín’. ¡Con lo que nos cuesta tener algo que llevarnos a la boca en esta casa, cómo para andar con tonterías! ¡Vas llevar un ‘mosquilón’!

La garganta de Gelín se abrió como una bocamina y tragó la leche casi sin que tocara sus labios. Directa del cuenco de madera al estómago.

– Vete, hijo, pero anda al tanto. El día no acompaña y a primera hora de la mañana ‘oyéronse’ tiros arriba ‘nel’ monte.

– No se preocupe por mí, madre. Serían los cazadores. Estos días se comentaba que vieran lobos, y andarían a llevarlos hasta ‘El pozu los llobos’.

– No sé, hijo mío. Pero no podría ni tendría fuerzas para un disgusto más después de lo de tu hermano Antón. Y ya sabes cómo está todo desde que terminó la guerra.

– Me voy para Ferrolloso ya, no se preocupe por mí, madre. Padre seguro que ya dejó el ‘ganao’ y ya no aguanto más sin ver el regalo.

Gelín nunca había corrido tanto como ese instante en que había cogido el camino que llevaba hacia el alto de Ferrolloso. Aquellas piernas menudas de doce años agitaban su pantalón corto sin darle tiempo a empaparse de la humedad de la espesa niebla. Solo se frenó en el instante en que tres disparos resonaron en el valle como si de la aparición de la tormenta se tratara. Pero, en cuanto el eco de la metralla se dispersó, sus piernas se encendieron de nuevo camino arriba. Las ganas de ver a su padre, regalo en mano, hicieron de aquel monte una llanura para Gelín. En cuanto pudo, se escondió entre los árboles para coger el ‘Carrerín de la Raposa’ sin perder ritmo, pudiendo atajar hasta que llegó finalmente al alto de Ferrolloso, donde su familia dejaba el ganado desde tiempos inmemoriales.

"¡Padre! ¡Padre! ¿Dónde está padre? ¡Padre! ¡Padre! ¡Soy Gelín! ¿Me oye? ¡Padre! ¡Padre!".

Pero la única respuesta que recibió era el sonido de los cencerros de las vacas y el silbido del viento que siempre estaba presente allí arriba.
"¡Padre! ¡Padre! ¡Soy Gelín! ¡Padre!", insistió casi con desesperación.

Recorrió la campa entera, todo estaba en orden, las vacas paciendo con normalidad, pero le parecía imposible no recibir respuesta de su padre. Entonces, decidió emprender el camino de vuelta tan rápido como se lo permitían sus piernas. Pensó que tal vez él y su padre se habrían cruzado de no haber cogido el atajo, y quizá todavía le daría tiempo a alcanzar a su padre antes de llegar a Praolongo.

Pero, cuando pasó por delante de la fuente del Castañón, muy cercana al alto, una imagen borrosa entre la niebla hizo ralentizar los pasos de Gelín. A medida que se acercaba fue vislumbrando un cuerpo tirado a la orilla del camino y, a su lado, lo que parecía una bicicleta destrozada. Un escalofrío repentino recorrió su cuerpo mientras la humedad de la niebla hacía su aparición en su ropa y en su piel. En ese instante, Gelín retrocedió unos pasos para atrás, mientras miraba hacia los lados, casi mudo de miedo.

"¿Hay alguien? ¿Está usted bien?".

La niebla lo silenciaba todo. Sólo el murmullo de un reguero, paralelo al camino, interrumpía aquella situación desesperada. El pánico abrazó con fuerza a Gelín. A escasos pasos de aquel hombre y de aquella bicicleta encontró colgada de las zarzas la vieja boina de su padre. La cogió y la oprimió con fuerza con sus manos contra el pecho. Aquella boina, que ya había sido de su abuelo, era inconfundible para él. Sus piernas le obligaron a arrodillarse de golpe a la vera del cuerpo. Sin saber cómo, sus brazos hicieron girar el cadáver hasta que su rostro y el de su padre, desencajado y con la frente reventada, se quedaron frente a frente.

Rafaelón, con la bicicleta que esperaba regalarle a su hijo Gelín, bajando del Alto de Ferrolloso, había sido sorprendido por una pareja de la Guardia Civil, que, al confundirlo con un fugado del monte en busca y captura desde hacía días, después de darle el alto y no recibir respuesta alguna, le dispararon tres tiros por la espalda, uno de ellos atravesándole la cabeza. Después de comprobar que no se trataba del buscado, dejaron el cuerpo allí tirado para seguir con su cacería.
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