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Llorar en la sopa

Llorar en la sopa

OPINIóN IR

14/12/2018 A A
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Llorar en la sopa
Bueno, ¿y detrás qué comemos? La luz de la luna perfora la noche. Se amontona el silencio. La tristeza a pilas.

Tal escena ha sucedido y sucede demasiado a menudo en numerosos hogares. No importa el país, ni el continente. La escasez, la pobreza, la necesidad siempre es dura, cruel, pero llegadas las navidades, que ya están ahí a la vuelta de la esquina, hieren más, taladran más los sueños, el corazón. Las navidades aquí y allí donde ocupan un lugar preeminente en el calendario. Las navidades aquí y allí, sí, sin embargo nada distinto ocurre en los sitios con creencias religiosas o no, o vividas de distinto modo.

Para todas aquellas personas, pues, que no puedan saciar ni su hambre ni su sed va dirigida esta columna nombrada amor como los veinte cuentos de la inmensa narradora y periodista Elena Poniatowska en su libro ‘Llorar en la sopa’ a quien la vida, como feliz regalo, me ha permitido conocerla en persona en España cuando le fue entregado el Premio Cervantes. Entonces escribí sobre ella. Ahora lo hago de nuevo. Bien lo merece esta defensora de los derechos humanos, máxime porque en la actual semana se ha conmemorado el Día Internacional de los Derechos Humanos. ¿Y cómo olvidar a tan principal abanderada? ¿Cómo apartar de nuestros ojos o decir adiós a su emblemático, corajudo, libro ‘La noche de Tlatelolco’? Es decir, los asesinatos cometidos el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de la gigantesca Ciudad de México de numerosos estudiantes, fundamentalmente, cuyo número sigue sin precisarse, a manos de militares obedeciendo órdenes del sanguinario presidente Gustavo Díaz Ordaz Bolaños y su secretario Luis Echevarría, su sucesor en la presidencia. Lo conoce muy bien el pueblo mexicano del que he hablado en otros momentos pero del que me temo que nunca manifesté que en la tierra del tequila sentí miedo, uno de los pocos países en que tal me ha sucedido. La verdad, estaba deseando abandonarlo. La sola lectura de los periódicos me ponía los pelos de punta. Un día sí y otro también los rotativos daban a conocer noticias del tipo de un profesor muerto por tiroteo cuando llegaba a la universidad en su moto, o el caso de aquella prostituta que se hallaba en coma en un hospital tras una paliza de no sabe quién, o nuevas mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez.

En verdad, sentí miedo en el país de ‘el centauro del norte’, o sea, de Pancho Villa. Tanto que me ha impedido disfrutar de su belleza paisajística, artística y humana, Recuerdo como en Ciudad de México caminaba a plena luz solar girando la cabeza en todas las direcciones. Hombre, también influyó el que un amigo acudió a gestionar un asunto y lo recibieron con pistola en mano.

Sí, confieso que he sentido miedo, mucho, en México. Larga vida a la ‘Poni’ y a todos cuantos siguen peleando por una democracia sana. Por supuesto, gracias igual a Carlos Fuentes y al Nobel Octavio Paz por haber dado en su día la cara por su pueblo temeroso, aterrorizado, maltratado, sin esperanza.
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