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Llegar a ministro

Llegar a ministro

OPINIóN IR

12/07/2021 A A
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Llegar a ministro
Cuando puse un pie por primera vez en la universidad, más allá de una simple visita para asistir a un evento o ver una exposición en época de colegio y de esto hace ahora diecisiete años, le aseguro que no tenía mucha idea de cómo funcionaba aquello pero lo que sí llevaba sabido de casa es que allí se iba a estudiar. Por otra parte, tampoco es una deducción tan complicada, digo yo.

Con esa lección aprendida, allí ya te van contando cosas como que si no apruebas al menos una asignatura, una de diez o doce materias durante todo el curso, que ya es complicado llegar a ese nivel, te echan de la carrera o que si en una serie de años no eres capaz de haber superado todos los créditos te vas para casa sin título. Cosas, al fin y al cabo, lógicas porque se entiende que a la universidad se va a aprovechar el tiempo y si no es así es mejor quedarse en casa.

Eso es la deducción lógica de quienes aún creemos en la cultura del esfuerzo y del trabajo y nos parece una aberración que se den títulos sin aprobar por obra y gracia del gobierno de turno. De la misma manera que nos parece una tomadura de pelo el nivel político, en general y con dignas pero muy escasas excepciones, de las instituciones públicas de abajo a arriba y de izquierda a derecha.

Me acuerdo muchas veces de una profesora de Primaria que cuando un alumno destacaba un poco siempre decía «este niño es muy listo, hace la carrera que quiera». Y si además de listo y trabajador, el chaval demostraba carisma y una personalidad impropia para su edad, la maestra apuntalaba sus augurios presintiendo que el muchacho «si seguía aprovechando el tiempo podría llegar a ministro, porque además es muy bueno».

Aquella maestra, de la vieja escuela nacional, estaba convencida de que para ser ministro había que ser inteligente, muy trabajador, tener carisma, bondad, personalidad y ganas de ocuparse por el bien común. De venir con la vida económicamente solucionada ella no decía nada, pero ya lo añado yo. Me acuerdo muchas veces de ella cuando se reparten carteras en La Moncloa y sobre todo al ver que es más fácil conseguir allí un cartapacio con el escudo de España que en un baratillo de marroquinería.
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