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Límites de la ficción

Límites de la ficción

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Un momento de la representación de la obra de Jean-François Prévand en el Auditorio de León. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Un momento de la representación de la obra de Jean-François Prévand en el Auditorio de León. | MAURICIO PEÑA
Emilio Geijo | 25/04/2019 A A
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Límites de la ficción
Teatro El catedrático de Filosofía Emilio Geijo cuestiona la caricatura inaceptable desde el punto de vista histórico del personaje de Rousseau en la obra de Prévand representada este miércoles en el Auditorio
Construir una pieza teatral con y sobre personajes históricos conlleva para el dramaturgo el difícil problema de combinar la ficción justa, que haga verosímil la trama, con la máxima fidelidad a los personajes que entran en el juego escénico de esa pieza. Es un problema de envergadura pues todo personaje teatral se desenvuelve en un contexto en el que se define no por lo que dice sino por lo que hace. Así pues, la fidelidad al personaje histórico implica también fidelidad al contexto en el que el autor pretende situar la trama y, por lo tanto, los márgenes que el autor tiene para la ficción, si quiere ser honesto, son muy concretos: no puede inventar pero tampoco puede omitir, pues con omisiones deliberadas, el espectador es incitado a desconfiar, despreciar y excluir. Hablo de ‘Voltaire/Rousseau. La disputa’, una pieza representada ayer en el Auditorio de León con innegable buena acogida por el público, un espectáculo entretenido, construido con los materiales preciosos de numerosos textos (utilizados en el diálogo) de dos personajes relevantes de la Ilustración, sus diferentes y singulares vidas y, a efectos teatrales, su conocida hostilidad: Un Voltaire sobrado de ingenio verbal, escritor prolífico y protector de la cultura, adalid de la tolerancia y benefactor social se defiende con continuos sarcasmos de un Rousseau contradictorio, mezquino y llorica que se cuela con nocturnidad en su casa-palacio para verificar su ruin sospecha de que ha sido él (Voltaire) el autor de un duro libelo que le difama en su propia patria, en Ginebra. Son personajes, en principio, de mucho fuste, revestidos con filosofía de trazo grueso, pero utilizados para un divertimento que el público premia no sabemos muy bien si por la excelente interpretación de J.M. Flotats y Pere Ponce o por los ocurrentes y chispeantes diálogos construidos para ese fin, para divertir y aligerar la prenoción que los espectadores puedan tener de Voltaire y de Rousseau. Seguramente por una mezcla de ambas cosas.

Sin embargo, al término de esta función, cualquier espectador se preguntará cómo es posible que Rousseau, que ese Rousseau que acaba de ver, inconsistente, ridículo y charlatán sea el autor de una obra que se estudia en el bachillerato y en las facultades de, Filosofía, Derecho, Educación, Historia, Ciencias Políticas, Sociología, Economía… y sea también conocido por sus aportaciones a la Música, la Etnología, la Lingüística y la Botánica. ¿Cómo es posible que ese saltimbanqui incoherente, vestido de modo estrafalario, enmudecido cuando Voltaire le argumenta una y otra vez ‘ad hominem’ (el más débil de los argumentos) tenga un lugar relevante en la historia? Me temo que la respuesta es que ese Rousseau de la función no puede corresponderse con el Rousseau que existió sino que es un Rousseau pergeñado por el autor a la medida de un pasatiempo escénico pues, según J.F. Prévand, autor de la obra, él se considera, ante todo, actor. Pues bien, ese reduccionismo no es honesto.

La obra parte de la ficción de un hecho que nunca tuvo lugar, el encuentro entre los dos, y en un momento temporal en el que Rousseau, con cincuenta y dos años (diciembre de 1764 es la fecha de publicación del libelo en cuestión, ‘Sentimiento de los ciudadanos’) no era ningún saltimbanqui sino un escritor de amplio espectro, profundo, documentado autor de obras muy influyentes en campos diversos y dotado con una poderosa capacidad dialéctica que le había permitido ser colaborador y, en ocasiones, antítesis de lo más granado del grupo enciclopedista: d’Alembert, Gimm, Diderot, d’Holbach y, por supuesto, Voltaire. Según el supuesto de la obra, la fingida entrevista habría tenido lugar en el periodo de descontento social en Ginebra donde se estaban produciendo disturbios de un grupo social numeroso (los nativos) contra el pequeño número de los dirigentes (los patricios). Estos acusaron a Rousseau de ser el instigador de las revueltas con su ‘Contrato Social’ (1762) y sus ‘Cartas escritas de la Montaña’ (1764) donde criticaba la rigidez de los estamentos sociales en Ginebra. Por ello, los patricios estaban considerando levantar la prohibición del teatro, para aplacar la ira de las masas, y el sagaz empresario Voltaire, que les animaba con gran habilidad, vio una ocasión de oro para representar sus obras, promover la cultura y, de paso, aumentar su ya considerable riqueza. Pero, ay, Rousseau, que soñaba con una república perfecta para Ginebra, con su experiencia en el difícil mundo escénico y su discurso vigoroso (‘Carta a d’Alembert sobre los espectáculos’) se oponía a los deseos teatrales de Voltaire que podrían corromper su patria.

Estos son, en grandes trazos, los mimbres que condujeron a la redacción y difusión del panfleto que sirve de guía para la obra de Prévand. En ‘Sentimiento de los ciudadanos’ se acusaba a Rousseau de haber ridiculizado a los ginebrinos, de llamarles a la sublevación, de haber insultado a su religión y a sus pastores, de haber dejado morir a su suegra, de haber abandonado a sus cinco hijos y escribir después un libro de pedagogía y de llevar en su cuerpo la secuelas de su depravación. A estas acusaciones, Voltaire añade la incoherencia de escribir piezas teatrales en París y defender la prohibición de los espectáculos en Ginebra.

Nada que objetar a la elección del panfleto en cuestión como eje para la construcción de la obra. Pero sí es discutible el uso de esa elección, como es el caso, para amenguar la enorme talla intelectual de Rousseau, con todas las sombras que pueda haber en su pensamiento pedagógico y político. Es cierto que Rousseau, personalmente, no era un dechado de virtudes; está acreditada su ingratitud, sus hoy inadmisibles ideas sobre la mujer, su huida de la paternidad que tanto le torturó (¿Podría ser ‘El Emilio’ una forma de recuperar para sí la falta de esa paternidad no asumida?). Pero Prévand construye un Rousseau débil y torpe para el lucimiento de un Voltaire ingenioso y fuerte, un Rousseau ridículo (escenas del gorro armenio, de la incontinencia urinaria, del manojo de cardos) y depresivo (colocado en escenografía azul) frente a un Voltaire señorial y exultante (entre muebles de color rojo) que menosprecia con sarcasmos la afición del ginebrino por la Botánica cuando sus ‘Cartas elementales sobre la botánica’ son un modelo de descripción científica y una joya literaria. En fin, un Rousseau carente de la mínima dignidad para abandonar la casa al primer versallesco insulto de Voltaire.

Obsesionado por los golpes de efecto verbales de Voltaire, el autor olvida algo esencial: la obra carece de construcción dramática. ¿Hacia dónde avanza la acción? ¿Hacia dónde va el pretendido combate dialéctico? Los personajes concluyen sus «toma y daca» exactamente igual que empezaron, sin cambio ni transformación alguna, plano el uno en su suficiencia y plano el otro en su injusta insignificancia. La grandeza de Voltaire no necesita como antagonista el Rousseau de Prévand. Jean Jacques Rousseau merece otro personaje para que el público entienda por qué Francia acogió sus restos mortales en el Panteón de los Hombres Ilustres... y de las Mujeres Ilustres.
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