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Libros 'pop-up', tesoros del ayer

Libros 'pop-up', tesoros del ayer

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Toño Morala | 18/12/2017 A A
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Libros 'pop-up', tesoros del ayer
Cultura La infancia y los cuentos son inseparables en nuestra memoria, guardianes de los recuerdos más felices, con obras universales y unas artesanales e irrepetibles ediciones
Hoy volvemos a la infancia; algunos no deberíamos de haberla abandonado nunca; ser adulto es muy complicado, y en estos tiempos que corren, aún más. La memoria nos lleva a recordar a aquellas buenas abuelas y abuelos de antaño, que a pesar de las tragedias, el hambre y las necesidades, muchos, tuvieron siempre la sonrisa en los labios y, muchos pareciera que de mayores volvían a la infancia tranquila y serena de cuando eran niños, incluso, a muchos, aquella nostalgia les rodaba y rueda por las mejillas en forma de lágrimas blandas entre ojos pispos y llenos de larga vida, y sonreían cuando nos veían pasar las hojas de aquellos cuentos. Dicen que no es bueno ponerse a recordar aquellos años de infancia y adolescencia, también dicen que la nostalgia solo te lleva a un leve sufrimiento, o no tan leve, al recordar aquellas formas de vida tan pobre, pero tan dignas y tan llenas de sentido común en general. La inmensidad de aquella inocencia tan maravillosa, nos hacía entretenernos con cosas muy sutiles y simples; cualquier juguete fabricado con madera o aquella hojalata de las latas de aceite, cualquier libro… muchos no andaban por las casas; pero lo que sí se consumía algo más, entre otras cosinas, fueron los cuentos troquelados, algunos desplegables, pocos, pues había pocas perras para comprarlos…

Aquellos viejos cuentos de nuestra infancia… cuentos con aquellas formas que llamaban la atención de los niños lectores, y que muchos se intercambiaban en la calle o en aquellos quioscos donde también se cambiaban fotonovelas para las madres, novelas del oeste, tebeos y otras cosinas. No hay que dejar del todo la infancia, eso perjudica la salud, pero sobre todo, perjudica la memoria, los recuerdos, los sabores y olores, y cómo no, los colores maravillosos de aquellos magníficos cuentos troquelados y desplegables, que eran a la vez lectura y juguete, y muchos, también llevaban música en sus adentros y que al abrirlos, sonaba una bonita melodía. La imaginación de muchos autores de aquellos cuentos del ayer, era desbordante y llena de un trabajo muy imaginativo y muy cansado, pues la tecnología era muy rudimentaria y todo, o casi todo se hacía a mano, desde pintar y colorear, hasta hacer las planchas para imprimir, y no digamos los moldes para troquelar con aquellas troqueladoras mecánicas a pedal y fuerza de aire o hidráulico de aceite.

Los libros desplegables o “pop-up” son aquellos que contienen en sus páginas figuras tridimensionales en papel, pestañas, lengüetas, entre otros. Se conoce a este arte gráfico como ingeniería de papel, pues utiliza técnicas muy similares al origami. El objetivo de estas estructuras es crear efectos y mecanismos que le den movimiento y profundidad a las imágenes. La historia de estos bonitos libros, tiene un largo recorrido a través de algunos siglos… quién lo iba a pensar o decir. El primer libro de estas características se remonta a la Edad Media, a 1306. Se trataba de una obra de astrología. El filósofo y poeta mallorquín Ramón Llull usó por aquel entonces un volvelle o disco giratorio de papel para explicar una de sus teorías, una técnica bastante popular hasta el siglo XVI. Durante muchos años, en aquella época, los libros móviles se utilizaron en el ámbito científico y no fue hasta el siglo XVIII, con el nacimiento de la literatura infantil, cuando se enfocaron a los niños como medio de entretenimiento. El siglo XIX fue una época de esplendor para este tipo de libros, gracias a varias casas editoriales británicas y estadounidenses que rivalizaron en diseños y técnicas cada vez más exquisitas, destinados a ser regalos de lujo para niñas y niños de familias pudientes. Las crisis bélicas y económicas de las primeras décadas del siglo XX abarataron los precios, aunque no se dejaron de fabricar y perfeccionar, tanto en Europa como en Norteamérica.

Precisamente, parece que la denominación “pop-up” tuvo su origen en la editorial neoyorquina Blue Ribbon por aquel entonces. A partir de la década de los sesenta se perdió interés en ellos y hubo un bajón en la demanda, aunque desde los años noventa, gracias a creadores como Robert Sabuda, Matthew Reinhart, David A. Carter, Jan Pienkowski… los libros pop-up sedujeron de nuevo al público y se han convertido tanto en una de las variedades infantiles más solicitadas, como en material de interés para adultos por su valor artístico. Uno de los editores más famosos fue Robert Sayer, quien creó unos libros llamados Harlequinades, donde ilustraba historias infantiles en libros con solapas móviles; éstas contenían indicaciones sobre el orden que debían ser desplegadas sus páginas. En 1974, el ingeniero de papel Waldorf Hunt, creó la empresa Intervisual Communications Inc., y con ella revivió los pop-ups. Se emplearon a los ingenieros de papel más destacados, y mejoraron los materiales y los diseños. Uno de los libros más famosos es Haunted House, donde incluían diferentes mecanismos animados en cada página. Otro ingeniero importante es Ron van der Meer, un holandés que creó un libro en 3D llamado Monster Island, que permitía al lector desarrollar la historia conforme accionaba los mecanismos del libro. A partir de este momento, la calidad de los libros ha ido en aumento.

Los libros pop-up son ensamblados a mano para mantener la delicadeza y la complejidad de los mecanismos. Una vez que las hojas se imprimen, son troqueladas en manos de un ingeniero especializado. No es nada sencillo y requiere años de experiencia para lograr un libro de calidad y finos detalles. A veces pueden pasar dos años para ver un libro terminado. Existen diferentes tipos de libros pop-up: libros con solapas (elaborados con cartón rígido), con lengüetas (historia narrada cuando tiras una lengüeta de papel), túnel o peep-show (tipo acordeón), carrusel (tapas abiertas en 360º, logrando aspecto de estrella), tridimensional (salen figuras de diversos estilos de sus páginas), imágenes transformables (discos que disuelven o cambian una imagen), ruleta (con discos), imágenes combinadas (ilustraciones cortadas que tienen sentido al pasar la página) y libro escenario (parecido a un escenario teatral). Había, sin embargo, hueco también para cuestiones que en principio cuesta imaginar en este tipo de obra como la gramática o la retórica o la religión. Es muy curioso un libro de pecados, recoge 900, con sus castigos, y una lengüeta desplegable para apuntar el pecado a confesar. La aplicación al arte también ha sido importante, y es que les era de gran utilidad a los dibujantes para, por ejemplo, ver dos variantes de un cuadro. También fue de gran utilidad para los arquitectos.

Hay títulos fascinantes, y también clásicos. “El mundo de los piratas” y “La noche de los piratas”. Para los peques que adoran los piratas y el mundo del mar. Dinosaurios, ideal para los amantes de los dinosaurios, que podrán ver en tres dimensiones. “Los tres cerditos”, es toda una colección “Mini pops” de cuentos clásicos en formato pop up: “Caperucita Roja”, “Ricitos de oro”, “Cenicienta”… “Alicia en el país de las maravillas”, “Peter Pan”, otro clásico, también espectacular… ¡No crezcas, es una trampa! Cómo me gusta Peter Pan. El maravilloso mago de Oz, seguimos con los clásicos… “La Pequeña Oruga Glotona”, “Don Caballito De Mar” desplegable, una historia que también gustará a los padres. Papá, por favor, Consígueme La Luna. No es exactamente un cuento pop up tridimensional, pero sí tiene páginas que se despliegan y es muy dinámico… Y es que, ¿para qué queremos un libro si lo guardamos en la estantería como oro en paño y no lo podemos trastear? Los desplegables o los libros con ventanitas son para jugar con ellos, por mucho que a los mayores nos parezcan una maravilla y nos de pena que se les doblen las puntas. Es más, si partimos de la base de que los libros tienen una función muy clara con respecto a los niños que es la de entretenerles y divertirles, casi cualquier libro es para jugar. “El pirata garrapata”, de Juan Muñoz Martín… “Garrapata era un hombre feroz y barrigudo que tenía una pata de palo y un garfio de acero en vez de mano. Era el terror de Londres. Tenía la nariz gorda y colorada como una berenjena y la cara picada de viruelas. Le faltaba media oreja y llevaba un parche negro para taparse un ojo de cristal. Por lo demás, no era demasiado feo”.
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