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Libre te quiero

EL BIERZOIR

Mapa de la última ruta del 'Gran Sil' Ampliar imagen Mapa de la última ruta del 'Gran Sil'
Alfonso Fernández Manso(Texto)/ Óscar F. Manso (Cartografía)/ Isidro Canóniga (Fotografía) | 12/09/2017 A A
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Libre te quiero
Gran Sil, viaje a los tesoros del noroeste (VI) Nuestra última etapa del descenso del 'Gran Sil' es una oda la libertad . Libre de pantanos, el último tramo del río aloja una vida, cultura y belleza singulares
El viajero ha dejado atrás el último muro del ‘Gran Sil’, el embalse de Friera. Durante más de 300 km las presas fragmentaban y oprimían este rio. Es el momento de recordar los impactos de las más de 40 presas en la cuenca, las tristes historias retenidas en el fondo de sus pantanos. Debajo de las aguas de los embalses del ‘Gran Sil’ yacen decenas de aldeas idílicas, el agua se llevó las gentes siguiendo el camino hacia las ciudades que marcaban las torres eléctricas. Los pantanos acabaron con grandiosos ríos trucheros y salmoneros, viejos puentes y arboledas singulares.

El viajero, por fin, se siente libre como el río y escucha en su cabeza esa alegoría que escribió Agustín García Calvo: «libre te quiero como arroyo que brinca de peña en peña». Estos versos musicados por el «silense» Amancio Prada se han convertido en un himno contemporáneo a la libertad. Libre el río, libre se siente el viajero. El ‘Gran Sil’ tradicionalmente fue un río navegable hasta Tui. Aguas arriba el río se estrecha entre rocas y «pesqueiras». Las «pesqueiras» son muros de piedra construidos para la pesca de la lamprea, dirigen el pez contracorriente hasta la red propiciando su captura. La lamprea tiene una vida singular, nace en el río, migra al mar y vuelve unos tres años después, en edad madura para desovar.

En la actualidad se conservan unas cuatrocientas «pesqueiras» en activo entre Salvaterra y Crecente. Un buen sitio para observarlas es la localidad ribereña de Arbo. En este lugar comienza ‘La ruta de la lamprea’ un proyecto turístico que pretende dar a conocer el importante patrimonio que rodea a la lamprea y a su captura, desde las artes de pesca hasta los lugares de interés natural y cultural, como miradores, paseos, puentes o capillas, entre otros elementos patrimoniales.

Decía Reclus que «el río no es sólo para nosotros el más gracioso ornamento del paisaje es además para la vida material del hombre. La incesante batalla por la vida, que nos ha hecho enemigos del animal de los prados y del pájaro del cielo, excita también nuestros instintos contra los habitantes del río. Al ver la trucha resbalar rápida por la masa líquida como un rayo de luz, no nos contentamos con sólo admirar la forma prolongada de su cuerpo y la maravillosa rapidez de sus movimientos, sino que lamentamos también no poder coger al animal y tener el placer de comérnoslo.

Esta terrible boca poblada de dientes que se abre en medio de nuestra cara, nos hace parecidos al tigre, al tiburón y al cocodrilo. Nosotros, como estos animales, resultamos bestias feroces». Vida y muerte, libertad y opresión, bien y mal. El viaje del ‘Gran Sil’ está lleno de vivencias, de temas que llevan al viajero desde la superficie de su cuerpo río a lo más profundo de su alma. Por cierto, no hay mejor lugar en el planeta para vivenciar los misterios de la vida y la muerte que el extraño santuario de Santa Marta de Ribarteme en el Concello de As Neves.

El viajero descubrió allí que los devotos a Santa Marta mantienen viva una de las tradiciones más macabras y sorprendentes de la cultura del ‘Gran Sil’, una procesión de ataúdes abiertos en los que van aquellos a los que la Santa salvó de la guadaña. Los romeros que acompañan a los féretros recitan la copla «Virgen Santa Marta, santiña querida, que a la hora de la muerte nos volviste a la vida». Mientras tanto desde el campanario se tañen las campanas a muerto. El periódico inglés ‘The Guardian’ la calificó como una de las cinco fiestas tradicionales más singulares del mundo.

Sin haber asimilado del todo las escenas de las procesiones de ataúdes, el viajero continúa su itinerario siguiendo el curso del río hasta Tui, villa que fue una de las capitales de Galicia hasta 1833. El viajero siente como si estuviera transitando por la edad media mientras deambula por las calles de A Canicoba, Entrefornos, Rúa do Corpo Santo o el túnel de Encerradas, un pasadizo abovedado bajo el convento de las Clarisas. Por cierto, las monjas elaboran los gloriosos «pececitos», unos deliciosos dulces de almendra típicos de esta localidad. Tui tiene una gran catedral de estilo románico y gótico fortificada. Su puerta occidental merece la fama de ser una de las más bellas del gótico español.

En sus capiteles historiados pueden verse aves y felinos de gran realismo. Además de arte y el paisaje, el viajero se ha encontrado muy cerca de Tui, en Caldelas de Tui, un hito a la educación libre del estado español. La escuela libre de O Pelouro. Fundada por Juan Llauder y Teresa Ubeira en 1973, es una escuela centrada en el niño. Su modelo educativo conlleva una función escolar basada en la investigación-acción, ser y hacer, con-vivir y aprender. En un momento en el que la educación está tan cuestionada, O Pelouro es todo un ejemplo. Al visitar esta escuela en la cabeza del viajero resuenan las palabras que John Stuart Mill escribió en su ensayo On liberty: «El individuo debe ser libre para poder decidir a quién quiere rezar, si quiere rezar; a quién quiere amar, si quiere amar; a quién admirar, si quiere admirar; contra quién o qué luchar, si quiere luchar».

Nos acercamos al final del ‘Gran Sil’, a su desembocadura. El viajero se detendrá en el valle del último de sus ríos cuyo bello nombre es O Rosal. Como dice Otero Pedrallo, «O Rosal posee la belleza, suavidad y colorido de una rosa cuyos pétalos fueran los viñedos que maduran un vino excepcional por la rubia frescura de su sabor». En ese último valle los viñedos de la denominación de origen «Rias Baixas» se insertan en parajes de gran belleza, en una naturaleza favorecida por la suavidad del clima y la influencia marítima y fluvial. En estos vinos convive la nobleza del albariño con otras variedades de la zona, como la loureiro o la delicadeza del caíño blanco. Ramón Cabanillas lo expresó muy bien: «Albariño dulce y claro, mi amigo hechicero, te beberé cantando y te cantaré bebiendo». Por cierto, en O Rosal no hay que perderse la visita a los 36 molinos en línea de los conjuntos etnográficos del Folón y el Picón

.El viajero ha llegado finalmente a la desembocadura del ‘Gran Sil’, un gran humedal con diferentes ecosistemas que acogen multitud de aves acuáticas y terrestres dominado por el monte de Santa Trega. A media ladera se localizan los restos de los que fuera «el olimpo céltico» del ‘Gran Sil’: la citania de Santa Trega. El final del rio es apoteósico y en él se sintetiza la gran hermosura, la elevada cultura y la inconmensurable geografía que el viajero fue viviendo en su largo periplo desde la lejanas tierras de Babia.

Nadie mejor que Eliseo Reclus, cuyos textos han acompañado al viajero en este gran viaje para describir el encuentro del rio con el mar: «Llegado a estos parajes que fueron antes dominios del mar, el río, gradualmente contenido, se extiende cada vez más y se hace menos profundo. Por fin, se aproxima al mar, y sus aguas dulces, resbalando tranquilas, van a chocar contra las ondas espumosas de agua salada que se agitan con estruendo continuo». Este estruendo del mar evoca la multiplicidad de sonidos que el río compuso para acompañar al viajero. El río transportó hasta aquí el sonar de fuentes y ríos tan lejanos como Burbia, Cúa, Cabrera o Bibey.

El viajero se sentó en la última piedra del ‘Gran Sil’ y en su cabeza empezó a resonar la canción que otro «silense», José Ángel Rodríguez, compusiera en las orillas de este gran río: «Quiero escuchar el murmullo del río, ver como navegan las hojas de aliso, quiero sentir el musgo en mi piel, caminar por las piedras con pies desnudos. No quiero dejar de sonar, como río libre hacia el mar». ¡Libre te quiero río amigo! ¡Hasta siempre Gran Sil!
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