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León, quizás por fin

León, quizás por fin

OPINIóN IR

17/02/2020 A A
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León, quizás por fin
Las multitudinarias manifestaciones de ayer en esta provincia parecen indicar, por fin, que una mayoría de la gente empieza a despertar, a tomar conciencia de la situación, o a tomar cartas en el asunto. Digo la gente porque no creo que se pueda hacer nada sin ella. Ha de ser la presión popular la que obligue a cambiar las cosas, porque ya sabemos lo que pasa cuando nos sentamos a esperar a que suceda algo. Lo normal es que no suceda nada.

Las manifestaciones, ya digo, fueron importantes, eso es innegable, aunque ya veremos el eco que hoy tienen a nivel nacional. Cuando se aprobó en la capital la moción a favor de la autonomía leonesa, apoyada hasta ahora por un número creciente de ayuntamientos, sí que hubo un cierto reflejo mediático más allá de los límites provinciales, quizás porque tuvo un componente político (inesperado para algunos), y generó una cierta dosis de polémica.

No es que León se haya caracterizado históricamente por mucha protesta, más bien por todo lo contrario (creo que hace unos años, un estudio demostró que era una de las provincias que menos se quejaba), pero no duden que, a nada que se baje el nivel de insatisfacción colectiva, a nada que se silencie un poco el malestar general, volveremos de inmediato a las mismas: es decir, a la completa invisibilidad. Los que se sorprendieron ante el asunto de la moción (o más bien, ante una protesta con la que por lo visto no contaban) pasarán a echar rápidamente tierra sobre el asunto, se apresurarán a correr un tupido velo, a pasar página y, sí, a olvidarnos una vez más.

Ya empieza a atisbarse, sobre todo en las opiniones que se escuchan desde fuera, que la protesta leonesa es económica y nada más que económica. Se orillan otros aspectos, que a lo mejor no convienen, y se insiste en la necesidad de una nueva industrialización, en la alternativa a todo lo que se pierde con el cierre de la minería y de las térmicas, así como la sustitución de todo el tejido económico en decadencia. Evidentemente todo eso es muy cierto, y nadie va a poner en duda que León necesita un impulso extraordinario de carácter industrial y de carácter económico en general. Por supuesto. Pero no se trata solamente de eso. Aunque la situación económica sea un aspecto fundamental, la incomodidad que existe va mucho más lejos.

Aquí está en juego todo un modelo de futuro. Está en juego algo mucho más trascendente, con ser muy importante el desarrollo económico, desde luego. Lo que nos jugamos tiene que ver con el olvido sistemático al que hemos sido sometidos (toda la España interior, pero León muy especialmente), con la pérdida alarmante de población, con el envejecimiento en caída libre, y con la ausencia de una verdadera modernización estructural, una modernización que debería colocar a León en condiciones de competir por algunos liderazgos, en lugar de conformarnos con que venga alguien a parchear la situación, en lugar de conformarnos, como tantas veces, con ir tirando, o con algunas mejoras pasajeras para calmar los ánimos. Si es el momento de León, como se dice, tiene que serlo con todas las consecuencias.

Las manifestaciones de ayer tuvieron, es verdad, una fuerte presencia de reivindicaciones económicas, particularmente agrícolas (los agricultores están estos días en la calle en muchos lugares de Europa, y no sin razón), pero desde la política (y hay políticos locales implicados esta vez muy activamente en esta lucha) debe detectarse cuanto antes ese gran peligro al que aludíamos: el de limitar de alguna forma la naturaleza de las reivindicaciones de la gente, el de considerar que todo esto se refiere a un malestar puntual, que podría solucionarse con una inyección económica, y a otra cosa. No es eso, no es eso. O no es solamente eso, cuando menos.

Se trata, ya digo, de la primera gran expresión mayoritaria de esta provincia en mucho tiempo, como se demostró ayer con creces. Parece obvio que las calles piden un cambio profundo. La insatisfacción abarca muchos aspectos, de muy diferente pelaje, incluso va más allá de lo meramente material. Es una insatisfacción estructural, resultado, además, de la acumulación de muchas decepciones y sinsabores. Por eso no puede solucionarse con un parche momentáneo. La modernidad es un concepto poliédrico, complejo, y León necesita atarse a la modernidad, más allá de su ubicación geográfica o de su tejido poblacional. La modernización, particularmente del muy olvidado rural, es innegociable. Y es un tren (y bastante sabemos de trenes perdidos aquí) que puede tardar mucho tiempo en regresar: o ahora, o nunca.

La fuerza está siempre en la gente. Y esa fuerza parece que existe, y que se hace presente. No es poca cosa. No aprovecharla para la modernización de esta provincia, en todos los aspectos, sería un grave error de la clase política, que no creo que los ciudadanos pudiesen tolerar. Hemos hablado muchas veces de parálisis, de nuestro tradicional escepticismo acerca de nosotros mismos y de nuestras posibilidades, algo que nos ha hecho tanto daño históricamente. Tenemos nuestra parte de culpa en esta invisibilidad, está claro, pero el apoyo en las calles parece indicar por fin (y ya era hora) que estamos asistiendo a un cambio social, un cambio que denota que ya no hay bajada de brazos, ni conformismo, ni vacuo escepticismo.

Parece que hemos aprendido al fin que con todo eso no se gana nunca, porque se pierde siempre. Con la insistencia en la debilidad propia, con las dudas sobre nosotros mismos, no se va a ninguna parte. Creo que, por primera vez en mucho tiempo, el panorama social ha cambiado. La gente se ha hartado de verdad. Y ya nadie está dispuesto a componendas oportunistas, ni a aceptar paños calientes, ni soluciones apresuradas.

En fin, ya veremos qué pasa. Una decepción ahora sería mucho más que una simple decepción. Sería un mazazo del que quizás ya no podríamos recuperarnos. Un síntoma evidente de que no hemos conseguido transmitir (al menos hasta ahora) la naturaleza de este gran problema es lo que escuchamos desde Madrid, o desde fuera. Se escuchan barbaridades, como que esta provincia pretende el independentismo. No se describe bien lo que sucede, no sé si porque no se sabe, no se entiende o no se quiere. Tienes la sensación de que llevamos décadas viviendo en otro planeta. Quizás para algunos somos extraterrestres y, oh sorpresa, nos acaban de descubrir. Siempre hemos estado ahí, claro, pero quizás no nos tomábamos en serio, o no nos percatábamos de que ya éramos invisibles, o de que habían dejado de mirarnos, encantados con nuestro silencio y con nuestro conformismo.
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