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La vida debería ser otra cosa

La vida debería ser otra cosa

OPINIóN IR

29/03/2021 A A
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La vida debería ser otra cosa
Aunque desde el punto de vista mediático la política parece cada vez más un entretenimiento, destilando grandes dosis de morbo a su paso, no hay duda de que tenemos que agarrarnos a ella, pues el ser humano es, desde Aristóteles, un ser fundamentalmente político, y no podemos abdicar de la necesidad de los acuerdos, de la búsqueda de los consensos, del entendimiento, en suma, para que podamos alcanzar un poco de felicidad.

La pregunta es si, con la marcha de la política, estamos en condiciones de confiar en ella, de esperar de ella una interpretación inteligente y abierta de lo que nos sucede. La misión de los políticos es hacer que los ciudadanos vivan de la mejor manera posible. Lo importante es la libertad y la alegría, porque sin ellas la vida no tiene sentido. Pero también es necesario que exista una decidida voluntad de progreso. Y que cualquier acción política venga acompañada de esos ingredientes imprescindibles que se les suponen a las sociedades modernas: la igualdad, la justicia, la generosidad y la compasión.

Digo esto porque, a pesar de que se nos llena la boca con grandes palabras sobre la modernidad, cada día asistimos a más representaciones de la lucha política en el barro, a la descalificación, al insulto y al vértigo. No sólo eso. La política tiende a convertirse en su propio objeto de deseo, se regodea en su propia lucha intestina, en las batallitas locales, y en este plan. Puede que eso resulte muy efectivo mediáticamente, como cualquier debate morboso de los muchos que nos ofrecen como cebo, pero no produce beneficios para los ciudadanos.

Este es un tiempo marcado por la simpleza y el agravio permanente. Cuando se contemple y se analice, dentro de muchos años, es probable que produzca sonrojo o estupor, aunque hoy, con poca perspectiva, muchos no se den cuenta de ello. Y si se dan cuenta, fingen que no es así. Es triste que estemos envueltos en una sociedad cada vez más pueril, en la que se juega con unas pocas ideas que se nos venden como pura doctrina, como puros dogmas. No hemos llegado hasta aquí para esto. No existe una tradición de pensamiento complejo para caer en estas banalidades, en estos ejercicios de simplificación. En este diario reparto de ruedas de molino.

Y es muy posible que la acción política, a la vista está, se encuentre gravemente afectada por esta forma de mirar el mundo. Siempre digo que los ciudadanos, en general, dan muestra de grandes dosis de paciencia, resisten más de lo que parece razonable (hoy se nos dice que hay que resistir a toda costa, cuando la vida, que es muy corta, debería ser otra cosa). A los ciudadanos se le pide mucho. O mejor, se les pide todo, a veces sin demasiada consideración. Creo que se nos está educando, si no estamos educados ya, en una cultura de la perpetua ofensa, del miedo irrefrenable, de la incertidumbre como norma.

Fíjense que, a cada noticia negativa, a cada aviso o alarma, le suele suceder de inmediato otra noticia aún peor. Todo es susceptible de empeorar, ese es el mensaje. De alguna forma nos han instalado en un bucle ruidoso y amargo, bastante antipático, en el que predomina el eterno retorno de lo negativo, o más bien de lo apocalíptico, no vaya a ser que a alguno se le ocurra mencionar la alegría, que diría el gran Manuel Vilas: llegas a pensar que ya es palabra tabú.

No me refiero a la pandemia, aunque ahí también hay en ella una espiral imparable y recurrente de noticias y cifras, un gran puré mediático. Me refiero a la atmósfera general, tan proclive a la alerta continua, al malestar perpetuo, lo que ha derivado, también, en cierta clase política que cree encontrar réditos en el ceño fruncido y el talante desabrido, contra lo que sea, no se sabe si como estética ante el mundo o como una manera de demostrar cierta seriedad.

Todo eso ha derivado en la polarización, tan manida como cierta, en la división y el extremismo, lo que lleva a la confrontación continua, sistemática, casi siempre improductiva. Es un lenguaje que vemos en las redes sociales y en muchos debates, una especie de juego de frontón, machacón e inane. Asombra que aceptemos esta banda sonora en nuestras vidas.

Ya digo que algún día (no estaremos aquí para contarlo, me temo) nos percataremos hasta dónde puede llegar el ansia de algunos (y nuestra aceptación tácita) a la hora de amargarnos la vida. A la hora de sembrarlo todo de vértigos, agravios, culpabilizaciones y visiones extremas. La moderación es acusada de blandengue y los intentos de entender al otro de intolerable buenismo. Por no decir en qué estado quedan aquellos que apelan a la reflexión y a la lentitud: hoy todo tiene que ser inmediato, la lentitud es mala, por supuesto, lo bueno es lo pragmático, aunque resulte un fiasco. Y, tal y como hacía Trump, se prefiere un tuit (tantas veces inane también) a un pensamiento elaborado. Eslóganes y frases publicitarias, eso es lo que hay.

Sé que me he referido a esto algunas veces más en esta columna. Lo hago a menudo porque me preocupa de verdad. Y temo que, si seguimos así, pronto será imposible recordar que la forma de entender el mundo puede ser muy diferente. Todo estará contaminado de este vértigo estúpido y dañino. Reconozco que asuntos como la nueva burbuja política de Madrid, o la de Cataluña, me empujan aún más en esta dirección.

Con la pandemia aún muy presente (no exenta tampoco de batallas mediáticas), uno se pregunta cómo es posible que estemos otra vez atrapados en estas luchas políticas de todo pelaje, en las que todo se lía más y más, en las que la batalla por el poder, ay, a veces poder meramente local (pero se ve que muy importante) termina provocando situaciones rocambolescas. Ya sabemos que los liderazgos están claramente sobrevalorados, pero no es posible que estemos asistiendo a esta evolución tan surrealista de la política. No veo cómo pueden quejarse de la desafección galopante. Simplemente, como decía el otro, no es esto, no es esto.

Creo que hay que volver a la mirada a largo plazo, aunque nos va a costar mucho. A la mirada profunda. ¿Puede hacerse eso desde la política, que, al parecer, vive del cortoplacismo, que parece perpetuamente instalada, como vemos, en una campaña electoral? Me temo que no. Los ciudadanos tienen preocupaciones que no pasan por el intercambio de agravios, por el uso de la división, por esa clasificación pueril de todo entre lo que es bueno y lo que es malo. Lo siento: puede ser cómodo en estos tiempos de propaganda esquemática, pero la vida debería ser otra cosa. En algún momento esta deriva perniciosa y empobrecedora tiene que cambiar. Esperemos que sea pronto.
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