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La vida de un bar sin vida: el Bar Ferrero de Pobladura

La vida de un bar sin vida: el Bar Ferrero de Pobladura

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Álvaro Ferrero en su bar donde estos días toca limpieza general y una imagen de la fachada del mismo de finales de los 60. | L.N.C. Ampliar imagen Álvaro Ferrero en su bar donde estos días toca limpieza general y una imagen de la fachada del mismo de finales de los 60. | L.N.C.
T. Giganto | 26/03/2020 A A
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La vida de un bar sin vida: el Bar Ferrero de Pobladura
Páramo Ni periódico, ni bizcocho, ni churros, ni olor a café... El Bar Ferrero de Pobladura de Pelayo García interrumpió su rutina por el estado de alarma consecuencia del coronavirus siendo esta la sexta vez que lo hace desde 1966
Ruge el molinillo del café sin dejar que se sepa qué canción pinchan en Radio 3 que también suena. Mientras un parroquiano hojea el periódico a la espera de que le sirvan el café con su churro de rigor, Álvaro está frente a la cafetera en la que engancha el cacillo para estrenar el primer olor del día en el Bar Ferrero. Un bizcocho recién hecho también aguarda la llegada de más clientes. Esa era una escena que en Pobladura de Pelayo García se daba cada día, y a partir de las 10 de la mañana, en el bar que regenta Álvaro. Pero el 14 de marzo ya no hubo ni periódico, ni bizcocho, ni churros, ni olor a café. Siguiendo las recomendaciones por la crisis sanitaria del coronavirus, ya no abrió y con ello siguió escribiendo la historia de un bar que empezó de la mano de sus abuelos paternos allá por 1966. Solo cuatro entierros y una boda habían sido capaces de cerrar sus puertas en estos 54 años y ahora lo ha conseguido también "el dichoso coronavirus".

"Desde que abrieron en 1966, yo solo he conocido el bar cerrado en los funerales de mis abuelos, el de mi padre, el de mi tío y en la boda de mi hermano. En estos tiempos tan extraños y ante la alarma sanitaria que estamos viviendo, nos vemos en la obligación de cerrar la puerta por el bien de todos", escribía en sus redes sociales Álvaro el sábado 14 de marzo con pesar pero consciente de que no podía hacer ya otra cosa. Ahora, con el bar sin clientela y con la puerta cerrada, aprovecha para hacer limpieza a fondo de cada último rincón. "Cada día un poco, no puedo ponerme loco a limpiarlo todo porque si lo acabo pronto, ¿después qué hago?", comenta por teléfono mientras descansa un rato y contempla todas las botellas que han pasado de estar en el frente a la misma barra que aunque abarrotada de bebida, está más sola que nunca. Comenta la situación que se les plantea ahora a los autónomos tras este parón repentino de la actividad en general y de la hostelería en particular "pero ahora lo importante es cuidarnos". Reconoce que en Pobladura de Pelayo García "la gente se lo está tomando bastante en serio" y las calles están más tranquilas de lo normal. "Aunque mira, el otro día me dijo mi madre que en su barrio unos vecinos tocaron la dulzaina y el tamboril desde su casa", cuenta. Que se note que Pobladura es tierra de danzantes y sus vecinos, guardianes del folclore.

Madre e hijo, una historia repetida


El Bar Ferrero también es un despacho mixto de Loterías y Apuestas del Estado. "En seguida nos avisaron de que se suspendían los sorteos", recuerda ahora, más de diez días después del inicio de un estado de alarma que ya ha pasado a formar parte de la historia de todos y también del Bar Ferrero. Este abrió en 1966 de la mano de los abuelos paternos de Álvaro. A la muerte de su abuelo fue su padre, Alfredo, quien se incorporó al trabajo en la barra junto a su madre. Y años después la historia se repitió. Alfredo murió y Álvaro empezó a trabajar con su madre. Ahora ella, Mary, está jubilada y nadie en Pobladura olvida su buena diestra con los fogones, una habilidad la suya que bien merece un capítulo aparte en ese relato que siempre tienen los bares con solera.

Álvaro tiene un hijo, Julio, pero ya no se plantea que él siga con la historia del local. "¡Pero si cada vez hay menos!", lamenta. Pocos pero buenos. Que al poco reconoce echar de menos "el ver a la gente todos los días, a quienes no fallan y hacen siempre aquí siempre una parada que forma parte de su día a día".

–¿Sabes qué es lo peor de todo? Que si esto no cambia, así de solo va a estar el bar cuando pasen 10 o 12 años.
– ¿Y el confinamiento cómo se lleva?
– Bien, en casa excepto estos ratos que vengo a limpiar, que no veo a nadie. No me vale la frase de que en el pueblo no pasa nada. Como dice mi hijo Julio, mejor en casa porque si no, nos ve el coronavirus y nos pica.

Mejor en casa, que ya habrá tiempo de volver al bar.
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