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La única superviviente del Molino Sidrón

La única superviviente del Molino Sidrón

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El Molino Sidrón por dentro. | ARCHIVO FAMILIAR DE MARÍA AURORA MARTÍN Ampliar imagen El Molino Sidrón por dentro. | ARCHIVO FAMILIAR DE MARÍA AURORA MARTÍN
Teresa Giganto | 28/02/2021 A A
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La única superviviente del Molino Sidrón
LNC Domingo María Aurora Martín Zoreda nació en el Molino Sidrón en 1923. A sus 97 años, esta leonesa afincada en Madrid ha recibido con alegría la noticia de una nueva vida para la fábrica de harinas de su familia, en la que pasó una infancia "maravillosa" y de la que recuerda hasta el último detalle: "Allí fui tan feliz..."
Los recuerdos de la infancia de María Aurora son costales de trigo, maquilas y quintales de harina. Son los chupiteles de hielo que decoraban los verales, las ciruelas que cada primavera daba el árbol más sabroso que nunca conoció. Cuando María Aurora moltura los recuerdos saben a pan con una miga llena de ojos que tardaba días en endurecerse y huelen a las raciones de comidas que las mujeres de los obreros les llevaban a la hora del almuerzo. Se mueve la memoria como lo hacían los ratones que se colaban en la panera y eran perseguidos por los gatos, rugen como las máquinas que hacían del grano harina y si se pudieran tocar sería algo así como meter un brazo en un saco de harina hasta el codo. Al sacarlo sería imposible no provocar con ello una bruma de harina, dejar un halo de polvo minúsculo y blanco, la parte más ínfima en la que se convertía el trabajo más sacrificado del campo, el que permitía saciar el hambre en unos tiempos en los que el progreso tenía forma de fábrica de harinas. En la del Molino Sidrón nació María Aurora Martín Zoreda hace ya 97 años. «Soy la única superviviente del Molino Sidrón», cuenta antes de sacar a la luz la historia de su familia, la última en regentar un negocio que albergó un inmueble que hoy es patrimonio y que, según acaba de anunciar el Ayuntamiento de León, se convertirá en un centro cultural en la ciudad. «No me puede hacer más feliz que así sea», afirma convencida María Aurora desde Madrid, el lugar por el que ella y su familia dejaron atrás este molino de la capital leonesa para acompañar a su padre en su existosa andadura profesional como el inventor del primer navegador para automóviles, el precursor de lo que hoy conocemos como GPS. Cuenta María Aurora que ella fue quien dibujó a su padre los mapas gracias a su gusto por el dibujo y la pintura, un arte al que ella dedicó posteriormente su vida profesional. «Nunca pinté nada del molino pero siempre lo he tenido tan grabado en la memoria que me parece que lo estoy viendo ahora mismo tal y como era», dice quien, como si trazase aquellos milimetrados mapas, marca las coordenadas de la memoria y se ubica en la Era del Moro, junto a las murallas de León, al lado de la cárcel, en el Molino Sidrón...

En 1923 María Aurora Martín nació en la casa que había junto al Molino Sidrón. «Era una casa preciosa y muy grande, estaba junto al Molino y tenía un gran jardín lleno de frutales y palmeras. Peras, guindas... ¡Qué frutas tan sabrosas! ¡Todo lo que yo corrí por allí! ¡La vida!», recuerda María Aurora, que desde bien pequeña mostró una actitud inquieta y revoltosa, alimentada por las muchas historias que leía como buena lectora que era. De aquellas páginas salían sus ganas de conocer el mundo de los mayores que ella tenía al lado de casa, en el Molino. «Llegaban aquellas mujerucas de los pueblos con las alforjas de las mulas llenas de trigo para moler y también las mujeres de los obreros que iban a llevarles los pucherines con la comida. ¡Qué bien olía! Yo siempre quería comer con ellos, porque aquellos olores... No los olvido», cuenta María Aurora, guardiana de cuantas sensaciones le causaba todo lo que rodeaba su infancia. «Fuimos muy felices en el Molino Sidrón», afirma para dejar un silencio que acaba en un suspiro. Hoy las inmediaciones del molino son una maraña de tendejones y edificios que fueron ocultando un inmueble que ahora saldrá a la luz como parte importante del patrimonio industrial leonés.

Las primeras noticias documentales del Molino Sidrón en León se remontan a comienzos del siglo XIX en la zona conocida como la Era del Moro, junto a las murallas de León, a los pies de su castillo. Allí se ubicaba para aprovechar las aguas de la presa de San Isidro que tomaba el agua del río Torío para regar las huertas de la Colegiata de San Isidoro. «Los orígenes reales son mucho más antiguos, seguramente de época medieval. La presa está documentada desde el siglo XII y se emplaza junto a Puerta Castillo, el lugar donde siempre han llegado las aguas potables de la ciudad pues allí estaba el ‘Castellum Aquae’, donde terminaba el acueducto romano que abastecía la Legio VII», sostiene el historiador y profesor de la Universidad de León Javier Revilla. Tras varios años en funcionamiento, fue en 1850 cuando se convirtió en una destacada fábrica de harinas incorporando nuevas edificaciones que acabarían formado un importante complejo. El molino, la panera y la vivienda de los propietarios. A ellos habría que sumar en 1904 la construcción de un silo –hoy desaparecido– de cuatro alturas, un proyecto del ‘maestro de obras’ Andrés Valcarce Martínez. «Fue el primer silo que se construyó en la provincia de León, y seguramente de los más antiguos de España», contempla Revilla en su tesis doctoral ‘La economía de posguerra en León (1937-1953): El Servicio Nacional del Trigo, los molinos y las fábricas de harina. Los años del hambre y del estraperlo’. Este experto en molinología ha investigado mucha de la documentación que María Aurora Martín guarda sobre la fábrica de harinas de su familia que por parte paterna eran descendientes directos del Conde de Rebolledo. Entre ella figura la destrucción total de la fábrica en 1888 en un incendio en el que dos personas resultaron heridas según se recogió en el Periódico el Campeón. «Las fotografías del archivo familiar de María Aurora son un importantísimo documento histórico pues nos muestra algo desconocido hasta la fecha, el interior del Molino a principios del siglo XX, ya convertido en fábrica de harinas. Gracias a ellas hoy podemos conocer sus máquinas, hoy desaparecidas, como los molinos de cilindros en la planta baja o las máquinas de limpia y cernido en el piso superior», señala Revilla. Este es un apasionado del estudio de los molinos a los que atribuye el ser también «patrimonio inmaterial» como «centros de sociabilidad no regulada». «Las esperas por la molienda daban lugar a muchas horas de reuniones improvisadas a las que, si sumamos la frecuente nocturnidad y que tenían lugar en sitios apartados de las poblaciones, generaban extraordinarias historias».

En 1903 falleció quien entonces era su propietario, Fernando Martín Rebolledo, por lo que la harinera pasó a sus sucesores Pilar Santos y Mariano Santos, con la razón comercial ‘Viuda de M. Rebolledo’. Fueron ellos quienes acometieron una importante reforma en el Molino con la construcción del silo. Al morir Mariano, en 1929, las riendas del negocio pasaron a su sobrino Antonio Martín Santos Rebolledo, el padre de María Aurora Martín Zoreda. Pero las aspiraciones de Antonio iban más allá de la fábrica en cuya vivienda él nació en 1887, su hija mayor en 1923 y la pequeña, María Pilar, en 1925. Antonio estudió ingeniería industrial en Madrid y desde 1918 su carrera estuvo vinculada al  sector del automóvil. Antonio Martín Santos cerró la fábrica harinera en 1931 por varios motivos, por la alta fiscalidad de entonces y, sobre todo, porque no podía compaginar la dirección de la fábrica con su cargo como jefe de la Delegación de Industria en León. Según figura en la citada tesis doctoral de Javier Revilla, la fábrica estaba entonces en 1932 inactiva y la empresa ‘Auto-Salón’ guardaba allí automóviles y pagaba por ello una renta mensual de 125 pesetas. En 1938, con la Guerra Civil en pleno apogeo, la panera del Molino Sidrón fue arrendada por el Servicio Nacional del Trigo (SNT) de León para recoger el grano intervenido en la zona de la capital. Este rechazó utilizar el silo por ser excesiva su capacidad y al no poderse independizar su instalación de limpia del resto de la maquinaria de la fábrica y dado que su mantenimiento requería un elevado coste, teniendo además mejor acceso el otro local elegido. La fábrica entonces siguió utilizándose como párking y Antonio construyó en 1957 un garaje en el patio de la harinera anexo a la muralla. La Comisión de Monumentos de aquel entonces no autorizó el proyecto, pero la obra terminó haciéndose. Inmediatamente se traspasa la propiedad a Antonio Franco López, quien denomina el nuevo negocio como ‘Garaje Franco’ y en años sucesivos lleva a cabo algunas obras como elevar la altura de la tapia, apertura de ventanas, ampliación de puertas y hasta se construye un añadido al garaje de dos plantas para levantar cuatro viviendas y unas oficinas. Así lo explicaban esta semana desde el Ayuntamiento de León que ahora prevé invertir 665.000 euros. El Instituto Leonés de Renovación Urbana y Vivienda trabaja en la redacción del proyecto que financiarán con fondos de las Estrategias de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado y del Ministerio de Transportes. La superficie que ocupa es de 350 metros cuadrados, repartida en una planta baja y dos superiores. De esta forma, la planta baja estará dedicada a usos culturales con el Aula de Escritores Leoneses, mientras que las superiores se destinarán a un vivero de empresas relacionadas con el turismo, la cultura y el ocio, con el objetivo de impulsar el emprendimiento empresarial en estos sectores entre los más jóvenes. «Es un símbolo de León, que había quedado oculto durante décadas por el invasivo desarrollo urbanístico de la zona, pero que ahora de manera muy acertada la ciudad va a recuperar», incide Revilla del mismo modo que lo hace María Aurora. «El Molino Sidrón era entonces una institución en León y que ahora vuelva a serlo me parece muy buena idea», asegura la casi centenaria leonesa, la última persona con vida que nació en la vivienda del complejo harinero. «Recuerdo cuando subía de la mano de mi padre al silo y mirábamos los campanarios de las iglesias de León a ver si llegaban las cigüeñas y se acababa el invierno», relata María Aurora, inseparable de su padre a quien recuerda haber ayudado a espalar la nieve para sacar el coche del garaje de la fábrica. «Era una niña muy traviesa y por eso me encantaba estar en la fábrica. Recuerdo aquel ruido de las máquinas, cómo se movían, ‘fis-fas-fis-fas’... Y yo decía este ruido lo hacen las brujas y echaba a correr», recuerda María Aurora entre risas. Con cariño menciona a Tomás, uno de los trabajadores del Molino Sidrón que se encargaba de las tareas de carpintería y que para ella labraba pequeños muñecos de madera. «Es que no sabes qué felicidad para una niña era aquella de poder jugar entre sacos de trigo y correr por allí, y por la Era del Moro que era todo campo y pastaban allí las ovejas merinas... Y el ruido de los barrotes de la vieja cárcel cuando los repasaban para comprobar que no faltaba ninguno... ¡Qué recuerdos, madre mía!».

– María Aurora, ¿y de dónde venía el nombre de Sidrón?
– Fue un antepasado nuestro, de los que empezó con el molino y era un hombre grandonón y por eso decían «vamos a donde Isidrón» y de ahí quedó el Molino Sidrón. Así era antes, ¿sabes? A mi hermana y a mí nos decían «las de Rebolledo» o «las hijas del Molino».

Aquella hija del Molino de Sidrón, María Aurora, es ahora la única superviviente de una fábrica que pronto comenzará a escribir una nueva historia. Sin maquilas, ni trigo, ni alforjas. Ahora le toca molturar cultura. Harina de otro costal.

Más imágenes inéditas del Molino Sidrón en la edición de papel de La Nueva Crónica este domingo

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