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La Térmica de Endesa: Comisión de la Verdad

La Térmica de Endesa: Comisión de la Verdad

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Portada de Carbón y retrato de Ana Velasco a los nueve años. Ampliar imagen Portada de Carbón y retrato de Ana Velasco a los nueve años.
Valentín Carrera | 18/03/2019 A A
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La Térmica de Endesa: Comisión de la Verdad
Lo pequeño es hermoso Por Valentín Carrera
Qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en 1953? ¿Tal vez hubo algún accidente? ¿Funcionaban bien las calderas Oerlikon, suministradas por Alemania? ¿Por qué tuvieron que venir ingenieros alemanes a cambiarlas? ¿Qué pasaba con la fusión de las cenizas? ¿Cuántas amas de casa ponferradinas recuerdan que no podían tender la ropa porque todo se cubría de carbonilla? ¿Quiénes, cuántos bercianos respiraron aquel Nunca Máis de humo y azufre? ¿Con qué consecuencias?

Endesa ganó 1.551 millones/€ en 2018, un 4% más respecto de los 1.452 millones de beneficio en 2017… «y aspira a ganar 6.300 millones hasta 2021”». Al tiempo que «Endesa pone fin a los beneficios sociales que disfrutan sus 27.000 jubilados», nos enteramos de que su presidente, Borja Prado, se ha llevado crudos 40 millones de euros en diez años de trabajo, que no está nada mal, cuatro millones al año, no los ganan todos los trabajadores juntos de las subcontratas de Compostilla en un siglo. Pero aún habrá quien defienda que Endesa ha sido y es muy beneficiosa para el Bierzo. Yo barrunto que ha sido y es una gran depredadora económica y ecológica del Bierzo; por decirlo de otro modo, Endesa ha sacado del Bierzo mucho más de lo que ha dado a esta comarca. ¿Por qué no hacemos las cuentas?

Las cuentas de verdad, no el balance IBEX35 de Endesa, que ya sabemos sale siempre a favor del bolsillo de sus dueños italianos, sino el balance real de ganancias recibidas y pérdidas soportadas por el Bierzo durante los últimos setenta años. Empezando por todas las muertes, enfermedades y secuelas de las que ha estado prohibido hablar. ¿O es que nadie sabe o supo nunca en Ponferrada de ‘las cosas’ que pasaban en la Térmica y no salían en el No-do ni en los medios de comunicación, amordazados durante tantas décadas? Para refrescar la memoria, les aconsejo leer Carbón, segunda y magnífica novela de Sara Velasco, médica, psicoanalista y narradora, nacida en Ponferrada, donde pasó su infancia.

Con una prosa directa, tersa, sin artificios, Carbón cuenta la historia de dos niñas termicanas, nacidas en el poblado contiguo a la Central Térmica de Compostilla, cuando en España mandaba Franco y Ponferrada era la ciudad del dólar. O tal vez la ciudad de las mentiras y los silencios.

Mientras en Fabero había uno de los 296 campos de concentración del franquismo, el Régimen regalaba concesiones mineras a cuatro privilegiados adictos al Glorioso Movimiento, que saquearon el subsuelo, los valles y los ríos, empleando mano de obra barata (lean también De siervos a esclavos, del historiador Alejandro Martínez, y el informe El lado oscuro del carbón) con un resultado penoso: el actual rastro de pobreza, destrucción y abandono en Corbón, Matarrosa, Toreno, Fabero o Laciana.

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿Qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en 1953? ¿Qué pasaba en los hornos? ¿Y en el interior de los pozos? ¿Y en el transporte, en las casas, en los pulmones y en los hospitales? ¿Cuántas alergias mal diagnosticadas? ¿Cuántos abortos espontáneos que no eran tan espontáneos? ¿Y si también hubo entre nosotros un Chernóbil, un Bhopal tóxico que nunca salió en los periódicos? La novela de Sara Velasco, Carbón, contiene algunas respuestas: «Imagínate el trabajo —explica años después el padre, ingeniero de la Térmica, a su hija—, era igual que intentar manipular lava de un volcán. Para que las cenizas siguieran líquidas hasta el final de la evacuación, había que mantenerlas a una temperatura controlada que no se conseguía. O bien, se enfriaban y se solidificaban en bloques de escoria que atascaban la salida, de manera que los operarios tenían que remover esos bloques. O bien, la temperatura subía demasiado y la escoria hirviendo corría fluida por los tubos de salida de la caldera dañando las paredes, que reventaban. Un infierno».

¿Cuántos bercianos trabajaron en aquel infierno? ¿Y qué pasó en 1961, un gran incendio en la Central en el que ardió una de las cuatro torres de transformación del parque de alta tensión? «Las llamas llegaron a la sala de mandos. Hubo que evacuar a todo el mundo y todo se destruyó. El desastre fue muy grave».

Para hacer bien las cuentas —las de Endesa, las del sector minero y las del Bierzo—, hay que anotar en el balance todos los costes ocultos de la minería y de las térmicas. En el haber, el hermoso poblado de Compostilla, los sueldos ganados por miles de trabajadores y sus familias, la luz gratis y el economato; en el debe, los abortos, las niñas muertas por sarcoma como Ana, los mineros con los pulmones abrasados por la silicosis, la lluvia ácida y el tsunami de carbonilla sobre los tejados de la ciudad, y la destrucción ecológica del Bierzo. En el haber, el dinero fácil a corto plazo, las fiestas y propagandas; en el debe, la pobreza y la enfermedad a largo plazo, el silencio y el miedo. Definitivamente, debemos revisar a fondo la contabilidad de Endesa: los 40 millones de su presidente y los 6.000 millones que se van a embolsar los italianos de ENEL con el aplauso de los papanatas locales. Necesitamos una Comisión de la Verdad. ¡Arriba las ramas!
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