La sonrisa

La sonrisa

OPINIóN IR

16/11/2019 A A
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La sonrisa
Decía Michel Petrucciani que cuando abría la tapa del piano veía los dientes de una boca que se reía de él. El piano le recibía con una sonrisa burlona, retadora, una sonrisa que decía: «venga, a ver cómo tocas. A ver si eres capaz de hacerlo bien». Desde que escuché a Petrucciani decir esto en el documental de Michael Radford, se me ha quedado grabado y ahora también me pasa.

Soy una pianista de otro tipo, menos musical y más palabrera, así que es el teclado del ordenador el que se ríe de mí. Hace un rato, cuando me senté a escribir, me he encontrado la sonrisita de las teclas negras, una sonrisa de boca cariada ante la pantalla todavía en blanco y por llenar. Una boca que me ha soltado: «así que vas a hacer la columna, ¿eh? Veamos qué se te ocurre».

Yo que ya llegaba un tanto desorientada, con alguna idea suelta aquí y allá, pero sin una ruta fija porque esto de escribir no es hacer un Excel y ver si sales a pagar por falta de talento o de ingenio, o a devolver, pues como que me he venido un poco abajo.

Pero el ordenador, que tiene el corazón metálico, ha insistido con su sonrisa: «vamos a ver si lo adivino, vas a escribir del abrazo, como todos, ¿a que sí?». Y, bueno, pues sí, iba a escribir del abrazo entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, y del oooh de los periodistas en la sala, y de que oye, pues me parece bien que sigan esa dieta de Churchill de comerse sus propias palabras (¿realmente dijo eso Churchill?), y de que también cuando te abrazas a alguien compruebas que no va armado y de que parece que han caído todas las espadas que se levantaron, ya veremos, y bueno, que vale, que ya era hora de tener gobierno. Iba a escribir de eso, pero no. Pero sí.

Me hubiera quedado mejor algo sobre la castañera de la plaza, vigilante del fuego, que el otro día me vendió un cucurucho por sólo dos euros. Las castañas calentitas dentro del papel de periódico. Nunca es la prensa tan cálida como cuando arropa a unas castañas. Cuando se dice que viene caliente ya es otra cosa. Si hoy la castañera vende un puñado envueltas en esta columna, la sonrisa mordaz del ordenador ya me importará algo menos.
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