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La senadora Muñoz

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10/02/2019 A A
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La senadora Muñoz
Le han caído palos por activa, por pasiva y por perifrástica. La senadora leonesa del Partido Popular, Esther Muñoz, estuvo desafortunadísima en la Cámara Alta hace unas fechas cuando, sin necesidad ni motivos, se expresó desastrosamente mal al recordar a los fusilados –o asesinados– por el franquismo durante la Guerra Civil y años siguientes. Reprobable. Ahora bien, de los occisos de Paracuellos no se habla jamás, parece que nunca existió esa tragedia a pesar de que la izquierda radical, el comunismo, mató a más de cinco mil personas. En cualquiera de los dos escenarios –no importa– una cosa no exime a la otra. A los muertos, a todos, el mayor respeto. Y a sus familias.

Dicho esto y remarcada con negrita en el debe de la senadora la repulsa a un discurso de pobre arquitectura y fútil, lo cierto es que a Esther Muñoz le tienen ganas en el Senado. Muchas. Desde hace tiempo. Es una parlamentaria incómoda. Una mujer, en este caso, que le planta cara al lucero del alba tanto en el hemiciclo como en las comisiones. Y lo ha hecho bien. Ha tenido visibilidad nacional –que ya es difícil si se trata de alguien de provincias, como dicen allí– mientras que a la mayoría de sus compañeros ideológicos o afines en mayor o menor medida –que de todo hay– les conocen en su casa, si es que van a cenar.

Muñoz ha sabido jugar su papel. Ha trabajado y se ha comprometido. Ha hecho política. Una veces con mayor acierto y otras –como fue el caso– con mucho menos atino. Pero dando la cara a riesgo de que se la partieran. Y alguna vez tenía que ser. Se la partieron. Sobre todo, los acomodados en las bancadas de la progresía, los más demócratas y listos del mundo mundial.

A título anecdótico –por lo de la listura y la progresía– que se lo pregunten al huido expodemita (?) Ramón Espinar, quien, tan cojonudo, se bebía dos coca colas en el bufé del Senado, que es baratito, después de anunciar a voces el boicot a la marca americana pro derechos de sus trabajadores en España. Una lamentable indignidad y una inmoralidad personal y política. Ahí también se trataba de huesos, aunque de vivos. Si el capítulo del burbujeo lo llega a protagonizar un acólito de Casado –por aquella de Rajoy– la izquierda rampante le hubiera apiolado al amanecer sin consejo de guerra previo. A Espinar, no.

Por lo tanto, tampoco es de recibo que la trayectoria de Muñoz durante los tres últimos años se vea ahora empañada, oscurecida por una salida de tono inapropiada. Por un error, fruto de un equivocado apasionamiento. Que ande con cuidado y pies de plomo porque los cuervos están al acecho para el relevo. El enemigo está en casa. Con dagas envenenadas y prestas. Que no lo olvide en su próxima intervención.
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