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La política champán

La política champán

OPINIóN IR

17/01/2022 A A
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La política champán
Hay un importante componente de política recreativa ahí fuera, o política champán (como se dice también de cierto fútbol), en todo lo que vemos. La polarización, una enfermedad global, alimentada por la puerilidad en las redes sociales, ha favorecido el uso de la política como parte del entretenimiento televisivo, de tal forma que todo se enreda en debates inanes (como los del propio fútbol, como los del corazón) sin que se llegue a menudo a ninguna conclusión, a ningún hallazgo. Es la lucha en el barro lo que nos entretiene, el cruce de eslóganes chulis, las frases hechas que a veces parecen de parvulario, por si no damos para más, y en este plan.

El ciudadano asiste atónito a la política de este tiempo, pero está tan cansado, tan derrotado, que prefiere dejarse llevar por la diversión, por el entretenimiento, por las peleas mediáticas y los dictados de la moda. Puede que nos pasemos la campaña electoral haciendo sillón-bol, viendo la jugada. Es difícil, por tanto, abrir brecha en la confusión, encontrar una política razonable y reflexiva porque todo va a toda velocidad. Terminaremos como vacas contemplando el paso veloz de un tren. Las vacas miran mucho los trenes (cuando los hay), como con una nostalgia de praderas lejanas. Y ustedes me perdonen, en estas circunstancias, por mentar a las vacas.

Es probable que las formas tradicionales de la política ya no sirvan (mítines y todo eso, siempre para los acólitos), ni tampoco el trabajo de los ‘spin doctors’, que generan propaganda, literatura emocional, un pelín de ‘coaching’ con frases romantizadas, porque para la ternura siempre hay tiempo, y argumentarios del copón, guías bien cocinadas para el candidato, pero estamos ya muy resabiados con esto de la publicidad. Normal, después de tanto anuncio de colonia. Y resulta que seguimos sin oler a rosas.

Vivimos un tiempo de política emocional, un bucle de perfumes conocidos y seguramente baratos, una amalgama de frases hechas, precocinadas, que se meten en el horno del momento, según demanda. Todo por llegar a tiempo a la lucha en redes y en pantallas, esas ideas que son como palomitas mustias, como aperitivos de poca monta, y luego qué. Lo ideal sería vaciar la campaña de política, deshuesarla, dejarla sin adjetivos y sin adornos, y presentar en el escaparate las muchas demandas de una tierra reseca de olvidos y promesas, pero va a ser que no. A estas alturas, lo que se necesita es separar el grano de la paja, con perdón, y eso es algo que hemos hecho aquí desde el Neolítico, me parece, pero aún hay mucha paja y muy poco grano. No diré que los árboles no nos dejan ver el bosque, porque… nos faltan árboles.

El momento es crucial, a qué negarlo. El mundo está en vertiginosa evolución y también es cierto que la política recreativa, la política champán, se ve por ahí fuera, fíjense en Boris Johnson. El político conservador vive ahora la resaca política de las fiestukis de Downing Street, leo en los papeles. Pero todo eso es el chocolate del loro, o sea, el vino del Tesco, que tiene pinta de ser peleón, si lo comparamos con el daño populista del ‘brexit’, que en su día comenzó Cameron de la Isla, tomando las ideas patrioteras de los del UKIP, que pasaron, claro, a ser unos tipos irrelevantes, pues los ‘tories’ adoptaron la filosofía risible de los súper-súper euroescépticos, nostálgicos del imperio y demás movidas surrealistas. De aquellos polvos estos lodos.

No sé si Boris Johnson, de tremolante flequillo, tendrá que dimitir o no. Pero ya ven cómo la política recreativa se abre camino a la menor oportunidad. Es el signo de los tiempos. Estoy muy lejos de los contemporáneos puritanismos, pero está claro que Boris se ha pasado con los botellones, estando en pandemia, me refiero, incluso sin estarlo, y quizás eso ocupe toda la discusión de Westminster, y por supuesto los titulares, y la verdadera discusión, el sindiós del ‘brexit’, los problemas económicos, el desmán del desabastecimiento, el absurdo desagarrarse de Europa, la dureza como única norma fronteriza, sean asuntos que sigan su curso, en ese silencio dramático, mientras el personal mira el dedo, en lugar de mirar la Luna.

Es muy probable que los grupos que decidieron presentarse a estas elecciones autonómicas en nombre de la España Vaciada lo hicieron porque no encontraron suficiente representación, o suficientes soluciones, en las siglas habituales. Todo tiene ideología, finalmente, pero también se comprende la necesidad de defender, aunque sea con una voz pequeña, eso que se ha dado en llamar ‘política a ras de suelo’, política directa, o política doméstica, que precisamente intenta apartarse de la que se acomoda con facilidad al ruido mediático, para evitarnos, nunca mejor dicho, el horror al vacío, esa tranquilidad sólo aparente que nos da la música de las esferas. Esa previsible solemnidad de los eslóganes. En una comunidad tan grande y variopinta (desde fuera quizás no aciertan a verlo, al menos, por lo que se escucha) la música suena de forma diferente según donde se mire.

Ese gran desconocimiento de la España interior se revela a diario, y con gran crudeza, en tertulias, debates y también en las declaraciones, ay, de líderes políticos diversos. ¡Se nota tanto! No extraña, pues toda esta tierra a veces parece comportarse como una burbuja atemporal, puede que a causa, también, de este carácter sufridor y recio que tenemos, de este gusto por contemplar cómo pasa la Historia sobre nosotros, y quizás por eso hemos celebrado tanto el pasado glorioso, y a él nos remitimos sin cesar, porque nadie ve mucho que celebrar en el presente.

No puede ser un debate de siglas, sino de ideas. Y de hechos. Tampoco puede ser un debate con la calculadora en la mano, aunque sea comprensible que los lideres intenten ver qué suma y qué resta, a la hora de formar un gobierno. Innegociables para el elector parecen temas como el desarrollo rural, una modernización, que se mueva en los parámetros de otras zonas de Europa, y que pase por la tecnología, la industrialización, la innovación y las infraestructuras, una política igualitaria y equilibrada en la inversión con respecto a otras zonas de España, una drástica mejora en la política sanitaria pública, en la fijación de población y el retorno de talento. Por lo menos.

Creo que el éxito en estas elecciones súbitas depende de la capacidad para moverse fuera de las formas tradicionales de la política de campaña, un tanto caducas, de la capacidad para superar la mera propaganda y las frases de diseño. La política champán, de cualquier signo, no sirve cuando hay poco que celebrar.
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