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La no conversación

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11/02/2019 A A
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La no conversación
Hay una continua insistencia ahí fuera (en los medios de comunicación, sobre todo) en que debemos volver a la conversación. Como si llevásemos demasiado tiempo callados, mudos, o más bien, perplejos. Perplejidad no falta, la verdad. Hay razones cotidianas para aumentar la cuota de estupefacción. Pero cuesta creer que no haya conversación, pues el ruido que nos acompaña es tan extraordinario que resulta difícil abrirse hueco para meter cuña en esa masa densa de sintagmas, muchos de ellos diseñados de antemano, casi ninguno espontáneo, que gira como el agua en busca de un sumidero, llevándose todo por delante. Hay una riada auténtica de palabras, una verdadera tempestad léxica, y el caso es que apenas se puede buscar un interlocutor, sino que más bien se necesita un lugar de abrigo para evitar los daños de una granizada verbal de imprevisibles consecuencias.

Creo que cuando se nos invita a volver a la conversación, que es, en efecto, el sustento de las democracias, se nos pide que aflojemos la verborrea. Hay que esperar a que escampe, de alguna manera hay que hacerlo. Esperar a que se vayan de las calles los fragmentos rotos de las palabras agresivas y poco veraces, aguardar a que baje el caudal que arrastra los escombros del lenguaje. Y entonces será el momento de esperar palabras nuevas, con sus matices y sus brillos, palabras que no buscan simplemente reventar las tuberías y provocar el caos, sino un diálogo fluido de verdad, palabras que deben formar una corriente clara y no pútrida, en la que circulen los conceptos con libertad, sin asomo de barros y lodos provocados a menudo con aviesa intención.

Porque, en efecto, la palabrería lo tapona todo. Cuando pienso en Trump y su obsesión con construir un muro que separe a su país de México (al que atribuye de antemano todos los males) tengo la sensación de que, en realidad, se trata de una metáfora de lo que nos está ocurriendo: hablar, hoy, es como darse contra un muro. Prefieren que dirijamos nuestras quejas y nuestras frustraciones al muro, al hormigón. Este es el asunto. Es como hablar con una pared. La conversación se ha convertido en la no conversación. Es un diálogo falso, como le pasa a tantas noticias (‘fake news’). Amasado con los mismos falsos ingredientes. No se trata de que haya conversación, sino de que lo parezca. Lo mismo que no se trata de que la realidad sea esto o aquello, sino simplemente de que nos creamos que es esto o aquello: lo que nos dicen.

El éxito de caos verbal, que se alimenta en las grandes avenidas acuáticas de las redes sociales, reside en que ese gran flujo verbal lo invada todo, lo inunde todo, sin posibilidad de reacción ni de respuesta. Es, sin duda, una perversión de la democracia, pues se da a entender que todo el mundo habla, cada quien puede decir lo que le plazca (aunque sea contra un muro), y lo que sucede es que en realidad nadie escucha. No hay nadie al otro lado para escuchar tanta palabrería, que es un instrumento de construcción de la no conversación. No hay nadie para escuchar porque lo que importa es el ruido resultante, el paso formidable de la riada de los despropósitos, no hay nada que contestar, nada que decir, no hay respuestas porque las preguntas son de pega, las verdaderas preguntas no se oyen, y ya, poco a poco, se irán viendo las consecuencias. Después, todas las palabras serán ya inútiles.

Este truco de la conversación en voz alta (las redes gritan aún mucho más) pretende demostrar que todo el mundo tiene su opinión, incluso aunque no tenga ni idea de lo que habla. En un tiempo de influencers, se pretende que aceptemos las tendencias estadísticas como verdades absolutas, que no pretendamos imponer ninguna idea propia, porque, en esencia, las grandes ideas viajan ya como barcos con viento favorable por las riadas de la intimidación global. No se nos pide la opinión, que por otra parte sería tragada por la primera alcantarilla, sino que nos sumemos a opiniones que ya vienen bendecidas y empaquetadas, por supuesto, por nuestro bien. Y si se nos pide la opinión, suele ser a menudo un acto teatral, o de cinismo, pues en el mercadillo de las palabras globales, algunas ya están sentenciadas de antemano, y otras, por supuesto, armadas para construir una nueva realidad.

Se habla más que nunca (aunque casi siempre para repetir lo que otros han dicho, o han lanzado al aire para que sea repetido sin mucho análisis), pero nos estamos acostumbrando a vivir esa ilusión de la opinión propia que otros escuchan, esa falacia de que hay mucho contraste y mucha conversación, cuando, en realidad, vivimos un autoritarismo de nuevo cuño que consiste en lanzar opiniones los unos contra los otros, como si fueran dardos, aceptando poco o nada de los demás. El individualismo feroz encuentra cierto consuelo en algunos clubes de la intolerancia. Poder defender con ahínco el rechazo a los acuerdos y los consensos, con ese orgullo que al parecer da a veces la sublimación de la tozudez, el extraño encanto del inmovilismo, el gozo de sostener lo propio, así sea para anudarse al cuello una rueda de molino. Morir al fin, después de todo, pero eso sí, morir teniendo la razón.

La televisión es fiel reflejo de la no conversación. En no pocas tertulias se dibuja la misma tragedia que en el escenario político. Todo el mundo tiene sus intocables ideas, y las expondrá sin fisuras, pues ya se sabe que la flexibilidad es cosa de blandos y buenistas. Los buenistas aparecen hoy como uno de los males del mundo, como lo peor que uno se puede encontrar, por su aversión a las acciones punitivas y su tendencia a la comprensión. Al contrario, interesan los que sacan las palabras como espadas e imponen, a espadazo verbal, las supuestas verdades absolutas en las que debemos creer, con ese talante propio de la intolerancia y la superioridad moral o cultural, o ambas a la vez. No se pide la opinión, sino que desde diversos ámbitos (incluso de ideologías opuestas) lo que se solicita es la adhesión inquebrantable, el apego a esta o aquella teoría, la afirmación de esta o aquella supuesta verdad. Y el que ofrece sus dudas o sus escepticismos, el que no encuentra acomodo en verdades precocinadas, que se hacen en el microondas de la actualidad, el que prefiere otros matices y otros sabores, de inmediato es reconocido como un problema. Ajústese usted al modelo, elija su opción, pulse su tecla y deje de joder con la pelota. Ese parece ser el mensaje.

Para reiniciar la conversación habría mucho que hablar, valga la paradoja, o más bien la humorada. Eso de ir lanzando frases contra el frontón de lo que ya otros deciden por su cuenta es una tarea muy cansada. Tanto como lanzar adjetivos contra el muro de Trump. Es, literalmente, hablar con una pared. Hay que desmontar esa falsa verdad de que estamos en medio de una gran conversación global o nacional, en la que todo el mundo puede decir lo que quiera (aunque sean barbaridades, como sucede no pocas veces), y que esa conversación se filtrará dulcemente desde los neveros mediáticos con una inusitada pureza hasta alcanzar las prístinas orejas de la política, de las instituciones, de los poderes mundiales, etcétera. A todas luces, parece una más de las muchas falacias contemporáneas a las que nos enfrentamos. El espíritu participativo de las democracias está sufriendo a causa de las imposiciones llevadas a cabo por el oleaje mediático, donde el ciudadano anónimo ejerce a menudo de elemento útil para causas que a veces ni siquiera conoce muy bien, pero para las que ha sido convenientemente arropado por numerosos flujos comunicativos en los que flotan las verdades innegables. El dominio de la masa se ha depurado extraordinariamente, hasta el punto de hacer pasar por diálogo y debate algo que está muy lejos de serlo. Lo grave de todo este asunto no sólo está en el triunfo de la no conversación, como gran impostura social, sino es el enfrentamiento continuo de unos contra otros, en la creencia de que mi idea siempre será mejor que la tuya, pues tiene seguidores sinnúmero, que me apoyan en redes o en foros de todo pelaje. Esa idea de la superioridad moral, de la verdad autoproclamada, es muy peligrosa para las democracias. Y me temo que sus efectos empiezan a verse.
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