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La muerte de Zurdo

La muerte de Zurdo

OPINIóN IR

12/10/2020 A A
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La muerte de Zurdo
La muerte de Luis G. Zurdo, a los 88 años, en su casona de San Feliz de Torío, nos sitúa ante el fin de una generación de leoneses que, como se decía entonces, «nos marcaron» a quienes les seguíamos. Y lo hicieron como pioneros de una forma de entender el mundo que se basaba en dos principios: hay que prepararse a fondo; y hay que salir al extranjero. Después, viniera lo que viniera, ya era cosa de cada uno.

En Vidanes hubo otro, Luis Ferreras, que coincidió con Zurdo en Alemania, y que murió de forma trágica (en un accidente de automóvil) cuando volvía para hacerse cargo de una cátedra de filosofía, dejando dos hijas y una esposa que todavía visita de vez en cuando su casita, contigua a la del cronista. Era él quien conseguía dinamitar la vida del pueblo cuando, en vacaciones, congregaba a la chavalería para hacer comedias y cantar en grupo aquellas bellas canciones populares hoy en olvido. Era él, eran ellos, quien, quienes nos ‘enviscaban’ a ladrar al manso toro de la pobreza, demostrándonos que no era más que un espantajo en lo alto de los oteros más visibles desde las carreteras mas transitadas, anunciando una bebida.

Pero detrás de todos ellos hay una historia de honradez, de entrega, de lucha, en definitiva. Y no hay por qué dudar de su altruismo al viajar desde Alemania transportando clandestinamente ayuda de los sindicatos para los huelguistas mineros de Asturias contra la dictadura franquista porque lo hicieran desde posiciones cristianas, puesto que, ‘de aquella’ eran muchos los luchadores de esta índole.

Por eso, la muerte de Zurdo, el vidriero, el maestro, el amigo mayor, a los de mi generación nos deja huérfanos, con el encargo de pasar el testigo a quienes nos siguen por el camino sinuoso de la transformación de la pobreza en dignidad, constatando la veracidad de aquel dicho: «obras son amores» que, como un mantra, nos repetían aquellos padres abnegados y, como Machado, Antonio: «En el buen sentido de la palabra buenos». Se les echa de menos. Sobre todo ahora que vivimos en «la sublimación de la mentira» (Garci dixit) y que, como escribe nuestro Luis Mateo en ‘La fuente de la edad’: «El más ciego de todos avanza de lazarillo capitaneando a los más ilusos».

Mientras el cronista escribe, tiene ante sus ojos un cuadro de grandes dimensiones que representa nuestra ‘pulcra’ catedral de León, y que el artista le obsequió en su última visita. En él hay más rosetón que torres, más color que piedra, más cultura que dibujo. Es como un ave que levanta el vuelo.
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