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La ira de un hombre bueno

La ira de un hombre bueno

OPINIóN IR

28/11/2021 A A
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La ira de un hombre bueno
La mejor noticia de este conflictivo otoño es que acaba de publicar nuevo disco un grupo oriundo de Benavides de Órbigo llamado Catalina grande, piñón pequeño. Destila tanto rock como sartenazos, que se llevan desde Ferrán Adriá a los que te hacen esperar en la ITV, incluye temas como ‘Nocilla de dos colores’ o ‘Jabón de Lagarto’ y se titula ‘La ira de un hombre bueno’. Además de ser un título brillante, es el mejor resumen de lo que está pasando estos días en las calles, donde se suceden las protestas: contra el machismo, contra la patronal, contra el Gobierno, contra los bancos y a veces, sin saberlo, contra nosotros mismos. Dicen los analistas más sesudos que cuando más manifestaciones se convocan es, paradójicamente, cuando se está produciendo una recuperación económica, como si todo el mundo sacase codo para hacerse hueco, porque cuando enfocamos la cuesta abajo de una crisis real el miedo a perder el empleo paraliza muchos espíritus reivindicativos. Pero los analistas, ya se sabe, también te explican hoy con mucha suficiencia por qué no ha pasado lo que predijeron ayer.

El fin de semana pasado Pablo Casado, presidente del Partido Popular, acudió sin querer a un misa por Francisco Franco celebrada en Granada. Pese a que tiene un amplio catálogo para elegir, fue, quizá, una de sus maniobras más torpes, de principio a fin. En primer lugar, no hacía falta ser un sabueso para sacar algunas conclusiones no precipitadas sobre la presencia en la iglesia de banderas nacionales con siniestra cetrería, yugos y flechas, así que argumentar que no se dio cuenta de lo que estaba pasando es algo que, más bien, juega en su contra. Después de que el escándalo se propagara hasta la prensa internacional, la puntilla se la dio a sí mismo al pedir perdón (no se puede ser más español), momento en que terminó de enfadar a esa parte de sus votantes, no precisamente pocos, que no habían visto nada mal que honrara la memoria del dictador.

Acompañado por todos los presidentes provinciales de su partido, Pablo Casado ha visitado León este fin de semana para buscar una foto que mostrara cercanía y distancia al mismo tiempo. Por un lado, querían que se viera la unidad del PP (al verles tan unidos resulta más evidente que entienden de igualdad pero sólo en las manifestaciones) y, por otro, que marcara las distancias sanitarias, sociales y políticas con su temida Isabel Díaz Ayuso. Conociendo sus antecedes, y sabiendo que la última vez le dio por conducir un tractor para mostrar su compromiso con el campo, por la ciudad comenzaron a hacerse porras sobre el error que Casado podría cometer esta vez en León: un saludo desafortunado, una visita inoportuna o una presencia inadecuada por las que luego hubiera que cumplir penitencia.

Los chistes más fáciles apuntaban que, quizá, Pablo Casado podría acudir hoy domingo a misa en la localidad de Villamuñío, donde el párroco se confiesa «facha, gracias a Dios» y dice cosas como que la vida de un torero vale más que las de todos los rojos juntos o que Franco se quedó corto en su represión. Una triste coincidencia también le ofreció a Casado la posibilidad de acudir al funeral del que probablemente fuera el falangista más famoso de esta provincia, Jesús Prieto Olivera, «¡presente!», conocido como Chuchi y apreciado por gentes de muy diversa ideología gracias a su condición de hostelero.

Otras apuestas sobre las torpezas de Casado apuntaban a una posible visita al groseramente conocido como Puente de Triana, donde fue asesinada Isabel Carrasco, aunque en este caso la torpeza no lo hubiera sido tanto porque se podía haber interpretado como un recuerdo a quien fue una pionera de la política (pese a que nunca se lo reconociera el feminismo local) y con quien, hasta la fecha y contra todo pronóstico, se ha cumplido el viejo refrán de «detrás vendrá quien a mí bueno me hará».

Pero realmente Casado no necesitó improvisar para hacer una visita inoportuna: la tenida del PP se celebró en el palacio de Botines. Allí se perpetraron, en tiempos de Caja España, algunos de los delitos que más caros nos han costado a los leoneses, delitos que se pueden considerar transversales porque contaron con la colaboración necesaria de PP, PSOE, UPL, Izquierda Unida y los principales sindicatos, que terminaron arrasando una caja de ahorros que hasta entonces se había convertido en seña de identidad y motor económico de esta tierra. Para demostrar que las cosas no han cambiado tanto desde que en Botines se celebraban aquellos consejos de administración que daban legalidad al desfalco, cuando los trajeados presidentes del PP llegaron el pasado viernes tuvieron que atravesar una manifestación, algo que no les llamaría demasiado la atención tal y como viene el otoño, pero era de los trabajadores de aquella caja y sus familias, a los que ahora quieren despedir para ahorrarse costes y que dentro de poco ya sólo podamos protestar contra las máquinas.

Al final, León es una ciudad más amable de lo que parece y Pablo Casado estuvo aquí muy poco tiempo, así que no encontró ni dónde ni cómo meter la pata. Se fue corriendo a hacerlo en Madrid, no le fueran a quitar el sitio en la foto con un grupo de policías que quieren manifestarse pero tratar al resto de manifestantes como delincuentes, y que se olvidan de que, para ejercer su trabajo, no caben las ideologías, por mucho que la suya esté aún más a la derecha que la del cura de Villamuñío y el difunto Chuchi.
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