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La II República y su excelencia dubitativa

La II República y su excelencia dubitativa

OPINIóN IR

18/04/2021 A A
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La II República y su excelencia dubitativa
El 14 de abril se cumplieron 90 años de la proclamación de la II República. La moderna doctrina franquistófoba consiste, vista para algunos a orillas del Miño, Ebro, Duero, Tajo, Guadiana y Guadalquivir, en considerar a su excelencia superlativa como «un cafre ignorante y reaccionario que sumergió al país en una cruenta guerra civil». No. No estoy de acuerdo con quien lo sostenga. A mi modesto entender son otros los adjetivos más apropiados al dictador.

Para la doctrina profranquista del historiador Sr. Ricardo de la Cierva, el exterrorista Sr. Pío Moa, el sabelotodo Sr. César Vidal, etc., etc. Franco no sólo fue el ‘centinela de Occidente’, salvador de los «valores eternos», de la «unidad de destino en lo universal» y demás lindezas metafísicas, sino quien reintegró el crucifijo a las aulas y la idea de «unidad de la Patria» y de «imperialismo hacia Dios» a las conciencias, evitando que cayese la nación en un antro comunista y judeomasónico. La reivindicación postmoderna de Franco es una herramienta útil y eficaz a modo de advertencia para frenar el peligro hacia el fraccionamiento que se cierne en la actualidad sobre ‘una, grande y libre’. A ello contribuyen solidariamente quienes sostienen que, con don Juan Carlos I, los españoles (incluso los borbonófobos) hemos disfrutado de un bienestar casi sobrenatural, y como la bienaventurada restauración monárquica ha venido, después de la indecencia alfonsina, no por la gracia de Dios, sino de Franco, será a él y no a otro a quien atribuir el milagro. Para ellos, Franco fue un servidor leal a la II República iniciada el 14 de abril de 1931: no se sumó a la Sanjurjada, reprimió sin contemplaciones la rebelión minera asturiana de 1934 y sólo se decidió a participar en el golpe militar de 1936 ante la inminencia de un levantamiento revolucionario de izquierdas (tesis de sobra conocida por los exaltadores de la historiografía franquista reimpulsada por Moa). ¡Nones! Su excelencia dubitativa mandó a hacer gárgaras la lealtad jurada a la República cuando llegó a la conclusión de que era más peligroso no hacerlo. Y, si no es así, digan, si pudiesen responder, aquellos militares asesinados en territorio sublevado; porque, fieles a su juramento, optaron en la disyuntiva crucial seguir siendo leales al régimen republicano. Sin embargo, se argumenta ingenuamente que Franco no se sublevó contra la República, porque de sus palabras, pronunciadas en Tetuán en 1936, se desprende lo contrario. Si eso hubiese sido auténticamente cierto, entonces, ¿por qué, siendo ya dueño del poder absoluto, el benemérito y glorioso Caudillo consintió y firmó tantas sentencias de muerte de maestros, que su único ‘delito’ fue servir –y muy bien por cierto– a la nación como probos funcionarios que pretendían sacar a su país del retraso cultural, caciquismo y oligarquía? Por otro lado, ¿cómo iba a soltar Franco, de primeras dadas, su bilis antirrepublicana? Franco obró astutamente porque sin astucia no hubiera triunfado, y no triunfar era vitola de traidor y, consecuentemente, carne de juicio sumarísimo y pena capital. ¿Qué, no otra cosa, se desprende, cuando, hablando de sublevaciones, se habla del «glorioso alzamiento» y del incipiente gobierno republicano como ‘criminal’? ¿Verdad es que los del bando propio son siempre ‘compañeros’ o ‘camaradas’ nuestros, mientras los del bando opuesto son ‘sicarios’ o ‘esbirros’ de ellos? Es la mágica y nada inocente virtud de las palabras, vista a orillas del Miño, Ebro, Duero, Tajo, Guadiana y Guadalquivir.
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