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La helada

La helada

OPINIóN IR

06/01/2020 A A
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La helada
La helada tiene algo de cicatrizante. No solo para la tierra, también para el ánimo. No se puede dar la vuelta a la tierra con la helada reciente porque el frío queda sepultado y no se va ni hasta el verano y no deja nacer nada. Se agarra el frío al corazón de la parcela y ya no la haces buena. Pero la tierra es una cosa y el espíritu otra. Cuando comienza a asomar el día, a la hora en la que los bichos más sabios hacen y deshacen, dejar las sábanas y echarse a los caminos cunde más que una clase de yoga.

En el norte dicen que para entrar a la sauna tienes que sacar el frío del corazón. No encontrarás calor por más grados que haya si no derrites un poco la sangre. Con la helada pasa algo parecido. Da igual la ropa que lleves encima que si no calientas el ánimo se te va a meter hasta el tuétano. Pero si sales con decisión, el momento sana, con la calma del tiempo lento, con la vida suspendida y con la savia quieta, la parada vegetativa que garantiza la supervivencia.

El frío conserva y no es un eslogan. Tampoco que al invierno no se lo come el lobo. Y aunque sea por arriba por donde más se nota que crecen los días es por abajo donde está la verdadera fuerza de la estación, donde el general que a tantos ha derrotado mueve sus tropas. Por eso madrugar en invierno –bañarse en el río, como hacen las aguerridas centenarias, ya me parece algo reservado a las elegidas– no es cosa de montaraces, sino de supervivientes.

En estos pueblos de invierno o infierno, donde lo más comentado ocurre en verano y se parlotea en el tablón, es en estos días sin lluvias ni nieve donde se decide el año, al abrigo de la helada y en las cocinas. Fríos, secos, luminosos y ásperos, así son estos días, que pesan en el carácter más que cualquier invento. Días que curan mucho más que la carne de los varales.
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