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"Vi en Los Andes una sociedad como Ancares en los años 60"

EL BIERZOIR

El cooperante berciano José Luis Rodríguez, con mujeres de la zona de  Adahuaylas y  Abancay, en Perú. Ampliar imagen El cooperante berciano José Luis Rodríguez, con mujeres de la zona de Adahuaylas y Abancay, en Perú.
D.M. | 06/08/2018 A A
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"Vi en Los Andes una sociedad como Ancares en los años 60"
Entrevista José Luis Rodríguez, Director de banco y cooperante berciano
En sus vacaciones de este año ha trabajado más que nunca. Las ha pasado con el Programa de Voluntariado Cooperativo de CaixaBank, entidad en la que trabaja desde hace 12 años, participando en un proyecto de la ONG Cesal. Desde sus conocimientos sobre economía y gestión, este berciano de Riego de Ambrós, director de la sucursal de la citada entidad en el barrio ponferradino de Cuatrovientos, ha ayudado a muchas familias de una de las zonas más pobres del Perú, Adahuaylas y Abancay, a unos 200 kilómetros de Cuzco, a intentar rentabilizar sus producciones de quinoa más allá de como propio alimento básico de subsistencia. Se encontró en Los Andes con impactantes imágenes de pobreza, pero se trae una experiencia que le ha marcado muy positivamente en lo personal.

– ¿Cómo surgió la idea de participar en esta experiencia?

–Llevo siendo voluntario en distintas causas desde que era muy pequeño. Yendo al Hospital para acompañar a niños, a enfermos, leyendo libros a personas que no pueden leer. Quizá porque mi familia también lo ha pasado un poco mal, siempre nos han educado en esa intención de ayudar a la gente. En Caixabank ya trabajé también mucho en Ponferrada y Burgos con Asprona, en temas de niños con autismo o deficiencia visual, con distintos temas de labor social y ahora tenemos la opción de estar más presente en proyectos de voluntariado internacional, Y la cooperación internacional siempre me llamaba la atención, pero por cuestiones de tiempo era difícil. El año pasado me presenté al proyecto pero no fui seleccionado y este año sí, junto a 44 compañeros, una experiencia totalmente recomendable.

- ¿Qué ha podido hacer desde su posición laboral para ayudar a desarrollar plantaciones de quinoa?
– Estamos hablando de una situación como por ejemplo Los Ancares en los años 60. Una familia sin luz, sin agua corriente, a casi 2.000 metros de altura, sin servicios básicos y cuyo único sustento son sus animales y sus plantaciones de quinoa. Esta quinoa de la zona andina del sur del Perú ya lo cultivaban los incas y es con lo que subsisten. El proyecto consistía en ayudar a desarrollar esas plantaciones y sacarles más partido que la propia supervivencia. Nuestros convenios con bancos iberoamericanos tienen el interés de los créditos al 7,5%, pero luego ellos les cobraban los préstamos personales a los agricultores al 24%. El proyecto buscaba ayudar a los productores, porque no saben lo que les cuesta producir. Trabajan sin medios, no tienen opción de financiación para poder acceder a maquinaria para trabajar, para comprar un tractor, una trilladora, lo básico. Lo están haciendo todo manual y pierden mucho tiempo, mucho dinero. Saben lo que les pagan por vender la quinoa pero no el beneficio neto que les queda. No tienen esa capacidad económica para negociar con ese producto tan bueno que tienen, que es quinoa autóctona, orgánica, sin fertilizantes. Nuestra tarea era concienciarles de que de su trabajo podían obtener unos ingresos, no sólo sobrevivir.

- ¿En qué consistía su tarea allí?

– Estuvimos realizando entrevistas con productores y cooperativas para conocer sus problemas. El primer problema que tenían era que los préstamos era muy caros, y la morosidad que les cobraban era de un 4% diario. Allí no hay seguros agrarios. Si una tormenta no se desarrolla, tienen que pagar el crédito y no les queda para comer. Nuestro trabajo fue pelear para que les bajaran ese tipo de interés, mostrándoles con tres proyectos cómo podían hacer eso e incrementar los plazos de producción de ocho meses a once meses, lo que nosotros llamamos plazo de carencia, para que pudieran estar más tranquilos en caso de que una producción se retrase. Y les explicamos que conformando una cooperativa podían negociar mejores precios de venta de la quinoa. Ahora sabemos que han bajado los intereses a ese 7,5% que para ellos es mucho y la satisfacción es enorme. A los ingenieros agrónomos de la ONG Cesal, que trabajan con ellos, que quizá no tienen esos conocimientos económicos, les asesorábamos en ese sentido.

- Aunque la de esa zona es la quinoa originaria, ahora el cereal se ya cultiva en muchos lugares del mundo. ¿Es segura la apuesta por este producto partiendo de los pocos recursos con los que cuentan?

– Si, totalmente, porque hay mucho por desarrollar. El 85% de la quinoa la exportan a Europa y el 10% a Norteamérica. En Perú sólo se queda el 5%. El consumo va en alza y hasta ahora solo lo han utilizado para su consumo como cereal cocido, para alimentación, como hacíamos nosotros con el cereal en los años 50. Pero hay muchas posibilidades en el sector como la cerveza, la repostería, los cosméticos y lo están empezando a usar en algunos lugares como producto ‘gourmet’, la altitud donde la cultivan esta quinoa no necesitan ni fetilizantes ni nada y eso es un valor añadido porque es de alta calidad, la originaria. Es como nuestros es productos autóctonos del Bierzo, la castaña o el pimiento. Tienen una materia prima alucinante, pero sólo la utilizan para subsistir porque el beneficio que a ellos les queda es de unos cinco céntimos el kilo, cuando se está vendiendo en Europa a cerca de cuatro euros.

- ¿Cómo recibe la ayuda esa población local desde su forma de vida?

– Con los brazos abiertos. Que llegue alguien a ayudarles a seguir trabajando, es lo que ellos quieren. No quieren nada más. Sólo que les ayudes a saber cómo financiarse un tractor, maquinaria para trabajar. La gente no quiere ser rica. Es gente muy pobre, muy humilde pero que lo poco que tienen lo comparten de buena gana. Pero hay situaciones de extrema pobreza, niños de tres años vendiendo periódicos, que era más grande el periódico que el niño. Hay situaciones bastante tristes y te das cuenta de que nuestros problemas son efímeros, que vivimos en una sociedad con un inconformismo que no lo vemos ni nosotros mismos.

-¿Hasta qué punto puede cambiar la forma de ver la vida después de una experiencia de este tipo?

– Deja una huella indescriptible. Se crean unos lazos muy fuertes y dejas allí una familia. Creo que una persona con hijos debería hacer alguna vez en la vida un viaje de cooperación. No para sentir pena, sino para descubrir cómo en cualquier lugar del mundo puede haber gente con talento y cómo el ser humano cuanto más humilde, más capacidad tiene para ser generoso.
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