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"La culpa, la afectividad o el erotismo están en mi ADN"

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J. Revuelta / F. Fernández | 30/11/2017 A A
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"La culpa, la afectividad o el erotismo están en mi ADN"
Libros Alberto Rodríguez Torices presenta esta tarde (20 horas) en el Gran Café su último libro, ‘Trata de olvidarlas’. Estará acompañado del escritor Joaquín Olmo y la profesora Lourdes Zapico
Entre las ‘agradables sorpresas’ que guarda entre sus numerosos pueblos la cercana y desconocida comarca de La Sobarriba podemos encontrar al escritor de origen vasco (Guernica, 1972) Alberto Rodríguez Torices, vecino de Valdefresno desde hace años, diseñador y corrector editorial, autor de una obra sólida que ha ido ‘creciendo’ de tamaño, del relato breve y el cuento —Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009)—, a la novela corta —Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004) y Sacrificio (Premio Fundación Monteleón, 2015)... y ahora el volumen que hoy presenta en el Gran Café, Trata de olvidarlas, con textos de hace unos años que fueron apareciendo en un blog en 2009 y 2010. Y en sus cajones... una trilogía de novelas.

Recuerda Torices una entrevista en este mismo periódico con motivo del premio Monteleón, Sacrificio, en la que el sentimiento de culpa tenía mucha presencia y llegó al titular de la misma: «Escribo soportando el peso de una culpa», sobre el que reconoce que «al leerlo lo primero que pensé fue cómo he dicho esto, me noqueó un poco».

En la novela que este jueves presenta vuelve a latir el mismo sentimiento, unido a otro posterior de redención. Reconoce el autor que ése es el hilo conductor común, el que conecta a ambas historias. «La verdad es que lo descubro a posteriori y es real, pero no es algo que busque al escribir. Las dos son historias que ya escribí hace tiempo, en 2007 Sacrificio, y con la distancia en el tiempo es evidente que el tema de la culpa aparece una y otra vez; entiendo que está en mi configuración básica como escritor».

Incluso indaga en las causas de este sentimiento: «Por experiencias tempranas, por mi formación, mi paso por el Seminario, la cultura general en la que estamos inmersos...».

No era consciente, pero la culpa aparece una y otra vez, está en mi configuración básica como escritor Una de las historias que late en Trata de olvidarlas es la de «un amante que no sabía lo muy serias que acabarían poniéndose las cosas. Como todos, también él pensó que sólo caerían ellas...», y desvela Torices que incluye otros de sus nutrientes literarios: «El tema de la relación hombre-mujer, el erotismo o la afectividad, que se ve teñido por esa sombra de la culpabilidad; aunque me gustaría que fuera algo más gozoso, más festivo...».

Y desde ese reposo que Torices le da a sus libros reconoce que tiene ahora una visión de la que no había sido consciente al escribirlo: «Lo veo como una especie de última reencarnación del eterno Don Juan, un personaje que se dedica a coleccionar amoríos, experiencias sentimentales, encuentros eróticos... aunque no era lo que quería contar pero he llegado a una versión decente y respetable de un personajes que tiene muy poco de decente, como es el Don Juan. Los encuentros amorosos de ‘mí Don Juan’ no son como los del clásico, son relaciones entre iguales, no hay un burlador y una burlada, son relaciones con consentimiento mutuo y vividas desde el gozo, desde la libertad o el erotismo, aunque es cierto que lo que empieza siendo más lúdico y festivo acaba cogiendo gravedad e, incluso, dramatismo. Se vuelve en contra del personaje y ahí aparece la culpa, que me parece que es una cojera que tengo yo y por mucho que quiera celebrar el erotismo... es como el que tiene cataratas en los ojos, que lo ve todo borroso».

- ¿Se deshará de esa ‘cojera’ de la culpa algún día en su literatura?
- Ahora que soy consciente de ello lo que voy a hacer es darle otro enfoque, tratarla con ironía, ser sarcástico conmigo mismo. Y algo de esto ya aparece en este libro.
- ¿Puede tener su origen en sus propias lecturas, en otros autores?
- No lo sé. Pero sí puedo pensar en autores que lo abordan sin nombrarlo porque es un sentimiento que tiene mala reputación, te ubica si lo abordas como un escritor antiguo. La culpa no es moderna, no es postmoderna, suena a medieval... Aunque sí podría estar presente en autores como el sudafricano Coetze, que ha sido un gran descubrimiento para mí; o el último ganador del Leteo, Mircea Cartarescu, al que he leído con mucho interés.

He llegado a una versión decente y respetable de un personaje muy poco decente, Don Juan Alberto R. Torices ha sido noticia esta misma semana por ganar el premio de relatos La Puerta de Tannhaüser de Plasencia con el cuento ‘La vida, profesor’. «También se trata de un cuento que escribí hace bastantes años, cuando me gustaba cultivar el cuento, aunque ahora ya no los escribo. A veces los recupero y los muevo, como ocurrió en este caso, pero escribiendo ya estoy en otra historia pues ahora mismo ando muy centrado en las novelas, que tengo varias, inéditas por cierto. Con mis ritmos vete a ver cuándo ven la luz, tal vez dentro de 10 años. Esto tiene la ventaja de que lo puedo reposar pero me produce un desfase perturbador pues me recoloca en un contexto personal que me queda lejano del literario».

La historia del cuento ahora premiado, recuerda Torices, «es la de un profesor en su recta final, con un acusado cansancio vital, por lo que busca desesperadamente algo que le revitalice, que le devuelva a la vida, y esa búsqueda es precisamente la que acaba con él. Nuevamente aparece ahí la culpa, la sensualidad, el erotismo, una afectividad de nuevo problemática, frustrada... mis temas recurrentes. Pese a estar en su recta final lo siento como un alter ego, alguien que me retrata fielmente».

Señalaba Torices, al hablar de aquello que le ocupa literariamente en la actualidad, que tiene en sus cajones varias novelas acabadas; entre ellas una trilogía. «Cada novela, como en las cajas chinas, ha salido de la anterior. Hay un personaje que se desprende de una y de él surge otra novela». En el aspecto temático el escritor afincado en Valdefresno señala que se trata de «personajes no solo rebeldes sino rabiosamente crispados, que buscan desprenderse de sus papeles de niños buenos y obedientes, de hombres mansos, para mostrarse decididos a ejercer el mal. Es la necesidad de sacudirse esa máscara de niño bueno o de hombre malo que, al fin y al cabo, es una máscara».

Los libros de Alberto R. Torices ven con la luz después de un largo reposo en los cajones y en la propia mente del autor, dándoles vueltas. «Yo entiendo que debe ser así, que aunque tengas posibilidades de publicar —que no siempre ocurre— le des a los manuscritos un tiempo de reposo, de reflexión, cuando menos un año o dos. Al menos así me parece a mí, después los retomas, los valoras y los mejoras;aunque soy consciente de que no sobran las oportunidades de publicar y...».

Reconoce Torices que en él es habitual que vaya enviando sus obras a distintas editoriales. «Con Trata de olvidarlas es la primera vez que me publica una novela un editor al que yo no conozco y él no me conoce a mí. Ha ocurrido que funcionó eso que en teoría es el camino habitual, que lo envías, lo lee el editor —Álvaro Díaz, de Trea, en este caso— y como le gusta lo publica. Lo curioso es que con este libro ha ocurrido al cabo de ocho años ‘viajando’ por diversas editoriales».
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