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La batalla del lenguaje

La batalla del lenguaje

OPINIóN IR

29/06/2020 A A
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La batalla del lenguaje
Hemos recuperado cierta normalidad (no me gusta eso de ‘nueva normalidad’), pero tenemos la sensación de que todo es provisional a nuestro alrededor. La provisionalidad es consustancial a nuestras vidas, aunque no nos gusta. Mucho menos le gusta a la economía, amiga de certidumbres y enemiga del oleaje contemporáneo. Pero lo cierto es que todo es provisional e inseguro a lo largo de nuestra existencia. Lo ha sido siempre. En el mundo desarrollado, sin embargo, se busca con ahínco una seguridad total que nadie puede certificar, pues, como decimos, si algo define nuestras vidas es la incertidumbre, ese sometimiento a los cambios vertiginosos, por mucho que algunos afirmen que jamás dejan nada al albur. No podemos estar seguros de nada, ni siquiera de lo que va a suceder mañana, eso es simplemente lo que ocurre. Hay que vivir con ello.

La pandemia ha hecho más presente esa incertidumbre. Las dos primeras décadas de este siglo tan futurista, como decimos aquí a menudo, no han terminado de cuajar en demasía. Poco sólidas, y más gaseosas que líquidas, estas dos décadas reflejan muy bien la fragilidad del pensamiento contemporáneo, la confusión, la niebla que nos envuelve. La pandemia vino a acrecentar el miedo al futuro. Si ya vivimos en un tiempo en el que el miedo es utilizado como una herramienta del poder (en fin, como siempre), los últimos acontecimientos nos han recordado que nada es seguro, aunque la labor propagandística, especialmente en occidente, consista en vendernos seguridad a manos llenas. En realidad, el virus nos ha traído varias paradojas. Al tiempo que nos ha demostrado que no somos tan invencibles como nos creemos (esa soberbia es bien conocida), los seres humanos han aumentado el sentimiento de comunidad y de ayuda mutua. El miedo o el rechazo al extranjero, al extraño, al otro, se cruza con grandes demostraciones de solidaridad y de comprensión. Se diría que hay un gran debate sobre las relaciones humanas, sobre las fronteras, sobre la dignidad, y no estamos muy seguros de qué lado caerá la moneda, qué parte triunfará de la especie humana: la más mezquina o la más solidaria.

Que la pandemia nos haya recordado la fragilidad, tal vez no sea un mal asunto. Si acordamos que la defensa del planeta y de la naturaleza es el verdadero problema de fondo, el tema central, y el que nos ocupará a partir de ahora si de verdad queremos sobrevivir, no vendrá mal una cura de humildad, una bajada de humos (en todos los sentidos de la expresión). Es bueno saberse frágil. Es bueno saberse sometido a los olímpicos embates de la incertidumbre, en lugar de considerarse la especie dominante que arrasa con todo y que no tiene que preguntar nada a nadie. El ‘cambio de paradigma’, como se dice ahora, no será inmediato, pero sí es cierto que la pandemia debería ponernos en guardia sobre nosotros mismos.

La paradoja con la que empezamos a salir de este duro trance tiene que ver con la lucha entre la solidaridad y el egoísmo. También tiene que ver con el nivel de realidad en la que nos movamos. Es posible que nada pueda hacerse sin la política, pero en general estamos viendo una separación progresiva entre los poderes y los ciudadanos. Se diría que la gente ha terminado desprendiéndose de la agresividad y escaso significado del lenguaje político, enredado en su propia dinámica, en su bucle habitual. Cuando el lenguaje político deja de representar el lenguaje doméstico o cotidiano los problemas crecen.

Apenas recuperada la ‘nueva normalidad’, es decir, cierto grado de normalidad, el ruido de la escena política ha regresado, no ya a nivel nacional, sino a nivel global. A pesar del impacto del virus, los viejos tics regresan, las peleas dialécticas reverdecen tal y como las habíamos dejado, y la simplicidad y el maniqueísmo se adueñan otra vez de todo. Se insiste en hacernos comulgar con las ideas elementales, en lugar de profundizar en los debates y en el pensamiento crítico. Esta es una de las luchas que tendremos que abordar en el futuro. El ciudadano tiene que recuperar sus palabras, no funcionar con las palabras que le llegan, siempre prediseñadas y precocinadas. O recuperamos el lenguaje o todo se dirá y se hará con un lenguaje prestado. Con un lenguaje que seguramente no nos representa.

Uno se pregunta si estamos preparados para abordar una sociedad más compleja, que nos libre de engaños y manipulaciones. Y también de la política brutalista que se expande, como una epidemia, en algunos lugares del mundo. Creo que todo tiene que ver con un abandono del discurso, no en manos de las denostadas elites, sino en manos de la ignorancia. Poco a poco se nos ha trasladado la idea del juego directo, como se dice en el fútbol, para conseguir los objetivos. Ir al grano, en el leguaje del pragmatismo exacerbado, tiene que ver con no pararse en los detalles, con no ablandarse ante nada (la compasión, vienen a decir, es cosa de los débiles), con imponerse, como de hecho hacen algunos con su lenguaje tosco e intimidatorio, impropio de un mundo evolucionado. ¿En qué momento hemos llegado a esta situación? ¿Qué hemos dejado de hacer para que otros impongan, con soberbia, esta forma tan mezquina de actuar? Si es cierto que tenemos a las generaciones mejor educadas en décadas, creo que la sociedad debería exigir pensamientos mucho más elaborados a sus líderes.

Contemplando algunas de las cosas que suceden en el mundo de hoy es fácil llegar a la conclusión de que el lenguaje (y, por tanto, el pensamiento) está siendo colonizado, dominado, como el parásito que termina controlando a su víctima sin que siquiera ella lo sepa. Actuamos con palabras que no son las nuestras, tan camaleónicas que son capaces de producir efectos increíbles, aprovechándose de la diseminación de las redes. Ahí tienen la nueva moda de derribar estatuas, de la que ya hablamos aquí. La confusión terrible del presente se basa en las ideas simplistas, qué duda cabe, incapaces de soportar un análisis profundo, carentes en fin de perspectiva histórica, enemigas de los contextos (que a menudo tantos desconocen) y, eso sí, siempre envueltas en el aire acusatorio, dogmático a más no poder, que caracteriza una sociedad en la que prima, al menos en ciertas capas, el tono airado y el ceño fruncido. Todo se confunde, todo se mezcla, los matices no parecen interesar.

Este es el panorama que nos encontramos, ahora que abordamos al fin una cierta normalidad. Creo que tenemos por delante una gran batalla para poder recuperar el lenguaje que ha sido colonizado, devaluado y no pocas veces manipulado. No es un asunto baladí.
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