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La azafata de Ryanair

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06/12/2018 A A
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La azafata de Ryanair
Hay columnas a las que buscas y encuentras. Hay columnas que por mucho que intentas cazar se desvanecen entre las teclas del ordenador y nunca consigues encontrarlas. Hay columnas que son ellas las que te abordan y sin saberlo empiezan a tomar forma en ese documento en blanco que tienes ante tus pupilas. Hay columnas inesperadas tanto en la forma como en el contenido. Y hay columnas premeditadas con alevosía y nocturnidad, que sabes que vas a escribir aunque todavía no tengas ni la más ligera idea del sentido que tendrán las frases huesudas que darán forma al esqueleto de tinta negra de tu reflexión semanal. Y la de hoy es precisamente una de este tipo, una columna que sabía que tenía que escribir antes de que las ideas, más o menos acertadas, fueran presentándose ante mí como reacciones ante estímulos externos de todo tipo. Y es que me reconocerán que un viaje más allá del muro, donde habitan los caminantes con lazos amarillos da como mínimo para una humilde columna como ésta que pare todas las semanas el que les escribe, eso sí, algunas veces con renglones torcidos.

Mi viaje a tierras catalanas estaba motivado por una reunión de los colegios de periodistas que existen en nuestro país y que se celebraba en Barcelona tras el ofrecimiento de nuestros colegas catalanes. La primera aparición de mis musas tuvo lugar en el avión cuando una sonriente azafata de Ryanair explicaba a los allí presentes qué hacer en caso de accidente. Tras una visión rápida a mi alrededor comprobé que nadie le prestaba la más mínima atención. En ese momento no lo sabía, pero luego me daría cuenta qué esa azafata no era sólo el inicio de mi viaje, sino también el final.

Nada más aterrizar en Barcelona me propuse cronometrar el tiempo que tardarían mis ojos en vislumbrar un lazo amarillo. Del trayecto del aeropuerto a mi hotel lo único que me sorprendió fue un joven vestido de negro con una maleta entre las manos y encima de ella una figura de un dragón. Lo vi como una premonición tras mi llegada al otro lado del muro y decidí prestar más atención a ver si veía a algún personaje más de Juego de Tronos.

Treinta minutos después de poner mis pies en tierras catalanas divisé el primer lazo amarillo a lo lejos en la estación de tren Barcelona Sants. Mientras me acercaba iba tomando forma hasta que a unos treinta metros me di cuenta qué era una falsa alarma y ese lazo que creía haber visto no era más que la ‘m’ de McDonalds. Al salir de la estación pregunté a un mosso si me podría indicar donde estaba mi hotel y con un perfecto castellano acompañado de una sonrisa me dio las indicaciones pertinentes. Cuando llegué al hotel mis ojos no tuvieron más remedio que detenerse en el nombre del establecimiento que estaba justo enfrente. Miren que hay hoteles y restaurantes en Barcelona, pero que un cazurro se aloje en uno que tenga al otro lado de la calle un asador llamado El Bierzo no me podrán negar que tiene algo de irónico.

Había pasado más de una hora y todavía no había divisado ningún lazo amarillo. Y tuvo que pasar otro buen rato hasta que de camino al restaurante donde íbamos a cenar pasamos por la plaza donde se encuentra el Ayuntamiento de Barcelona, el Palacio de la Generalitat y ahora eventualmente el portal de belén desestructurado que ha regalado la amiga Colau a lugareños y visitantes. Para que vean que las influencias de Ferrán Adrià también están llegando a las tradiciones y fiestas navideñas. Y quizás ese engendro de belén indescriptible fue lo que me permitió dar sentido a esos dos trozos de tela amarillos, ya que los entendí como parte de la decoración de dicho nacimiento, porque está claro que eran las dos estrellas, a falta de una, que guiarían a los Reyes Magos, no a los de España, hasta el lugar donde nacería un tal Jesús.

Y al día siguiente llegó la sesión de trabajo donde periodistas de nueve comunidades autónomas nos sentamos alrededor de la misma mesa para hablar y dialogar sobre los problemas que tiene nuestra profesión, que al igual que en otros aspectos de la vida, son iguales en Cataluña que en Asturias o en Castilla y León. Todos los allí presentes dejamos a un lado nuestras ideas políticas o de otro tipo para hablar de lo verdaderamente importante, que era unirnos para defender al periodismo, indispensable en cualquier sociedad democrática. Fueron seis horas intensas de intercambio de opiniones, en las que priorizamos un problema común y real sobre otros que pudieran ser más o menos artificiales y creados a medida por intereses personales y partidistas de otro colectivo que debería servir a los demás, pero que en ocasiones sólo se sirven a ellos mismos.

Y así inicié mi viaje de vuelta, en el que me volví a encontrar en el aeropuerto al mismo hombre de negro con su dragón y como no, a otra azafata de Ryanair ignorada por todos. Y fue en ese momento cuando me di cuenta que todo tenía un sentido y que quizás nos iría mucho mejor a los ambos lados del muro si hiciéramos el mismo caso a ciertos políticos que a la azafata de Ryanair.
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