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Jorge Melgarejo: "En los sitios en los que he estado traté de llegar donde no llegaba nadie"

Jorge Melgarejo: "En los sitios en los que he estado traté de llegar donde no llegaba nadie"

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El corresponsal de guerra Jorge Melgarejo en su retiro madrileño. Ampliar imagen El corresponsal de guerra Jorge Melgarejo en su retiro madrileño.
Joaquín Revuelta | 16/02/2021 A A
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Jorge Melgarejo: "En los sitios en los que he estado traté de llegar donde no llegaba nadie"
Publicaciones El periodista relata en el libro ‘Afganistán. La guerra enquistada’ (Laertes) sus veinticinco años de experiencia e incursión en el largo conflicto afgano
En su retiro de Galapagar, el periodista y corresponsal de guerra Jorge Melgarejo (Colonia, 1945) dedica su tiempo a escribir, tanto relatos como cuentos y novelas, pero sobre todo libros que ayuden a entender mejor los principales conflictos bélicos de la segunda mitad del siglo pasado, como la guerra de Bosnia o la de Afganistán, que en este último caso ha dado pie a su más reciente publicación, ‘Afganistán. La guerra enquistada’ (Laertes). Melgarejo es recordado por sus crónicas para la Agencia Efe, la Cadena Ser o el desaparecido Diario 16, pero a diferencia de otros corresponsales de la época también lo es por haber sido el artífice de que algo más de una veintena de niños afganos, víctimas de la guerra, fueran trasladados a España a mediados de los años ochenta para ser tratados de sus heridas. «En realidad fueron 23. Con algunos de ellos aún mantengo relación, como te puedes figurar ya son hombres, y hay uno concretamente que se ha convertido en un grandísimo médico», declara con orgullo este veterano reportero que mantiene estrechos vínculos con León, pues no en vano su mujer es leonesa. «Este chico mientras estuvo en España curándose, durante cerca de dos años, ya era el mejor alumno de la clase en el colegio donde cursó estudios. Ahora ya es un gran médico y durante el tiempo de los talibanes llegó a convertirse en mis ojos y mis oídos en Afganistán, porque me contaba cosas de  lugares a los que yo no podía acceder», recuerda Melgarejo, que sigue manteniendo contacto con él y con algunos otros del aquel grupo de ‘niños de la guerra’ que llegaron a España en busca de una segunda oportunidad. El periodista recuerda que el principio de aquella iniciativa solidaria fue muy descabellado. «No fue algo reflexionado donde analizas los pros y los contras. En aquella zona los helicópteros arrojaban cientos de pequeñas minas, igualitas que una mariposa, que causaban verdaderos estragos entre la población civil, sobre todo la infantil. Cuando los niños las recogían les volaban los brazos, las piernas, etc. La verdad es que aquello me impresionó mucho y aunque es verdad que un periodista no  debe tomar partido por una de las partes, el hecho de ayudar a aquellos niños me parecía que quedaba al margen de cualquier implicación y realmente tenía sentido hacerlo por una simple cuestión humanitaria», sostiene el veterano periodista, que recuerda en la embajada se mostraban un tanto reticentes porque suponía involucrarse en cierto modo en un conflicto internacional. «Ya sabes que los políticos se lavan las manos en este tipo de asuntos. El problema es que todos estos niños no tenían documentación de ninguna clase y fue Naciones Unidas la que me proporcionó los papeles para el traslado de estos niños a España. Cuando llegaron aquí al principio fue muy difícil meterlos en los hospitales. Los primeros entraron en la Cruz Roja, pero me encontraba muy presionado. Para los siguientes, como yo había trabajado durante más de veinte años para Radio Vaticano y muchos hospitales estaban en manos de religiosos, me abrieron las puertas, en concreto el Hospital San Rafael. Todos los demás se curaron allí y fueron muy bien tratados», recuerda Melgarejo, que se lamenta de que por inconsciencia una de las niñas terminará muriendo por regresar antes de tiempo a su país de origen. «Aunque a España solo viajaron 23 niños, a muchos se les pudo ayudar en su propio país de origen gracias a que mucha gente quiso colaborar. Si te digo la verdad, no es que desconfíe de las ONGs pero creo que las ayudas directas son las que funcionan realmente. En este sentido teníamos y aún sigue funcionando una colaboración muy especial con un pequeño hospital para mujeres que iban allí a dar a luz. Era modesto en cierto modo, porque solo disponía de veinte camas, pero se mantenía con los medios que se le proporcionaba. Ellas se marchaban de allí con el niño en brazos y se llevaban alimentos y cosas para cuidar al bebé durante uno o dos meses. Se han hecho bastantes cosas. En definitiva, yo siempre digo no somos una ONG, somos periodistas, pero nos sentimos también de alguna manera un poco sensibilizados con los temas, sobre todo cuando se trata de niños».    

Algunos de aquellos niños afganos que viajaron a España para curarse de sus heridas llegaron a visitar León, dado el vínculo que el periodista tiene con esta tierra a través de su esposa. «Al menos cuatro o cinco de ellos pudieron hacerlo gracias a la gestión de algunos amigos que nos invitaron a pasar unos días en la ciudad y recuerdo que nos recibió el entonces alcalde  Juan Morano. La verdad es que todo aquello fue muy bonito. Cuando ellos regresaron llevaron cosas para sus allegados que vivían en los campos de refugiados. Teníamos el problema de la ropa, porque ellos no visten como los occidentales, pero jerseys y cazadoras si que llevaron porque allí hay zonas donde suele hacer mucho frío», comenta Melgarejo, que guarda un recuerdo muy especial de Abdul Qudus, un niño abrasado por el napalm que necesitó de varias intervenciones quirúrgicas durante el tiempo que estuvo en España. «Fue un caso realmente  curioso porque un compañero de TV3 fue el que se encargó de pagarle los estudios a su regreso a Afganistán y hoy es un reconocido mullah en la provincia de Nuristan», comenta el periodista, que reconoce fue el aventurismo lo que le llevó a convertirse en corresponsal de guerra. «Nunca ejercí como periodista en una redacción ni he tratado temas nacionales o locales. Siempre ha sido fuera, tratando temas internacionales relacionados con los conflictos bélicos y procurando llegar a los sitios donde no llegaba nadie».

Ser corresponsal de guerra durante aquellos años en los que no existían las tecnologías que hay hoy en día era una tarea muy complicada además de peligrosa. «Era muy difícil porque, como bien dices, no había la tecnología que existe hoy y siempre teníamos que depender de algún télex cercano y a veces el télex más cercano estaba a más de cien kilómetros. Hubo un tiempo en que para enviar un carrete de fotos uno tenía que ir a mendigar a un aeropuerto a ver si había un pasajero que viajara a tal sitio y que enlazara con otro... Era muy problemático, pero también tenía a mi modo de ver sus ventajas, pues eso también nos obligaba a movernos un poco más. Hoy día casi todo se puede hacer desde un sitio donde estás tranquilamente sentado. Me gustaba más aquel periodismo, no porque fuera más sacrificado sino porque nos obligaba a movernos y a tener un contacto más directo. Siempre se ha dicho que el peor enemigo de los periodistas en aquella época era la forma de comunicación y el gerente de la empresa que te controlaba las pesetas», ironiza Melgarejo, para quien de todos los conflictos bélicos que le ha tocado cubrir como profesional los que más le han impactado desde el punto de vista personal han sido los de Afganistán y Bosnia. «Desde una perspectiva emocional indudablemente Afganistán, un conflicto que me marcó profundamente porque estuve 25 años y me introduje mucho en la vida de esa gente. Ellos me enseñaron un viejo adagio que dice: ‘Los ejércitos llegan a Afganistán para fracasar’ y ha sido así a lo largo de la Historia. No ha triunfado nadie jamás. El otro conflicto, por la barbarie y por lo cerca que nos ha tocado, ha sido la Guerra de Bosnia», sostiene este veterano periodista ya retirado, que hoy dedica su tiempo a la escritura en su casa madrileña y de vez en cuando visita León con su esposa. «Un infarto que sufrí estando en los montes Qandil en el Kurdistán iraquí cerca de la frontera con Irán en donde entrevistaba al jefe del PKK me obligó a alejarme de la profesión. A partir de entonces busqué sitios un poquito más relajados y durante un tiempo viví en Jerusalén y más tarde en Venezuela. He tratado de seguir el consejo de Arturo Pérez Reverte de no ver las noticias porque, como él dice, ‘esto es un bichito que pica y te tienes que rascar toda la vida’. Ahora trato de compensarlo con los libros, porque escribo mucho y no solo sobre temas relacionados con mi experiencia como corresponsal de guerra sino también novelas, relatos y cuentos, que es algo que me gusta mucho hacer», concluye.
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