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14/01/2018 A A
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Un mes después de la celebración de la fiesta patronal del Colegio de Abogados de León, se cierne el misterio sobre la presunta indisposición que afectó a quienes a ella acudieron, entre los que no me cuento sólo porque un inconveniente de última hora me hizo cambiar de idea y quedarme en casa aquella noche. Por ello, no puedo hablar por experiencia propia de lo que sucedió, aunque sí guardo la de años anteriores, en los que los letrados y los miembros de otros colectivos hermanos como el de los procuradores, los jueces o los profesores de nuestra alma mater, nos hemos intoxicado grave y masivamente y hemos pagado al día siguiente las consecuencias de nuestra confraternización.

Los titulares de la prensa de los días posteriores al acto trataron el asunto con el rigor habitual. Algunos elevaban la cifra de afectados a centenares, otros aseguraban que eran cincuenta o setenta, y he encontrado que la misma información refiere que fueron decenas y más de doscientos, para que el lector se quede con el párrafo de la noticia que más le guste. Me alegro de poder decir que La Nueva Crónica, desmarcándose de la tendencia general, se limitó a titular que la Junta investigaba una posible intoxicación.

Con todo, la prensa fue casi prudente en comparación con lo que se oía en la calle y en los mentideros habituales, donde se le dio al asunto proporciones catastróficas, con la alegre exageración y choteo que suele rodear a los envenenamientos que no tienen más consecuencias que las puramente gastrointestinales, máxime cuando se ciernen sobre colectivos tan dados al retintín público como el nuestro. Tanta manía nos tienen algunos que hasta he encontrado a quien quería premiar a la entidad responsable en caso de que fuera identificada, porque lo cierto es que una vez finalizados los análisis que los servicios sanitarios de la Junta llevaron a cabo sobre los alimentos, las dependencias y el personal del hotel en que se celebró el acto, resulta que en ninguna parte es posible encontrar el menor indicio de agente patógeno alguno.

Y es que por más que a algunos les guste exagerar o les divierta ponerse escatológicos con nuestra profesión, el asunto no tiene ninguna gracia para quien vive de que le encarguen banquetes. En ese sentido hubiera sido deseable algo más de prudencia antes de lanzarse a triturar la fama de uno de los pocos establecimientos emblemáticos que le queda a nuestra hotelería, tan gastronómicamente capital como maltrecha.
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