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Imágenes de León en mi recuerdo

Imágenes de León en mi recuerdo

TRIBUNA DE OPINIóN IR

César Pastor Diez | 23/06/2021 A A
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Imágenes de León en mi recuerdo
Mi buena amiga Isabel Herrera suele enviarme hermosas fotografías de la ciudad de León y de sus alrededores, tomadas por ella misma con la pericia de una profesional de la cámara. Una de las últimas que me ha enviado muestra un paisaje más allá de la Candamia, un terreno agrícola extenso como dos campos de fútbol, verde brillante, limitado por la densa línea de chopos o álamos blancos que jalonan el curso del río Torío. Al fondo aparece el horizonte rojizo de la ciudad. La Candamia ya no es, ni mucho menos, aquel lugar lejano y solitario adonde los chiquillos del barrio acudíamos durante el verano a bañarnos y a practicar algunos juegos prohibidos en la ciudad, como lanzar piedras con la honda y el tirachinas.

Mi amiga me dice que la foto fue tomada desde el lugar llamado Los Pinos, cerca de Las Lomas. Pero el río Torío, que a su paso por León ya se muestra como un potro amansado, aguas arriba de su curso es un prodigio de espectacularidad saltando desde las altas montañas y sorteando congostos, desfiladeros y peñascales, aunque de trecho en trecho se remansa formando pozas y albercas para disfrute de los bañistas que allí acuden por una carreterita serpenteante que acompaña el cauce del río. Es en verdad un hermoso paisaje, como un poema de agua y piedra escrito por mano divina.

Más de una vez, comentando la hermosura de las rías gallegas, oí decir que aquellas entradas marinas habían sido trazadas por los dedos de Dios. Pues bien, yo me pregunto si todos los ríos y riachuelos que recorren de Norte a Sur la provincia de León no serán también obra de Dios o de algún subalterno de la divinidad.

¡Río Torío! Recuerdo cuántas veces en mi niñez me sumergí en sus límpidas aguas, junto a la Candamia. Allí había zonas donde el agua te llegaba a la cintura y resultaba apta para aprender a nadar, y había pozas para después lanzarte de cabeza, como también las había en el río Bernesga junto al puente de San Marcos. En aquel tiempo los ríos no estaban contaminados como ahora y daba gusto bañarse en ellos.

Creo recordar que fue Ortega y Gasset quien definió a León como la ciudad de los chopos y de los álamos blancos, los árboles fieles en toda la Meseta superior y que en León jalonaban ambas orillas del Torío y del Bernesga; unos árboles de hoja caduca verde por una cara y plateada por la otra y que al ser movidas por el viento se convierten en una especie de calidoscopio con una variación infinita de imágenes parpadeantes y cromáticas. En su serie de libros ‘El espectador’, Ortega, en su magistral periplo por toda España, se admiraba también de la longitud en línea recta que ofrecía el trazado urbano de la ciudad leonesa, por ejemplo desde la ermita del Camino hasta la Candamia o desde San Marcos por la Condesa Sagasta y Papalaguinda hasta los nuevos parques. Y al preguntar a un chaval si no había en León calles en línea curva, el chiquillo le contestó: ¿Y eso qué es? Pues calles circulares –aclaró Ortega– ¡Ah!, exclamó el chico, usted quiere decir redondeles, ¿no? Pues sí, admitió el escritor. De eso sí que tenemos –contestó el pequeño–, vaya usted a la plaza de la Inmaculada, que es como una estrella de donde a su alrededor salen nueve calles que van a todas partes como los rayos del sol, y creo que por eso se llama una plaza radial. Una de esas calles es la Gran Vía de San Marcos, que arranca desde el famoso edificio plateresco y llega hasta la plaza de Santo Domingo, que es otra plaza radial donde nacen otra serie de calles y avenidas hacia cualquier dirección urbana. Efectivamente, las plazas de la Inmaculada y de Santo Domingo son joyas urbanísticas para una ciudad como León.

Todo ello permite concluir que en su categoría nuestra ciudad, es una de las mejor urbanizadas de toda España. Los ríos Torío y Bernesga, que se juntan en Puente Castro, forman un ancho ángulo en el interior del cual se desparrama la ciudad de León, e incluso rebasa esos límites en algunos de los nuevos barrios. ¡Qué diferente es León ahora de cuando yo lo conocí de niño. Recuerdo que en las paredes posteriores de las casa de Puerta Obispo, donde yo vivía, acababa la ciudad y empezaba la extensa campiña, una zona hoy totalmente urbanizada y edificaba. Claro está que la ciudad de León de preguerra, que yo describo era una pequeña capital de provincia de 25.000 habitantes, mientras que después con el progreso esa cifra se multiplicó por cinco o por seis, aunque por desgracia a causa de la pandemia y la despoblación provocada por el cierre de las minas, nuestra ciudad y toda nuestra provincia he entrado en un lamentable proceso de regresión demográfica como no lo ha sufrido ninguna otra provincia española. Y mucho habrán de esforzarse sus mentores y sus políticos para devolver las tierras leonesas a niveles más esperanzadores. Esa ha de ser su principal misión. ¿Para qué están, si no, los políticos?

Antes de cerrar mi colaboración de hoy permítanme que dedique un afectuoso recuerdo al popular fotógrafo leonés Manuel Martín, hijo del genial Manuel Martín de la Madrid, uno de cuyos hermanos, Saturnino Martín de la Madrid era el padre de mi prima Angelita y de quien ya hablé en estas páginas de La Nueva Crónica como pintor preciosista y como experto en restauración de las vidrieras policromadas de la catedral leonesa. El fotógrafo Manuel Martín, recientemente fallecido, me obsequió hace años con uno de sus magistrales vídeos de la catedral de León, con música de fondo de Claude Debussy y otros compositores célebres. Un vídeo que ahora, con motivo del fallecimiento de su autor, he vuelto a contemplar y escuchar con deleite. Recuerdo que la saga de los Martí tenía su estudio en la esquina de la plaza Regla con la calle de la Paloma. Descanse en paz este leonés benemérito.
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