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"Hicimos de la pasión profesión"

CULTURASIR

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Fulgencio Fernández | 01/07/2018 A A
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"Hicimos de la pasión profesión"
LNC Domingo Tres hermanos, apasionados de la caza y que querían seguir viviendo en su pueblo, Castrocontrigo, así nació hace casi 30 años la granja de perdices rojas Molleda
Gerardo, Víctor y Luis Miguel crecieron en Castrocontrigo a la sombra de un recordado personaje de la comarca, Víctor Molleda, su padre, el veterinario de este municipio y de casi veinte pueblos de la cercana Cabrera. Un hombre que recorría granjas y cuadras descuidado de problemas no ganaderos pues todos los asuntos ‘de oficina’ quedaban en manos de su mujer, la madre de estos tres hermanos y todavía una mujer atenta a los avatares de su trabajo.

Aquel veterinario no quería ser un teórico del oficio y también tenía una granja de cerdos. Y le gustaba la caza. Y todo lo que ocurría a su alrededor, así no olvidan los entonces jóvenes cuando colaboraron con un equipo de investigadores que en los años 90 llegó al pueblo para estudiar las conductas y la vida del lobo, un animal que tenía en aquellos montes uno de sus últimos reductos cuando corría peligro de extinción.

Todas estas pasiones anidaron en los tres hijos del veterinario, chavales que crecieron en aquel ambiente, cazando desde niños, dedicando tiempo a las faenas agrícolas, pensando en buscarse un futuro en su pueblo. «Cuando ya fuimos mayores y pensamos en buscarnos la vida, si podía ser en Castrocontrigo, pensamos en todo tipo de negocios. Una granja de ranas, de lo que fuera, la de cerdos nos llamaba menos la atención, como la había tenido nuestro padre...».

Y en medio de este darle vueltas a las ideas, la caza era una pasión heredada del padre y compartida por los tres ante la que era inevitable la pregunta: «Porqué no algo relacionado con la caza?». Hasta que un día surgió la idea: Una granja de perdices rojas. Ya hace más de veinte años, casi treinta, y se ha convertido en una realidad, en una empresa, Perdices Molleda, que cría 35.000 ejemplares al año para su venta, sobre todo para repoblación en cotos de caza fundamentalmente de Galicia. «Allí hay mucha afición a la caza y no tienen perdices».

Prácticamente son la única empresa que se dedica a ello en la provincia de León, al menos a la escala que lo hacen ellos y con el tipo de cría que realizan. «Lo que vais a ver es distinto a lo que podéis ver en cualquier otro criadero de perdices», dice Gerardo Molleda antes de comenzar el recorrido por las instalaciones de la granja. «La gran diferencia reside en los voladeros, a los que dedicamos seis hectáreas de terreno, y en los que las perdices vuelan y aprenden a sobrevivir en un terreno lleno de maleza y pequeños bichos que ellas buscan para comer. Ahora en junio los voladeros parecen un bosque bajo; pero en agosto, cuando las llevemos para los cotos, el suelo ya es pura tierra, lo han escarbado todo, no olvidemos que son gallináceas y como tal se comportan».

Pero los voladeros están en el final del proceso. El primer paso es obtener los huevos de perdiz para incubar, en las jaulas en las que las parejas reproductoras crían. «Las tenemos por parejas, no puede ser de otra manera pues tienen un comportamiento ‘casi humano’, si están dos machos con una hembra se matan los machos; si pones dos hembras con un macho se matan las hembras... hay divorcios, de todo», bromea Gerardo Molleda.

- ¿Cuántos huevos ponen por pareja?
- Hemos calculado una media de 38, pero es muy variable, depende de la edad, de tantas cosas... Hay parejas que se acercan a las 100 y otras.

Los hermanos Molleda recogen los huevos en las jaulas y van directos a las incubadoras que tienen en los sótanos de su propia casa para que estén cerca, controlar la temperatura y estar a su vez en un ambiente apropiado. Van recogiendo los huevos y los meten a las por camadas para tener perdices de diferentes edades. Ellos mismos van viendo cómo se rompen las cáscaras y salen unas minúsculas perdices rojas cuyo tamaño nada tiene que ver con su vitalidad y con tan solo unas horas ya quieren saltar de las bandejas. A los pocos días ‘saltan a las cajas’ en las que las llevan a un nuevo espacio. Las zonas de recría. Un mundo. Salas individualizadas para cada camada. Espacios sobre virutas de madera con calor de lámparas en las que las perdices necesitan un silencio absoluto. Tanto que le suena a Gerardo Molleda un aviso de mensaje, un leve pitido, y cientos de ellas corren al rincón más alejado del lugar donde se produjo el leve ruido. «Imagina estos espacios en medio de un pueblo. En fiestas. Con cohetes… Por eso lo hemos traído a un monte aislado, ya en la provincia de Zamora, donde lo único que se escucha es el viento y el aleteo de las perdices en los voladeros»; por eso han pasado noches en vela para evitar que el zorro o en jabalí hagan un inevitable estropicio.

Una compuerta en cada criadero abre a las perdices su mirada al mundo cuando ya han crecido, con varias semanas de vida. Salen a los voladeros, grandes como pocos, en los que las perdices levantan el vuelo una y otra vez. Se preparan para la libertad pues su destino es repoblar cotos, llegar a ellos dos meses antes de que comience la temporada de caza, en los que se hacen al monte y a su nuevo hábitat, al que vienen acostumbradas. «En este tiempo aprenden a defenderse, se esconden de los cazadores como hacen las salvajes, sortean a los perros en ese juego de quién puede más, mi vuelo o tu instinto.

Ahí se acaba la función de los hermanos Molleda, cuando las llevan a los cotos. «A partir de ahí, a quien dios se la de San Pedro se la bendiga», explica Gerardo, que al verlas marchar recuerda el largo proceso desde aquellas parejas, desde la incubadora, las que temían el ruido... hasta las 35.000 que estudiaron para la libertad en los voladeros.

- ¿Qué índice de mortandad tenéis en todo el proceso?
- Muy bajo. No llega al 8%, cuando lo normal anda casi por el doble.
- ¿Algún secreto?
- El cuidado y la experiencia, son muchos años y muchas veces más que regirnos por las teorías lo hacemos por lo que nos dicta el instinto, por ejemplo con la temperatura de los criaderos; ahora, eso sí, nada más levantarnos venimos a ver si todo está bien no vaya a ser que alguna avería de al traste con muchas horas de trabajo.

Y así es como en esta granja leonesa, de Castrontrigo, cualquier parecido de sus perdices con la realidad, con las perdices salvajes, no es pura coincidencia, ni mucho menos.
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