Hay que venir al sur

Hay que venir al sur

OPINIóN IR

12/08/2017 A A
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Hay que venir al sur
De tanto ser la solución, ha acabado por convertirse en el problema. El turismo. Un problema grave, a juzgar por el lugar que ocupa (el primero) entre las inquietudes de los habitantes de una ciudad durante mucho tiempo paradigma de lo urbano, Barcelona. Rendidas a las hordas de visitantes ocasionales, muchas de las calles del barrio viejo y ensanche barcelonés se han convertido en el invivible y abarrotado escenario de una decepción tras otra, en la condenación del vecindario y la antesala de una nueva forma de xenofobia. El turismo cultural, nacido como una actividad diletante reservada a las clases pudientes, ha acabado por convertirse en una obligación universal que justifica nuestro tiempo de ocio con huidas a ninguna parte que son siempre huidas al mismo lugar. Y en ese lugar nos encontramos con todo el mundo.

A los problemas de sostenimiento, explotación y hartazgo derivados de esa masificación, hay que añadir la perversa deriva hacia el consumo de recursos públicos en esperpentos, simplezas y pirotecnia destinados a avivar esa ‘atracción’, de la que se benefician siempre los mismos y salen perjudicados los mismos de siempre. Junto a ello, a la desatención de proyectos serios que no cuentan con favor del público porque no cuentan con el favor de todo el público. Con dos cabezas y un solo dios verdadero, casi todas las consejerías y organismos del ramo someten sus políticas culturales al altar turístico, habitualmente quemando incienso y pergaminos.

Además, a partir del embuste ramplón de que nos sacará de pobres, el turismo (cierta forma de turismo) nos empobrece. Empobrece nuestra historia con patrañas pueriles que son a la historia lo que el ‘fast food’ a la gastronomía. Empobrece la personalidad y la forma de las ciudades reduciéndolas a prototipos uniformados de tediosas e intercambiables zonas céntricas (‘cascos viejos’ tan nuevos). Empobrece, al fin, nuestro presente, negando al pasado otra capacidad que no sea la de sacrificarse en el altar de una explotación cortoplacista, y nuestro futuro, jibarizado en una caricatura con fecha de caducidad. En todo este despropósito alguien se enriquece, por supuesto, mientras reclama recursos de todos para lo suyo; y muchos otros se empobrecen, ‘sensu stricto’, mientras abusan de lo suyo, sea público o privado. Los ciudadanos dejamos de poseer nuestra ciudad y pasamos a ser figurantes, tan a menudo disfrazados de época, además; mientras los turistas la toman fugaz, feroz y desdeñosamente, como una plaza conquistada por la vieja estirpe de los pueblos nómadas y guerreros, cuya versión degradada y actual encarnan, aunque ahora cabalguen sobre el cursi trenecito a ruedas que no falta en ninguna parte.

El turismo, ese gran invento. El turismo, presagio de una extinción, se devora a sí mismo. Lo decía la Carrà: «Por si acaso se acaba el mundo todo el tiempo he de aprovechar… hay que venir al sur».
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