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Gwendolyne, una pionera ideal para los más jóvenes

Gwendolyne, una pionera ideal para los más jóvenes

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Carlos del Riego | 16/07/2020 A A
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Gwendolyne, una pionera ideal para los más jóvenes
Un verano en la discoteca Tomó su nombre de una entonces famosa canción de Julio Iglesias y se hizo con un hueco en las preferencias de los bachilleres leoneses (tenía tres colegios muy cerca) desde el populoso barrio del Ejido
No todas las discotecas estaban en el centro o cerca. El Gwendolyne estaba en el barrio del Ejido y había tomado el nombre de la canción así llamada con que Julio Iglesias concursó en Eurovisión en 1970. De hecho, el Gwendolyne abrió sus puertas en noviembre de 1969, cuando la canción ya era conocida porque iba a representar a España en dicho certamen; además, el propio Julio Iglesias, cuando vino a cantar a otra sala leonesa, se pasó por esta discoteca que hacía honor a su canción para su puesta de largo. Tenía una amplia entrada, la barra a la derecha, larga y profunda con la cabina al final, la pista estaba a la izquierda y a su alrededor, como era preceptivo, los sillones y ausencia de luz. Se la tiene como una de las primerísimas auténticas discotecas de León (la otra es el Pussy), ya que hasta entonces lo que había eran salas de fiesta con orquesta, no con cabina y discos y pinchas.

Como estaba muy cerca del colegio de los Carmelitas, del Jesús Divino Obrero y de uno de chicas, La Filial, entre sus parroquianos abundaban los bachilleres (entonces se estudiaba el Bachiller desde los once a los 16 años), lo que quiere decir que había muchos que aun no tenían los 18. No faltaban los que ya contaban algunos más, claro, pero el Gwendolyne (que a veces aparecía como Wendolyne) era una buena discoteca ‘para empezar’, ya que gran parte de sus fieles eran novatos en esto de salir y primerizos en lo de las chicas, muchas de las cuales iban a la sesión de tarde en uniforme.

La música era de lo más variopinta. Para empezar, mantenía a rajatabla la regla de reservar un tiempo para el baile ‘agarrao’, para el que solían escoger canciones como el ‘Holiday’ de los Bee Gees, una titulada ‘Adonis’ de un grupo gallego de la época llamado Queimada, la evocadora e infalible ‘Je t´aime, moi non plus’ de Serge Gainsbourg, ‘Noches de blanco satén’ de los Moody Blues, ‘La casa del sol naciente’ de The Animals y, también, aquella de ‘Manda rosas a Sandra’ o las primeras de Nino Bravo; y la cosa funcionaba, ya que a los pocos acordes de las piezas habituales la pista se llenaba de parejas. Estas eran de dos tipos: las formadas por la parejita que salía habitualmente, las menos, las cuales se balanceaban muy, muy acarameladamente; y luego estaban las que se formaban en el acto, tras un tembloroso “¿bailas?” y un inesperado “sí”, entonces venía lo peor, ya que él solía ser un adolescente cimbreante, inseguro y torpe que no sabía dónde poner las manos, qué decir o cómo mover los pies; lo más normal es que la chica se soltara al terminar la canción con un “hasta luego”, pero en alguna rara ocasión no movía las manos, así que el pulso del pisaverde se Gweponía a doscientos, la mente se le nublaba y no acertaba a decir algo coherente, sólo tonterías de las que luego se arrepentía.

Al igual que todas las discotecas de los sesenta y setenta (la tradición se mantiene), el Gwendolyne también contaba con las imprescindibles bolas espejadas que, colgadas del techo, llenaban de puntitos de luz giratorios toda la disco; esas esferas brillantes daban mucho ambiente, y el personal ya asociaba esos reflejos por toda la sala con la atmósfera típica, inconfundible, de discoteca durante ‘lo lento’.

Y cuando el ritmo cambiaba, cuando era el tiempo de ‘lo suelto’, también había canciones que, de modo infalible, catapultaban al personal a la pista, eran las llamadas ‘llenapistas’. Lo curioso es que, como la concurrencia era muy fiel a la sala y no faltaba ningún fin de semana tarde o noche (a diario había sesión de tarde hasta las diez), y como había bastante unanimidad en las canciones bailables, era fácil reconocer caras de chicas y chicos, con lo que los cruces de miradas eran continuos. Canciones como el ’48 crash’ de Suzi Quatro, ‘Molina’ y ‘Proud Mary’ de los Creedence o el ‘Son of my father’ de Chicory Tip resultaban irresistibles y ponían a bailar (seguramente muy mal y sin el menor sentido del ritmo) a aquellos adolescentes, chicos y chicas tímidos, inseguros, novatos que esperaban que cada tarde o noche ocurriera algo especial…

Muchos serán los leoneses que se vieron en sus primeros lances galantes en el Gwendolyne o en el Stratos 10.001, que es como pasó a llamarse en 1975 tras una reforma, y muchos guardarán en su memoria aquellos iniciáticos, emocionantes y temblorosos encuentros. Finalmente, en 1986, se convirtió en cafetería Bohemia. Sorprendentemente no ha cambiado de dueños desde el lejano invierno de 1969.

Los entonces mocitos y mocitas, hoy sexagenarios, recordarán aquellas veladas en el Gwendolyne con nostalgia y emoción.
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