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Gente algo arriscada

Gente algo arriscada

OPINIóN IR

15/08/2022 A A
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Gente algo arriscada
Otra vez aquí, en la tierra, en la patria, en la nación, en la infancia, en la juventud tan compartida con seres extraordinarios, (algunos ya se fueron) y otra vez con los libros viejos que uno escribiera con ardor y que ahora casi ninguno de los más jóvenes conoce, a pesar de que algunos de ellos tratan de León, de su materia, de su ruina, de su esencia.

En ‘Las montañas de León en el Quijote de Cervantes’ (Nº 61 de los Breviarios de la calle del Pez) se cita una carta del corregidor de León, Bernardino de Ledesma, al Condestable de Castilla, en la que le dice: «Si bien la ciudad estaba relativamente sosegada, todavía algunos mal intencionados reuníanse en cofradías y ayuntamientos, y que, como dicha ciudad era de montaña, y la gente algo arriscada…». El emperador Carlos le había ordenado destruir todas las casas de propiedad del díscolo y levantisco leonés Don Gaspar Núñez de Guzmán, que había comulgado con la causa de los comuneros ajusticiados.

Algo arriscado, como no, el cronista llega a Boñar, y, tras un primer encontronazo con una señora que se niega a ceder el paso al Totó, un yorksire negro y con las orejas caídas y mirada suplicante y tierna, se topa con el personaje quijotesco, alto y metido en huesos (recuérdese a aquel, algo perdido, de los Panero) que le cuenta que ha tenido también otro conflicto con una señora del cual le han caído 42 días de trabajo comunitario… «Y eso que la llamé guapa…» protesta, y añade: Es que no hay derecho…

Gente algo arriscada que no propicia la convivencia pacífica entre el natural y el forastero, por mucho que este no se trate de otro que aquel que nació y creció en estas tierras, y se vio obligado a abandonarlas en busca de un sustento, no habiendo perdido nada de su esencia. Eso sí, dispuesto a no dejarse regatear por el gracioso de turno que trata de crecerse ante él, tomándolo por forastero. Como cuando de niños, en aquel Vidanes de los Cincuenta, nos enfrentábamos a los recién llegados madrileños con aquella sutilísima y pregunta repelente: ¿Oyes, tú, cuando viniste, ya estabas aquí, o viniste después? Y aquel, o aquella, madrileños ya de nacimiento, nos miraban como quien se ve condenado a jugar con un arriscado repelente, y mirándose ellos de reojo, preguntaban a su vez: ¿Bueno, qué, sabéis al menos, el ‘Mambrú se fue a la guerra’?

Hasta el Esla, el río padre, muéstrase algo arriscado cuando se le pregunta dónde nace, y responde convencido: «En San Glorio, en Pandetrave, y en Arcenorio».
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