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"No se puede dejar perder el gallo de pluma de León en León"

"No se puede dejar perder el gallo de pluma de León en León"

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Fulgencio Fernández | 07/02/2021 A A
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"No se puede dejar perder el gallo de pluma de León en León"
LNC Domingo Javier y Tatiana tenían la vida hecha en Madrid cuando él, con raíces leonesas en Ocejo de la Peña y pasión por el mundo de la pesca, supo que los gallos de Tomás el de La Cándana se podían ir a América, a la vez Madrid le agobiaba... y le compró el criadero que ahora llevará a Boñar... "por imperativo legal"
«No sé cómo decírtelo para que se entienda, pero ocurrió que sentí claramente la llamada de la tierra, de la mía, la de mis antepasados... y aquí estoy, haciendo una nueva vida en un sitio viejo». Así explica el madrileño Javier Escanciano cómo en pocos meses pasó de una vida urbanita y solucionada en Madrid a estar en medio de un corral de gallos de pluma en La Cándana. «Para mí ha sido realmente un retorno pues venía de niño a León ya que desciendo de Ocejo de la Peña. Lo más complicado era para Tatiana, mi mujer. El mérito es suyo que se sumó a esta aventura; aunque de momento sigue teletrabajando aquí».

Es curioso. Hace un par de años hacíamos una entrevista al criador de gallo de pluma de León Tomás Gil y nos contaba cómo «según me dijo mi madre, que yo no lo recuerdo, con siete años vine a La Cándana con mi padre a comprar plumas y dije que de mayor volvería y viviría en este pueblo». Y lo hizo y montó una granja de referencia, fue el presidente de la asociación de criadores, escribió libros...

Javier Escanciano guarda en su memoria la pasión por la pesca, los gallos, las plumas o los mastines fruto de sus estancias en León y «la lectura de un libro de referencia para los pescadores, el de Rafael del Pozo —‘Moscas para la pesca’— y para mí era algo mítico lo de los gallos de León, los mastines, la pesca... pero jamás pensé dedicarme a ello, ni en sueños, aunque sí me apetecía tener unos gallos pero ¿de dónde los sacaba?».

El azar o el destino cruzó sus caminos. Tomás confesaba en alguna grabación su cansancio, sus ganas de retirarse y en la vida de Javier pasaban cosas: «Me metí en la cuarentena, comenzaba como la segunda fase de mi vida, y a su vez empecé a sentirme mal en la ciudad, con tanto asfalto, tanta gente; y Tatiana comenzó a sufrir de faringitis, falleció mi suegra y dijimos es el momento... Aquí estamos».

No fue tan sencillo pues Tomás Gil tenía muy avanzadas las negociaciones con unos americanos. «Hubo que pelearlo, romper contratos, pero yo estaba decidido», explica Javier Escanciano, quien recuerda que pensaba: «no puede ser que dejemos perderse los gallos de León en León, que se vayan. No quiero que se vea como algo extraordinario, yo sólo soy uno más en la cadena por mantener un legado, una calidad genética que, en el caso de Tomás, es extraordinaria, lo que hace que sea una gran responsabilidad para mí, lograr que no se rompa la cadena en mí, precisamente. Creo que si algo de mérito tengo es que ahora podíamos estar llorando la pérdida de una parte muy importante del gallo de León y no se ha consumado».

Es su forma de entender este oficio o la tradición, que explica con la otra parte de la granja, los mastines. «Siempre fue un sueño tener mastines y ahora los tengo; me sirven para cuidar la granja y para disfrutar, estos tres cachorros me los han regalado y cuando traigan camadas yo también los regalaré, así es la tradición».

Tampoco se han acabado con la compra los ‘contratiempos’ para Javier Escanciano. En el horizonte se asoma una ley —la que acabó de desmoralizar a Tomás— que impedirá mantener a Escanciano la granja en el mismo lugar. «Creo que entra en vigor en un par de meses y tenemos que sacar la explotación fuera del casco urbano y otras condiciones, creo que le ocurre lo mismo a otros criadores de la comarca... es increíble que ocurra algo así pero...».

Pero los gallos de Tomás se van a Boñar, ya ha comprado allí Escanciano una finca. «Ya tengo el lugar, una finca con árboles, ya que es importante la sombra, a 980 metros que es la misma altitud que La Cándana, con un río cerca para la humedad. Y en unos pocos meses nos llevaremos gallos, gallinas, pollos, mastines...».

- Pero no serán ya del Curueño, de este espacio entre La Cándana y Campohermoso.
- Ya, pero en Boñar ya hubo gallos y ahora regresarán. Aquel Ayuntamiento se ha volcado con nosotros y ni ellos ni yo queremos una guerra entre valles, todo lo contrario, pero yo tengo la mente más abierta y estoy convencido que lo realmente importante es la genética, el excelente trabajo de Tomás, con una calidad genética muy importante en variedad y en unidad; evitar la consanguineidad teniendo cantidades importantes de gallos y gallinas, vigilando constantemente el corral».

Y a ello se han puesto Javier y Tatiana, que tienen muy claro que «no es un segundo trabajo, es mi trabajo principal, todos los días, pues si no lo pensara así habría invertido en cualquier otra cosa. Cuando lo decidimos sabíamos que aquí no hay vacaciones, que hay que vigilar cada día a los enfermos, a las peleas, que son mortales. Acechan los zorros, las garduñas... No son para verlos con prismáticos, hay que vivir a su lado».

- Mal me lo pintas.
- No, real, pero te insisto, esto es una esclavitud que para mí es libertad. El trabajo al aire libre viendo águilas, aguiluchos, gavilanes, alimoches… es algo que no realmente impagable, para mí, para nosotros, que Tatiana está feliz».
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