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Fuego y sueños de cristal

CULTURASIR

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Fulgencio Fernández | 12/02/2017 A A
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Fuego y sueños de cristal
Cultura Sólo Antonio Manuel Gutiérrez sopla y modela el vidrio en su taller de Trobajo del Camino, el último soplador
Entras al taller de Antonio Manuel Gutiérrez y parece que has atravesado una puerta de sueños de cristal. Te da miedo tocar nada pero te atraen hacia ellos la bicicleta, el autobús, el saxofón, la moto, iniciales de nombres, almas de cristal tan frágiles como bellas. Yel escudo de la Cultural, con colores en el vidrio, con recuerdos que le provocan una sonrisa. «Dejé el fútbol por el vidrio, soy aquel Toñín que jugo de lateral en la Cultural, después en el Astorga... y después soplador de vidrio».

- El último soplador de vidrio.
- Sí, pero no ahora, siempre he estado solo. Es un oficio muy difícil, cuesta mucho aprenderlo y mucho más hacerlo bien.

Y cuenta que no solo es el único soplador de vidrio en la provincia de León, también en otras muchas de Castilla y León y de Asturias, Extremadura... «Es difícil y estamos en crisis, no le llama a los jóvenes».

Antonio, que entonces también era el Toñín de la Cultural, trabajaba en una empresa del Alto del Portillo, Anfer. «Y necesitábamos muchos trabajos de vidrio soplado, que teníamos que ir a por él a Salamanca. Todo el día de viaje de aquí para allá, algunas veces se te rompía alguno porque es muy delicado... Total que el jefe me dijo que porqué no aprendía yo, que era joven y mañoso».

Lo complicado era encontrar maestro y a través de un hermano cura del su jefe y de que eran buenos clientes de la empresa lo aceptaron en Salamanca. «Estuve allí un año aprendiendo, no es fácil, hay que tener facilidad y mucha paciencia. El secreto está en el soplado y en el curvado de las piezas de vidrio. No es que haya que soplar fuerte, hay que soplar cómo pide la pieza, para que no se junten las paredes, para que no haga rugosidades al curvar...».

Y se pone a hacerlo. Siempre con el tubo en la boca, con el soplete en la mano, acariciando las barras de vidrio que van dibujando figuras en el aire, parecen domadas por el fuego pero el misterio también está en los dedos del artesano que empuja casi sin que se note pero vez cómo el vidrio crea mundos, que después pueden ser de colores. «Si les añades argón lo verás verdes, si le añades... dice mientras se cambia a otra máquinas que, creo, vacía el oxigeno».

- Ya me perdí; reconoce Laura, yo ya me había perdido hace un rato y Mauri dispara para no tener que explicar la magia del fuego, el soplado y las manos de quien si llega a ser tan sutil con los pies como lo es con las manos habría tocado el balón como si fuera Ozil.

El único de León... y más

Aquel año fue provechoso para Antonio Manuel Gutiérrez aunque Toñín tuvo que dejar el fútbol. «Había mucho trabajo y no me podía a arriesgar a una lesión larga». Era él solo y le iban llegando clientes y encargos de muchos lugares fuera de León, de Asturias, Valladolid, Salamanca, Cáceres «y hasta alguno de Portugal». Era «la moda de los neones, en todos los comercios, incluso en los interiores; veníamos de una época de carteles sin iluminación... en fin, que no faltaba trabajo».

Pero, reconoce, aún llegó una segunda oleada de mucho trabajo. «Entre los últimos años 90, del 97 al 99, y hasta hace diez años aproximadamente era una locura, no dabas abasto de ninguna manera... porque, además, seguía yo solo en León. Decidí coger quince de días de vacaciones, pasara lo que pasara, porque ya no podía más pero el resto del año trabajaba todos los días».

Se queda mirando cuando te explica, sonríe, y aclara: «Tampoco me hice rico, que esto lleva mucho trabajo, tenía unos ahorros y tuve que ir tirando de ellos en estos diez años porque han sido muy duros, han venido muy atravesados; todo lo del neón se desplomó, pero que la gente no arreglaba ni aquellos que se estropeaban por el uso».

Y Antonio se reinventó. Le salió el alma de artesano único y comenzó a trabajar estas figuras que ahora crea, comenzó a crear sueños a la medida que estoy convencido de que no vuelve a los tiempos en los que no podía descansar porque no se conoce su trabajo. «Es cierto que la gente que viene y lo ve se ánima a encargar algo, porque el cliente elige, me da la idea y yo le pongo vidrio, curvas e imágenes», que el fuego va domando.

Desde hace un tiempo muestra algunas de sus piezas en las tiendas de ‘Pincha y cose’ en Gran Vía de San Marcos, 4, y Villafranca, 7. Hazte un favor. Pasa ver los trabajos del soplador de vidrio, verás cómo sí está lo que habías soñado.
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