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Flores para mi funeral

Flores para mi funeral

EL BIERZO IR

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Casimiro Martinferre | 02/08/2015 A A
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Flores para mi funeral
Serial Territorio "Voy esparciendo ortigas, rajando con cuchillo de carnicero el vientre azul del cielo para que se desangre de estrellas..."
En ruta por los caminos del territorio, siempre procurando la distancia más larga entre dos puntos, a menudo me he fijado en las cunetas. Atraen antes la atención los contiguos pegujales que las altivas cumbres, como la atrae más el mendigo que el hijodalgo. Las cunetas son fieles compañeras de luz reverberada y polvo, dulzor de mora y acíbar de endrina, graznido de urraca. Arraiga en ellas un efímero esplendor de zarzas, abrojos, cardos, ortigas. Ruderales espigas, garfios, púas, evanescentes pétalos. Rastrojos sabiamente incultos, paren las cunetas eflorescencias de austeridad.

Por enfermiza analogía existencial con las cunetas, en lo más agostado del verano di en pensar que sus flores serían las más apropiadas para mi velatorio, justo antes de la incineración. No lirios ni rosas, ni caléndula ni jazmín. Así, vagabundo de los eriales, dediqué un tiempo a recomponer hipotéticos ramos para una tumba de viento. Colección de frases nonatas y fotos abortadas en el cuarto oscuro.

«Encargaré para mi funeral modestas flores de las cunetas, aunque ni siquiera las merezca. Al pasar los ambulantes, los automovilistas, los camioneros, los peregrinos, los borrachos y las putas, arrojan a la cuneta miedos, frustraciones, blasfemias, escupitajos, botellas vacías, pañuelos pringados de semen, navajas ensangrentadas y demás basura de la que después renacen flores. Las humildes flores de las cunetas. En la orilla de las vías se evacuan los sentimientos inservibles. Penurias, culpas, mortificaciones: esputos del malcontento. Y sin embargo, ya digo, de la bilis puede brotar belleza».

«A veces, vencido en una anchura de vicios, quisiera ser avena loca de la cuneta. Salvaje avena, fascinante avena loca. Un mar de cegadores reflejos ondulándose al compás del viento, deslumbrador en el mediodía del estío. Un mar de avena loca ondulando al compás del viento sur, y escuchar sus lejanos cuentos del desierto mientras arrulla mi sueño, mi dulce sueño, dulce sueño aunque repose sobre esquirlas de cristal».

«Pero soy manantial de salfumán, corrosivo, corrompedor. Encarno el fruto de la belladona. Idéntico a la sanguijuela, al vampiro, a la garrapata. Lágrimas de cocodrilo soy, y risas de hiena, y chirridos de ataúd. Marco a fuego, desgarro, disuelvo la piel. Voy esparciendo ortigas, rajando con cuchillo de carnicero el vientre azul del cielo para que se desangre de estrellas. Cardo marchito del camino, vara del diablo. Todo eso soy, seré, y más, hasta exhalar el último suspiro. Entonces lograré la perfección, se alambicará el instinto, puliré las más bajas pasiones en las cloacas del infierno. Descenderé a él con la cruz al cuello, una estampita de Santa Bárbara y un puñal».



Bembibre, julio de 2014.

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