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Flores

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OPINIóN IR

13/05/2020 A A
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Flores
De Buenos Aires, las librerías abiertas por las noches. De Madrid, los bares que nunca terminaban antes de que llegara el día. De San Petersburgo, inolvidables, las floristerías abiertas en plena madrugada. Añoranzas. La cerveza en la nevera no llega ni a sucedáneo de los bares, al contrario, acentúa la nostalgia. Jacobo y Héctor, mis libreros, me han ido surtiendo de provisiones durante el encierro. Pero las flores, las flores son insustituibles, no admiten copia y su ausencia lastimaba los días. Ahora sé cuánto las necesito.

De aquí mi alegría con las primeras salidas, los primeros pasos que se dirigían como cabras al monte. Por fortuna, caminos y prados cercanos, dentro del perímetro. Un caminar colmado y aprovechado para estirar las piernas, para inflar los pulmones, para dar horizonte y lejanía a la mirada, para redimensionar el tamaño y las distancias de nuestro reducido mundo, para enseñar a mi hijo los colores y los nombres de las flores.

Los lirios de humilde majestad, la alcahueta del cerezo, la manzanilla loca, el alecrín del toxo, el geranio de los caminos, la salvia roja, la consuelda morada, la violeta globularia, la celidonia amarilla, el alfequiñe, la palomilla. Todas ellas libérrimas, sin contrato ni patrón. Alegrando la hora alegre. Más entretenidas que todas las series. Más sabias que todos los ensayos. Es en ellas, en las florecillas que nacen silvestres, donde encuentro, su último reducto, la esperanza. Aprendamos de ellas. Apenas piden nada y, sin embargo, de la escasez, de los míseros terrenos, del abandono y de la indiferencia, de lo que venga, ellas, las flores, ajenas al mal que se les hace, siguen llenando de belleza lo insignificante. Cada paseo volvemos con un ramillo prestado, que León le regala a su madre. ¿Se va a poner contenta? Se pregunta. Sí. Él mismo se contesta. Asiente.

Mi debilidad de entre todas ellas, siempre, la sutil existencia de las amapolas. «Novia del campo, amapola». Me escribe mi querido Amancio: «La amapola jamás aceptó la mansedumbre como método de supervivencia y expansión. De esta manera la amapola es libre, siempre lo fue y lo seguirá siendo. Nace donde quiere, debajo de un canto o en la linde de un camino, pero nunca, nunca en un tiesto». Cuánto por lo que agradecer, de lo que no nos damos cuenta.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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